“No hay revolución sin revolucionarios” — José de San Martín. Pero, ¿puede haber patria sin conciencia de lo que significa, sin una idea compartida de bien común?
Recordar el 25 de Mayo suele ser un ejercicio de formas: el himno, la escarapela, el locro, los discursos con tono solemne. Sin embargo, bajo ese rito —a veces automático— emerge una pregunta silenciosa, de esas que no se imprimen en afiches y que pocos se atreven a pronunciar: ¿Es esta la patria que heredamos de nuestros próceres la misma que vivimos hoy?
La palabra patria ha sido tan invocada, manoseada, contaminada por relatos y conveniencias, que ya no se sabe si nombra un destino común o una excusa oportuna. Ha dejado de ser un concepto ético para convertirse en un recurso: unos la usan para exigir obediencia; otros, para justificar rupturas. Algunos la adoran sin conocerla; muchos la nombran sin creer en ella.
Pero hubo un tiempo en que esa palabra no era consigna ni escudo. Era una promesa, era esperanza.
El 25 de Mayo de 1810, un grupo de hombres —en su mayoría jóvenes ilustrados, criollos hartos del dominio español— rompieron con la obediencia al virrey Cisneros y proclamaron la Primera Junta. No declararon la independencia todavía; apenas el primer corte en el tejido del poder. Pero en esa hendija comenzó a filtrarse la luz de lo posible.
Mariano Moreno, con su pluma afilada y su mente enciclopédica, tradujo a Rousseau mientras fundaba periódicos. Murió demasiado pronto, en un barco hacia el olvido, sin saber si su revolución sobreviviría.
Manuel Belgrano, abogado de Salamanca convertido en general improvisado, izó una bandera contra viento y marea, literalmente.
José de San Martín abandonó gloria y comodidades europeas para liberar territorios que ni siquiera eran nación todavía. Lo hizo por pura obstinación ética.
Aquella revolución fue pregunta antes que respuesta. Incompleta, contradictoria: excluyó a mujeres, negros, indígenas. Pero incluso en los márgenes hubo resistencia silenciosa —costureras de banderas, sanadoras de heridos, rebeldes anónimos— que la historia oficial tardaría siglos en reconocer.
Pasaron más de doscientos años. Y hoy, desde la distancia, celebramos esa gesta como si fuera un mito cerrado. Pero los mitos no son respuestas; son advertencias.
¿Qué hicimos con aquella promesa? ¿Qué hicimos con la idea de libertad, justicia, bien común?
Durante las últimas décadas, hemos sido testigos de una historia cíclica, casi litúrgica: gobiernos que se presentan como redentores, economías que colapsan y resucitan con fórmulas repetidas, discursos que se reciclan mientras las instituciones se vacían. La política se ha convertido, muchas veces, en una administración del deterioro. Y la patria, en una palabra que se pronuncia con los dientes apretados.
No hace falta mencionar nombres. Basta con observar las ruinas: la educación empobrecida, la salud fragmentada, la justicia deslegitimada, el mérito castigado, el esfuerzo ridiculizado. Cuatro décadas de relato, simulacro, épica sin ética, han degradado no solo las condiciones materiales, sino también las morales. El bien común fue desplazado por el interés de facción. La república se convirtió en botín. La ciudadanía, en clientela.
Y aun así, la patria persiste.
No en los discursos oficiales, sino en los gestos callados: el maestro que enseña sin un sueldo digno, la madre que insiste en educar, el joven que estudia sin promesa, el científico que investiga sin recursos, el comerciante que no estafa, el obrero que no se resigna. Ahí está la patria invisible: no en el mármol de los próceres, sino en la voluntad cotidiana de no traicionarlos.
La política, en su origen griego, no era una lucha por el poder, sino un arte de ordenar la vida común. Platón buscaba la justicia como armonía del alma y de la ciudad; Aristóteles entendía que el bien del individuo debía coincidir con el bien de la polis. Nada más lejano a lo que hemos vivido, cuando el Estado se volvió instrumento de castigo al que piensa distinto, de control del deseo, de premio al que se somete.
¿Cómo construir una patria verdadera si no compartimos ni siquiera una idea del bien? ¿Cómo hablar de libertad si se la confunde con impunidad? ¿Cómo celebrar el 25 de Mayo si repetimos consignas sin preguntarnos si aún tienen sentido?
Borges escribió alguna vez que la patria era un acto silencioso: “el hábito de cumplir con un deber sin esperar aplauso ni recompensa”. Tal vez esa sea nuestra única salida: recuperar la noción de deber. Entender que patria no es el lugar donde nacimos, sino el que elegimos hacer habitable para otros.
Hoy, 25 de Mayo, este texto no busca enseñar, ni repetir, ni conmemorar mecánicamente. Solo propone una pausa para pensar. Para preguntarnos, sin solemnidades y sin cinismo, si la patria que vivimos es digna de la que soñaron los que dieron la vida por ella. Si aún estamos a tiempo de dejar de usarla y empezar a merecerla.














