El precio de contar: memoria, verdad y compromiso

Jun 6, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Cada 7 de junio se recuerda en Argentina el Día del Periodista. No es solo una efeméride, ni debería serlo. Es una excusa para volver a preguntarnos —con honestidad y con cierta dosis de coraje— qué significa ser periodista hoy, en un mundo donde, a veces, la verdad estorba y donde informar puede confundirse con adornar. Hay oficios que se ejercen desde la comodidad, y otros que se asumen desde el riesgo. El periodismo, cuando es verdadero, suele pertenecer al segundo grupo. Porque contar lo que duele, lo que molesta, lo que incomoda… tiene precio. Y no siempre es simbólico.

A lo largo de la historia, hubo quienes aceptaron pagarlo. Rodolfo Walsh fue uno de ellos. No solo escribió, investigó, denunció: escuchó, caminó, preguntó, se metió en la entraña del silencio. En Operación Masacre, descubrió lo que el poder quería ocultar: que en una noche oscura del ’56 no hubo justicia, sino fusilamientos clandestinos. Y que uno de los fusilados —milagro o mal cálculo— estaba vivo. A partir de esa grieta en el relato oficial, Walsh se lanzó al abismo de la verdad. Lo hizo sin redacción que lo respaldara, sin contratos, sin blindajes. Lo hizo solo, pero no callado. Porque cuando un periodista decide no callar, ya no está tan solo.

La frase inicial de esa obra —“Hay un fusilado que vive”— no es solo una oración. Es una cachetada al cinismo. Un susurro contra el olvido. Y una prueba de que el periodismo, cuando se planta, puede más que cualquier comunicado oficial. Años después, Walsh escribiría su Carta abierta a la Junta Militar, y esa carta sería su despedida, su testamento ético, su última trinchera.

Hoy, frente a ese legado, cuesta no comparar. Muchos medios prefieren el ruido al contenido, la primicia al contexto, la pauta al compromiso. Se elige lo inmediato, lo viral, lo anestesiado. El periodista, más que relatar el mundo, muchas veces lo edita, lo recorta, lo decora. Y así, sin querer —o queriendo mucho— termina siendo cómplice. Porque hay silencios que también son noticia.

Pero no todo está perdido. A lo largo del tiempo, otros también contaron sin miedo. Ernest Hemingway, antes de los premios, fue cronista. Estuvo en guerras, vio caer ciudades, compartió con soldados el frío y el barro. No escribía desde la distancia: escribía desde adentro. En el periodismo, decía, lo importante es estar. Ver. Escuchar. Y contar sin adjetivos innecesarios. Contar como quien entrega algo sagrado.

También Gabriel García Márquez supo lo que significa decir lo que no conviene. En Relato de un náufrago, reveló que el accidente de un marinero no fue una desgracia natural, sino un crimen encubierto. Eso le costó censura, amenazas y el exilio. Pero no se arrepintió. Porque sabía que la ética no se negocia. “La ética debe acompañar al periodista como el zumbido al moscardón”, decía. Incomoda, pero es parte del oficio.

Más al sur, en Brasil, Euclides da Cunha —también conocido como Esudo Galeno— se internó en los sertones para contar una guerra olvidada. Y encontró un pueblo entero resistiendo al olvido. Su crónica se convirtió en literatura, pero sin perder la verdad. Denunció al Ejército, al prejuicio, al centralismo. Y, como todos los que escriben con conciencia, pagó con incomprensión.

Eduardo Galeano, por su parte, convirtió la crónica en poesía urgente. Su periodismo no era solo para entender: era para sentir. Escribía desde abajo, desde la tierra, desde la voz de quienes no salen en los diarios. “Yo escribo desde los que perdieron”, decía. Y al hacerlo, nos hizo ganar algo a todos: memoria.

Galeano también supo ver lo que hoy parece obvio y, sin embargo, duele: que muchos medios no informan, sino que deforman; que no comunican, sino que incomunican. En su mirada, la palabra era resistencia. Un acto de dignidad. Y también, una caricia.

De metáforas y verdades

Hay muchas formas de contar. Algunas duelen. Otras iluminan. Y algunas logran ambas cosas a la vez. Jorge Luis Borges, aunque lejos del periodismo de denuncia, practicó otro tipo de compromiso: el del lenguaje. En sus textos para El Hogar, Sur y tantas otras revistas, supo nombrar la realidad desde los símbolos. Una ciudad podía ser un laberinto; una política, un espejo roto. La metáfora era su manera de revelar sin gritar.

Y quizás ahí haya una lección. Porque no siempre hay que gritar para ser valiente. A veces, basta una imagen bien dicha para romper una mentira. Una frase que se queda flotando, que acompaña al lector como un eco. Borges no denunció fusilamientos, pero combatió la banalidad con inteligencia. Nos enseñó que escribir también es pensar. Y que pensar con belleza es otra forma de resistencia.

En tiempos de titulares apurados y frases huecas, recuperar la metáfora como herramienta no es un lujo: es una urgencia. Porque una buena metáfora puede decir lo que el dato calla. Puede conmover y, al mismo tiempo, despertar.

Periodismo que late

La verdad, como el amor o la dignidad, no se negocia. No siempre da likes. No siempre conviene. Pero sigue siendo necesaria. Cuando un periodista elige contar lo que otros prefieren ocultar, no está solo defendiendo un dato: está defendiendo una esperanza.

Ese es, al final, el precio de contar. No hay aplausos asegurados. A veces hay soledad, amenazas, censura. Pero también hay algo más. Algo que no se paga con dinero ni con premios. Hay conciencia tranquila. Hay mirada limpia. Hay memoria.

Por eso, cada Día del Periodista no es solo una celebración. Es una pregunta: ¿qué periodismo queremos? ¿Uno que entretenga, que suavice, que repita lo que conviene? ¿O uno que se anime a decir, a mostrar, a incomodar?

El legado de Walsh, Hemingway, García Márquez, Da Cunha, Galeano y Borges —cada uno desde su rincón— nos dice que el periodismo no es solo una profesión. Es una manera de estar en el mundo. De elegir qué decir y cómo decirlo. Y, sobre todo, de no olvidar a quienes ya no pueden hablar.

Porque el periodismo que vale la pena no es el que repite, sino el que revela. No es el que adorna, sino el que denuncia. No es el que se vende, sino el que se planta. Y ese periodismo, aunque tenga precio, siempre vale más que el silencio.

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