El café estaba frío. La ciudad, agitada. Afuera, las sirenas pasaban como fantasmas mal dormidos. Él se sentó frente a la máquina de escribir con la espalda encorvada y los dedos cansados. El cigarrillo colgaba del labio inferior. La redacción olía a tinta vieja, a papeles sucios, a derrota.
Era martes. Siempre los martes alguien escribía sobre represión. Esa semana le tocaba al chico nuevo.
—“Milei ataca otra vez” —decía el título—. “Reprime a jubilados, insulta a mujeres, niega la ciencia. Clima de odio, caos institucional. Se pierde la paz social.”
El viejo periodista lo leyó dos veces. No encontró hechos. Solo adjetivos. Humo.
Lo había visto todo. Había estado en la marcha. Los jubilados gritaban. Llevaban pancartas. Alguien arrojó una piedra. Los policías formaron una línea, quietos como estatuas. No hubo balas. No hubo palos. Solo orden.
Apoyó el papel sobre la mesa. La letra era limpia, cuidada. El texto olía a consigna.
—Esto no es lo que pasó —dijo, pero nadie lo escuchó.
El joven periodista leía su celular. En Twitter, los hashtags ya estaban listos. “#DictaduraLibertaria”. “#ViolenciaDeEstado”. El relato era más importante que los hechos.
Él había cubierto otros gobiernos. Había visto lo que era la represión de verdad. Gendarmes en fábricas desalojando obreros. Periodistas perseguidos por preguntar lo que no se debía. Amigos suyos se habían quedado sin trabajo por no alinearse. Nadie hizo escándalo. Nadie escribió editoriales.
Ahora todo era distinto. Ahora había emoción. Narrativa. Un enemigo claro. El nuevo presidente era un loco, decían. Un incendiario. Un hombre con malas formas. Pero el viejo sabía que a veces hay que gritar para que escuchen. Y también sabía que detrás de la forma, muchas veces se esconde el fondo que duele.
El chico del escritorio de al lado hablaba con su editor.
—¿Le meto algo sobre las mujeres? ¿Sobre el CONICET también?
—Sí. Meté eso. Y algo de “clima de violencia”. Que quede redondo.
El viejo periodista se levantó. Fue hasta la ventana. El tráfico seguía. La ciudad no ardía. No había caos. Solo una rutina áspera, como siempre. Lo único que ardía era el orgullo herido de una élite acostumbrada a mandar.
Recordaba los años de las promesas dulces. Subsidios para todos. Empleo público como red. Universidades sin control. Plata del Estado como si fuera eterna. Los diarios vivían bien. El Gobierno avisaba cuánto pagarían en pauta. Los periodistas sabían a quién no criticar. La rueda giraba con la impresora del Banco Central.
—“Es un modelo de inclusión” —decían—. Pero el país se caía igual. La inflación comía suelas, salarios, esperanzas.
Ahora alguien había cortado la rueda. Dijo basta. Dijo que no hay plata. Y los que habían vivido de ella gritaban como si los estuvieran matando.
Volvió a su escritorio. Pensó en su nota. La que no escribiría.
Quería contar la otra parte. Que el ajuste no era contra los pobres, sino contra el exceso. Que no se podía seguir gastando como en una fiesta infinita. Que el consumo solo crece si se produce, y que nadie produce con miedo, con 170 impuestos, con reglas cambiantes cada semana. Pero si escribía eso, se quedaba sin columna. Lo sabían todos.
—¿No vas a escribir? —le preguntó el chico nuevo.
—Ya escribí demasiado —respondió.
El chico no entendió. Aún creía que las palabras cambiaban cosas. Que el periodismo era un arma. El viejo sabía que ahora era solo un eco. Un eco de intereses.
Pensó en los jubilados. Los verdaderos. No los que marchaban, sino los que no podían ir. Los que vivían en los bordes, sin cámaras, sin columnas en los diarios. Nadie hablaba de ellos. No tenían sindicato, ni ONG, ni cuenta verificada.
Pensó en los científicos. Muchos trabajaban de verdad. Otros, no tanto. Algunos estudiaban cosas útiles. Otros, el color de los sapos en charcos estatales. Pero el diario decía que todos eran héroes.
Pensó en las mujeres. Recordó una que conoció en una villa, en los años duros. Lavaba ropa. Nadie la protegía. No usaba pañuelo. Solo quería que la inflación no le comiera la vida. Y ahora hablaban de ella como si fuera parte de una bandera, de una estadística.
Encendió otro cigarro. El humo era lo único verdadero en la sala.
Los diarios hablaban de paz social. Pero habían callado cuando el país se fundía. Cuando los chicos comían arroz con agua en el conurbano. Cuando los trenes no llegaban. Cuando las escuelas se caían a pedazos.
Ahora pedían institucionalidad. Pero aplaudían jueces amigos. Justificaban saqueos. Negaban la corrupción. Decían que robar estaba bien si se lo hacía “para la gente”.
Y mientras tanto, la gente seguía esperando.
El periodista apagó el cigarro. Guardó su libreta. No escribiría esa noche.
Porque cuando todos gritan, escribir también es una forma de gritar. Y él ya no quería gritar. Quería decir.
Pero ya nadie escuchaba.














