Tedeum, conjuro y la política como teatro de sombras
“Los antiguos sabían que la decadencia no comienza cuando se pierde el poder, sino cuando se intenta invocarlo por costumbre, como si fuera un fantasma al que uno aún pudiera ordenar.”
En la Argentina —donde el calendario es también una obra de teatro— el 25 de mayo no transcurre: se representa. Este año, la patria no pareció celebrarse, sino recordarse, como si fuera una fotografía que nadie ya se atreviera a colgar. Y en esa escena desdoblada, el poder no fue ejercicio, sino reverberación. No voluntad, sino gesto.
A las nueve de la mañana, en la Catedral Metropolitana, el presidente Javier Milei evitó dos saludos. No eran simples saludos: uno era para su vicepresidenta, Victoria Villarruel; el otro, para el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. El presidente —dueño de una gestualidad cada vez más monástica— los ignoró con estudiada precisión. Repartió abrazos hacia los suyos, se aferró al protocolo como a una cruz secular y dejó que las cámaras narraran el resto.
Fue un acto de poder en negativo. Un poder que no construye, sino que niega; que no ordena, sino que escenifica. Como si entendiera, con inquietante intuición, que en Argentina a veces se manda más desde el desaire que desde el decreto.
El gesto se volvió mensaje cuando el propio presidente, sin solemnidad pero con cálculo, lo selló en sus redes:
“Roma no paga traidores.”
La frase, atribuida a Quinto Servilio Cepión en tiempos de la República Romana, condensaba siglos de desprecio político en apenas cuatro palabras. El eco clásico no era una erudición gratuita: era una advertencia. Milei, lector de pliegues simbólicos, no saludó; citó. No rompió el protocolo; lo sustituyó por el código de otra república —más antigua, más brutal— donde la lealtad no se pedía: se cobraba.
Mientras tanto, en otra orilla de la ciudad —el Barrio Saldías— Cristina Fernández de Kirchner encabezaba su propio rito. No era un acto político, o no solamente: era una tentativa de resurrección. El escenario improvisado, las banderas desteñidas, los militantes con el aplauso automático de quienes aún creen, o no quieren dejar de creer. Y en el centro, la figura que una vez hizo temblar mercados y parlamentos, ahora envuelta en un aura de insistencia ritual.
Pronunció frases como conjuros:
“El décimo default no es una fantasía demasiado lejana.”
La frase fue titular. Pero también, súplica. Porque ya no hablaba desde el poder, sino desde su ausencia. Su voz, aún firme, contenía ese temblor que solo reconocen los antiguos iniciados: el temblor de quien presiente que el oráculo está perdiendo influencia sobre los dioses.
Nombró a Néstor como quien convoca un espectro. No para evocar la memoria, sino para buscar legitimidad. Y habló del “militante político”, diferenciándolo del “militante electoral”, como quien intenta reencantar a una tropa que ha cambiado convicción por consultoría.
“Tenemos que dejar de ser militantes electorales para volver a ser militantes políticos”, aseguró.
Y sin embargo, algo no cerraba. No en el discurso —que era, como siempre, preciso, denso y cargado de referencias— sino en la atmósfera. Un aire espeso, como si todo allí ocurriera bajo una cúpula invisible donde el tiempo se hubiera detenido. Había una tristeza no pronunciada. Una desesperación no admitida. La intuición de que el tiempo del kirchnerismo ya no es histórico, sino litúrgico.
Detrás del discurso, lo no dicho brillaba como amenaza: causas judiciales que esperan dormidas, pactos sellados en la oscuridad del Senado, funcionarios de épocas previas reapareciendo como remanentes. El decorado estaba. Faltaba el alma.
Ya no se trataba del poder, sino de su recuerdo. De la necesidad casi patológica de insistir. De sostener la escena aunque ya no se escuche el aplauso. Como esas emperatrices bizantinas que seguían coronándose en salones vacíos, repitiendo fórmulas de gloria en lenguas muertas.
En contraste, Milei se refugia en la destrucción como proyecto. No construye, sino que niega con eficacia. Su gobierno es un artefacto hecho de shock, silencio y fidelidad fanática. En ese vacío, cualquier gesto cobra densidad simbólica. Incluso no saludar. Incluso callar.
Así se escenificó el 25 de mayo: como una misa invertida. En la catedral, un presidente que rehúsa gestos. En el Saldías, una expresidenta que repite los suyos como mantras. Dos rituales que no se encuentran, pero se reflejan.
Quizás algún día, cuando la Argentina sea estudiada como un caso extremo de simbolismo institucional, alguien entenderá que el poder aquí no es administración, sino relato. Y que la corrupción más profunda no siempre es económica: a veces es espiritual. Es la imposibilidad de soltar el cetro, incluso cuando ya nadie lo reconoce. Es la desesperación maquillada de épica. Es el conjuro que se dice por inercia, cuando el brujo ya ha perdido su don.














