Ricardo Alfonsín pide disculpas en Uruguay por Milei, se autoproclama vocero nacional y olvida que nadie lo eligió

May 18, 2025 | Nacional

Iván Nolasco

Iván Nolasco

Escritor, periodista.

 

En un acto insólito y sin legitimidad democrática, el hijo del expresidente radical viajó a Montevideo para ofrecer disculpas “en nombre del pueblo argentino” por declaraciones de Javier Milei sobre el pasado guerrillero de José Mujica. La escena revela más sobre el declive político de Alfonsín que sobre la polémica que intenta apagar.

En una escena que parecería sacada de una sátira rioplatense, Ricardo Alfonsín —hijo del expresidente, exembajador y actual candidato por una alianza tan desconocida como irrelevante— aterrizó en Uruguay para ofrecer disculpas públicas “en nombre del pueblo argentino”. ¿El motivo? Las declaraciones de Javier Milei sobre José “Pepe” Mujica, tras la muerte del expresidente uruguayo.

“Quiero pedir perdón a todos los uruguayos. Los argentinos no somos así”, expresó con gravedad teatral, ajustándose el saco mientras saludaba con la mano libre que no sostenía el mate. “Somos personas respetuosas, incluso con quienes no pensamos igual”, agregó, dejando perplejos a los presentes, que aún intentaban recordar en qué momento Alfonsín fue ungido como vocero de la Nación.

La frase que lo indignó fue un retuit de Milei: “No se puede rendir homenaje a quien ejerció la violencia política hasta su máxima expresión: el asesinato artero e individual”. Una opinión dura, sin duda, pero basada en hechos históricos. Mujica, como es ampliamente conocido —aunque no siempre recordado con precisión—, fue parte activa del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una organización guerrillera responsable de secuestros, asaltos, enfrentamientos armados y asesinatos en los años 60 y 70. Entre sus acciones más notorias figuran el asalto al casino del Hotel San Rafael, la toma de Pando disfrazados de médicos y el secuestro del embajador británico Geoffrey Jackson.

Aun así, Alfonsín decidió cruzar el charco como si tuviera mandato popular, dispuesto a reconstruir un puente diplomático que nadie le pidió que repare. “Lo vamos a extrañar”, dijo sobre Mujica. “La ley nos llama a ser humildes, austeros, ejemplares”. Frases nobles, sí, pero bastante irónicas cuando se pronuncian sobre un exguerrillero que lideró una insurgencia armada. Más irónico todavía es que lo diga alguien que no representa a nadie más que a su apellido.

¿Quién le dio el micrófono del pueblo argentino a Ricardo Alfonsín?

Nadie. Absolutamente nadie. Alfonsín no es diputado, no es senador, no es embajador (aunque lo fue, designado por un gobierno que hoy critica), y ni siquiera lidera una fuerza política con peso real. Su candidatura actual por un espacio llamado “Frente Amplio por la Democracia” —tan difuso como su impacto— no le otorga autoridad para hablar en nombre de 47 millones de argentinos. Ni siquiera representa a una fracción significativa del radicalismo, partido que hace tiempo lo considera una figura decorativa, útil apenas para las declaraciones de domingo.

Resulta curioso que Alfonsín elija Uruguay como escenario para su gira moral, mientras la Argentina atraviesa una de las mayores crisis de representación política en décadas. En lugar de unir al radicalismo, lo fracturó. En vez de renovar la política, se refugió en su linaje. Y lejos de construir una alternativa, se convirtió en una especie de embajador informal de la corrección política, pero sin mandato ni pasaporte vigente.

¿Y Mujica?

La figura de Mujica despierta admiración, sí, pero también controversia. Que haya cambiado las armas por el discurso no borra su pasado. A diferencia de otros líderes latinoamericanos que militaron en movimientos armados —como Dilma Rousseff o incluso Tabaré Vázquez—, Mujica participó directamente de acciones que dejaron víctimas fatales. Eso no se blanquea con anécdotas de austeridad ni se endulza con el carisma de su escarabajo. La historia no se edita con afecto.

Por eso, cuando Milei —con su tono confrontativo habitual— afirma que “no corresponde homenajear a quien usó la violencia para hacer política”, no está reescribiendo la historia: está planteando un debate incómodo, pero legítimo. Alfonsín, en lugar de sumarse con argumentos, optó por un sentimentalismo diplomático que reparte perdones como si acabara de salir de una audiencia con el Papa.

El rol de Milei

Es cierto que el estilo de Milei divide. Pero si algo no se le puede reprochar es incoherencia: ha repudiado la violencia política desde el inicio, venga de donde venga. Condena tanto a los represores de la dictadura como a las guerrillas armadas. En cambio, el progresismo de manual de figuras como Alfonsín parece medir la violencia según la ideología del perpetrador.

Un micrófono que no le corresponde

La política argentina está plagada de personajes que viven de la nostalgia. Ricardo Alfonsín es uno de ellos. Oscila entre la evocación de su padre y la autopercepción de estadista, pero carece del respaldo democrático que le dé legitimidad. Puede opinar, por supuesto. Puede pedir disculpas, si quiere. Pero hablar “en nombre del pueblo argentino” cuando ni siquiera consigue reunir avales para una candidatura es, como poco, un exceso de autoestima.

La Argentina tiene 47 millones de voces. La de Alfonsín es solo una. Y cada vez más baja.

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