Ahora con más masa, menos subsidios y una pizca de solemnidad actoral.
En un país donde el dólar es el parámetro emocional y la empanada se ha convertido en termómetro económico, llega la segunda parte de una saga que nadie pidió pero todos consumen: El Empanonauta II. Una producción nacional en la que los actores interpretan a indignados, los ministros a chefs populares y el pueblo… a extras sin catering.
Todo comenzó —otra vez— con Ricardo Darín, ese oráculo contemporáneo que, entre película y película, encontró tiempo para señalar en la mesa de Mirtha Legrand que una docena de empanadas cuesta $48.000. Un comentario que pasó de ser trivial a institucionalmente grave, según de qué lado del mostrador de la rotisería uno se encuentre.
El Eternauta, pero en delivery.
Para entender la dimensión simbólica del asunto, conviene recordar a Héctor Germán Oesterheld, autor de El Eternauta, esa obra inmortal de ciencia ficción que anticipó dictaduras, resistencias, y cataclismos. Oesterheld escribió su epopeya antes de unirse a los Montoneros, la organización armada peronista de izquierda. Su obra era una metáfora de la lucha colectiva frente al horror.
Pero en El Empanonauta II, el horror no es la nevada mortal sino el chimichurri con sobreprecio. Y la resistencia no ocurre en la nieve, sino en la panadería de Palermo, donde una docena de empanadas tiene más carga de ficción que el discurso del 25 de mayo de Cris.
Darín, en lugar de liderar la rebelión contra la opresión intergaláctica, libra una batalla solitaria desde la comodidad de un plató televisivo, donde el enemigo no es el «hombre robot», sino la góndola gourmet.
El comunicado que actúa solo
Y como toda saga necesita una reacción institucional, entra en escena la Asociación Argentina de Actores, actualmente más propensa a emitir comunicados que a dar funciones. En un documento con más drama que un unitario de los 90, afirmaron:
— «La solidaridad con nuestro compañero es nuestra propia defensa ante el abuso de poder.»
Sí, dijeron «abuso de poder» como si Darín hubiera sido censurado, perseguido o exiliado, cuando en realidad solo fue corregido por un ministro con cuenta de Twitter y nulo timing culinario.
Luego vino la parte épica:
— «Forman parte de un modo de gobernar que busca generar miedo y autocensura.»
No aclararon si el miedo es a hablar o a pagar $4.000 por una empanada de osobuco con reducción de malbec.
También remarcaron:
— «Defender a Darín es defender el derecho de todos los artistas.»
Y uno no puede evitar preguntarse: ¿Defenderlo de qué? ¿De los memes? ¿Del ridículo? ¿Del precio real de una docena en cualquier pizzería de barrio?
Ah, y agregaron que «no debemos naturalizar este tipo de respuestas violentas». La violencia, al parecer, ya no es policial ni estructural, sino retórica con sabor a orégano.
Eso sí: sin subsidios estatales, la Asociación de Actores ahora se indigna más fácilmente que un comensal al descubrir que la empanada de jamón y queso que compró a $4.000 no lleva jamón.
Una nación atrapada entre la tragedia y el repulgue
Mientras tanto, en algún lugar del país real, una madre compra seis empanadas, las corta por la mitad y las reparte entre cinco, sin comunicado, sin acto ni mística. Esa escena, más potente que cualquier repulgue televisivo, es la que no aparece en los titulares.
El Empanonauta II es la muestra perfecta de cómo Argentina puede convertir cualquier empaste de declaraciones en teatro de lo absurdo. Un país donde todo es exagerado: los precios, las reacciones, los comunicados… y los actores que, aunque no cobren subsidios, siguen en función.
Porque al final, como diría Oesterheld antes de empuñar otra lucha, la verdadera batalla es la de todos los días, no la del prime time. Y esa, estimado Ricardito, no se cocina en hornos de barro ni viene con playlist de jazz.













