¿EL FIN DE UNA ERA? El zonda y la muerte de un pícaro

May 13, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias.

 

Había una vez una provincia enclavada en los Andes, cuna de personajes grandes, nobles e ingeniosos; hombres tan magníficos en intelecto como optimistas de buena dicción y visión en el futuro. Sus voces marcaban la diferencia y resonaban como un código mágico que iluminaba las estaciones y las faenas. Sus mujeres le dieron vida al telar y en las tardes de mate crearon la inigualable semita. Soportaban las temperaturas más extremas en el gélido invierno y en el hirviente verano, pero siempre llegaba el zonda para revolverlo todo y dar paso al refrescante viento del sur.

Pasó el tiempo y se dieron cuenta de que el movimiento tiene una ubicación en el espacio y que algunas decisiones no fueron del todo buenas para el pueblo. Había muchas cosas que tenían que cambiar para retomar el camino del ejemplo y la experiencia que dejaron los viejos próceres y héroes pueblerinos que dieron vida al milagro de su sociedad.

En esta urbe confundida y segada por el populismo, vivía Pepe, peculiar personaje amigo de todos, infaltable en la joda, enemigo del trabajo, muy hábil para sacarle la vuelta a las normas y buscar siempre la pícara viveza criolla. Por eso lo apodaron «Pepe el vivo». La mayoría de sus habitantes trabajaba para el estado con horarios muy definidos. Nadie se atrevía a interrumpir la acostumbrada siesta que dejaba al pueblo sin un alma desde las trece hasta las diecisiete horas. El comercio monopolizado carente de competencia, con fuentes laborales sindicalizadas sin capacitación, hacían del profesionalismo y el buen servicio una mera ilusión.

Las calles pintorescas del pueblo eran muy llamativas. Un pueblo moderno consecuencia de un terremoto en 1944, que destruyó casi toda su arquitectura colonial. Vivían en constante incertidumbre por los temblores o por las perniciosas decisiones de malos políticos que gobernaban para sus bolsillos y no para el desarrollo del pueblo.

Su imponente plaza principal, llamada 25 de Mayo, aunque la refaccionaron muchas veces, siempre quedaba igual, es decir, con las mismas falencias, como su característica peatonal. Alguna vez, se le ocurrió a un político brillante mandar a cortar todos los árboles para renovarla, hasta implementó un moderno sistema de enfriamiento para los transeúntes que nunca funcionó. Al final, la plaza principal y la peatonal quedaron peor, y se gastaron más de lo declarado. En fin, esto es parte de la política del pueblo.

«Pepe el vivo» es el hijo pródigo, el último exponente de esta generación, siempre resolviendo los problemas de sus amigos o algún conocido incauto, sea con una tinterillada, un documento trucho o una conexión con algún político inescrupuloso. No ha sido muy estudioso, pero siempre deslumbra con sus aires de grandeza y discurso político, rememorando algún cargo público que ocupó, claro, por favor político que le permitió tener algunos pesos ahorrados de arreglos en contratos sobrevaluados. Por las mañanas se le encontraba sentado en un café de la calle Tucumán donde se reunía con la deteriorada casta política, aquella que perdió las últimas elecciones. Una mañana conoció a un empresario a quien le cobró por presentarle a un funcionario público amigo, y este, a su vez, pueda presentar un proyecto relevante para beneficio de la ciudad. Al final, además del pago, al empresario le robaron el proyecto, una costumbre muy marcada entre ellos. Nada de real importancia, solo pequeñas cosas que se dan en el día a día.
Cómo olvidar cuando Pepe se presentó para concejal; era experto en todo, a pesar de que solo logró terminar la secundaria y muy ajustado. Lo que sí, debo reconocer es su capacidad para hablar y envolver; cual mago de la demagogia, inventaba fechas, personajes que hasta él mismo se los creía. Era común verlo en el centro cívico, en una esquina u oficina, esperando que apareciese algún desafortunado con necesidad de iniciar un trámite o resolver por la izquierda un percance. Aún recuerdo cuando cobró durante un año, mes a mes, por una marca que nunca inscribió, o se hizo pasar por alimentista para cobrar por un certificado de Registro Nacional de Establecimiento (RNE) y Registro Nacional de Producto Alimenticio (RNPA), obvio, los falsificó. Siempre tenía a alguien que asesorar, puesto que en este pueblo la mayoría de comercios no tenía las cosas en regla. Por lo general, los empresarios se quejaban de pagar altos impuestos, pero ninguno emitía boletas o facturas, y ni qué decir del producto o servicio que ofrecían, era todo sencillamente un caos.

El principal tema de conversación de Pepe era repetir, una y otra vez, cual sketch, el discurso negativo y falaz de los políticos perdedores, un fanático que solo podía defender lo indefendible. Un pesimista extremo, un personaje sin ética ni moral que orgullosamente repetía: «Para mis compañeros todo; para mis enemigos, ni justicia».
Esta vez no fue el zonda el que drásticamente cambió todo, quizás una discusión en la mesa del mismo café de la calle Tucumán o alguna impresión fueron el motivo por el que, de un momento a otro, «Pepe el vivo» cayó sobre la taza de café negro y amargo que estaba bebiendo. Todos los intentos por reanimarlo fueron inútiles, una gran multitud rodeó la escena. Al parecer un paro cardiaco lo sorprendió, unos pocos mostraron tristeza, pero para la mayoría fue un alivio.

Nunca sabremos a ciencia cierta qué fue lo que pasó. Cuando lo estaban llevando a la morgue, los paramédicos lograron retirar de su mano derecha partes de una hoja de papel del diario oficial del pueblo. Este se hallaba totalmente estrujado, pero se podía leer en su titular «CONFIRMARON SENTENCIA DE SEIS AÑOS DE PRISIÓN…».
Ese mismo 13 de noviembre, el gobernador del pueblo, en parte de su discurso en el acto por la habilitación del Paso Internacional Agua Negra, terminó diciendo: «No podemos percibir el tiempo en sí mismo; debemos caer en la cuenta del paso del tiempo solo cuando distingamos un cambio». Por otro lado, un intendente amigo, de los pocos que le quedaban, donó el cajón y el nicho en el cementerio municipal para su entierro, claro, con dinero del pueblo. Mientras tanto, un joven optimista, en libertad escribía en su lápida: «Aquí seguirá descansando PEPE EL VIVO».

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