En los últimos años, al español le han salido militantes. De pronto, las palabras no solo significan: también militan, exigen, corrigen. Aparecieron nuevas formas para decir “todos”: todes, todxs, tod@s, como si el idioma necesitara una reforma urgente, como si en sus vocales se escondiera el germen de todas las injusticias.
El cambio no vino desde la gramática sino desde las redes, los colectivos, las aulas y los comunicados. No se trató de una evolución lenta y natural —como suele ocurrir en lenguas vivas—, sino de una suerte de revolución lingüística. Con su bandera, su léxico alternativo y sus normas no oficiales, pero tácitamente obligatorias.
De hablar a declarar
Hablar ya no es solo comunicarse. Es ubicarse. Tomar postura. Pedir un café puede ser también una declaración ideológica si se elige entre todos, todes o ninguna de las anteriores. Hay quienes usan la e neutra con la fe de quien dice “amén”, y quienes prefieren la x o la @, como si cada símbolo fuera una barricada.
Esta nueva sintaxis militante pretende corregir siglos de sesgo patriarcal. La intención no es menor: visibilizar identidades, reconocer diversidades, construir un lenguaje más justo. Pero el método tiene sus bemoles. Porque, en el intento de incluir, a veces se cae en la rigidez. Y lo que debería ser puente se vuelve muralla.
Gramática en pie de guerra
No hay que ser lingüista para notar que algo extraño pasa cuando el idioma empieza a vestirse con consignas. El español, exuberante y barroco, se ve de pronto forzado a usar traje neutro, como si sus subjuntivos y ambigüedades no fueran ya suficientemente inclusivos. Es como intentar ponerle corbata a un gaucho: se lo puede hacer, pero no sin sacrificar algo de su esencia.
Hay también una sensación de vigilancia. Como si las palabras debieran pasar por un comité de ética antes de ser dichas. El lenguaje, ese espacio de libertad y creatividad, parece ahora convertirse en tribunal. Donde lo incorrecto no se corrige, sino que se cancela. Y donde lo correcto ya no es lo claro, sino lo moralmente aceptado.
El gesto simbólico y sus límites
Decir “niñes” no alimenta a los niños. Escribir “compañeres” no acorta la brecha salarial. El lenguaje inclusivo tiene un poder simbólico, sí, pero corre el riesgo de volverse una liturgia vacía si no se acompaña de acciones concretas. En algunos contextos, es más consigna que comunicación. Y en ese giro, el idioma pierde eficacia y belleza.
Algunos gobiernos, como el de Javier Milei en Argentina, decidieron prohibir el uso del lenguaje inclusivo en documentos oficiales. La medida fue celebrada por unos y denunciada por otros. ¿Censura o sensatez? ¿Defensa de la claridad o imposición conservadora? La discusión sigue abierta. Lo cierto es que no todo terreno es fértil para ensayar con la gramática. Un informe del Estado no es un poema ni una proclama.
El idioma como campo de batalla
La corrección política ha dejado su huella en el idioma. A veces con ternura, otras con severidad. Se presenta como un gesto amable, pero insiste sin descanso. Y uno —que creció entre voces desordenadas, errores queridos y silencios oportunos— empieza a sospechar que lo que se vigila no es solo la lengua, sino el pensamiento.
Porque cuando hablar exige aprobación previa, se pierde no solo la ironía y el humor, sino también lo más humano: la contradicción, el error, el matiz. La lengua debería ser plaza, no tribunal. Campo de juego, no cuartel. Y si la justicia solo cabe en una vocal, entonces tal vez estamos entendiendo justicia como ortografía.
¿Y ahora qué decimos?
No se trata de rechazar toda forma de cambio. Tampoco de aferrarse a las normas como si fueran dogmas. El idioma cambia, claro. Lo ha hecho siempre. Pero hay una diferencia entre evolución y decreto. Entre enriquecerlo y uniformarlo. La inclusión no debería implicar sumisión lingüística, ni la libertad de hablar ser vista como herejía.
Por eso, quizá convenga relajarse un poco. Decir todos con naturalidad, todas con respeto, todes con curiosidad, pero nunca con miedo ni por obligación. El idioma no fue hecho para obedecer, sino para decir cosas hermosas. A veces también tonterías. Pero siempre —eso sí— sin pedir permiso.














