El wokismo en América Latina: cultura, poder y manipulación política

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias.

 

En estos tiempos, resulta especialmente relevante la célebre reflexión de Axel Kicillof: «Lo importante no es llegar, sino cómo llegas y para qué llegas. Ahora que ya mostramos para qué llegamos, diría que lo más importante no es seguir, sino para qué seguir. Entonces, ¿para qué seguimos?». Estas palabras encarnan, de forma elocuente, las contradicciones de un ciclo en declive. Este pensador y estadista nos lega una joya retórica que armonizará, como un eco sarcástico, cada una de mis conclusiones porque si algo caracteriza al wokismo es su capacidad de decir mucho… sin decir nada.

¿Qué es el wokismo?
El término wokismo deriva de la palabra inglesa woke (despierto), originalmente asociada a la conciencia sobre la injusticia social y el racismo. Con el tiempo, su significado se ha ampliado para referirse a una sensibilidad hacia diversas formas de opresión: género, orientación sexual, colonialismo y ecología, entre otros. En América Latina, este concepto ha sido reinterpretado a la luz de contextos históricos marcados por desigualdades estructurales, dictaduras y luchas por derechos civiles.
Sin embargo, más allá de su definición superficial, el wokismo puede entenderse como una síntesis entre el marxismo moderno y el posmoderno. Como marxismo moderno, mantiene la lógica de la lucha entre opresores y oprimidos, aunque el conflicto ya no se centra exclusivamente en la economía o la clase social, sino en las identidades (raza, género, orientación sexual, etc.). Como marxismo posmoderno, se aleja del universalismo del marxismo clásico, priorizando la fragmentación de las luchas sociales, la subjetividad de las experiencias individuales y la crítica a los grandes relatos históricos.
Esta combinación permite al wokismo operar tanto como una ideología de resistencia cultural como una herramienta política flexible, capaz de adaptarse a distintos contextos sociales y políticos.
Aquí es donde nos iluminamos con la reflexión digna de los más profundos debates filosóficos contemporáneos: el citado planteamiento de Axel Kicillof.
Una pregunta que, si no resuelve nada, al menos añade ese aire de profundidad performativa tan propio de ciertos discursos wokistas. Lo importante es que el viaje luzca bien en Instagram.

Relectura de la historia y descolonización del pensamiento
Uno de los efectos más visibles del wokismo en América Latina ha sido la revisión crítica de las narrativas históricas. Esto se manifiesta en el cuestionamiento de figuras y símbolos tradicionales —estatuas de conquistadores, próceres nacionales y otros íconos que representan legados de opresión colonial—. Movimientos indígenas, afrodescendientes y feministas han encontrado en el wokismo un marco para visibilizar memorias históricas silenciadas, desafiando el relato oficial de los Estados-nación.
Sin embargo, este proceso de «descolonización» no está exento de controversias. En muchos casos, la revisión histórica adopta un enfoque maniqueo que simplifica el pasado en categorías de víctimas y victimarios, lo que empobrece el análisis crítico y fomenta nuevas formas de dogmatismo ideológico.
En este punto nos volvemos a preguntar, con la misma profundidad filosófica de antes: ¿para qué seguimos? Quizá solo para descubrir nuevos monumentos para pintarrajear o derribar la próxima semana.

Transformación de las industrias culturales
En el ámbito del cine, la literatura, la música y las artes visuales, el wokismo ha impulsado una mayor representación de identidades diversas. La inclusión de personajes LGBTQ+, narrativas indígenas o afrodescendientes, y la promoción de creadores de comunidades marginadas han enriquecido el panorama cultural.
Sin embargo, esta expansión también ha generado críticas sobre la «comodificación» de la diversidad, donde la inclusión se percibe más como un acto superficial motivado por intereses comerciales que por un compromiso genuino. Pero ¿importa eso realmente? Después de todo, si la diversidad vende, ¿para qué seguir preguntándonos si es auténtica? Lo importante es que llegamos, ¿no? Aunque, claro, ahora la cuestión es ¿para qué seguimos? La respuesta cae de madura: para que el merchandising no se detenga.

Cambios en el lenguaje y la comunicación
El lenguaje inclusivo es otro terreno en el que el wokismo ha dejado su marca. Expresiones como el uso de la «e» para neutralizar el género (todes, amigues) han polarizado a la sociedad. Mientras algunos lo consideran una herramienta para visibilizar identidades no binarias, otros lo ven como una imposición que afecta la estructura de la lengua y limita la libertad de expresión.
Este debate refleja tensiones más amplias sobre la relación entre lenguaje, identidad y poder. Desde la perspectiva del marxismo posmoderno, el lenguaje no es un simple medio de comunicación, sino un campo de disputa política donde se construyen o deconstruyen realidades. Así, nos encontramos en una eterna espiral de debates lingüísticos donde, por supuesto, lo importante no es cómo hablamos, sino para qué hablamos. Tendríamos que preguntarnos si decir «amigues» salvará al mundo.

Política de identidades y polarización social
La expansión del wokismo en América Latina también ha contribuido a la consolidación de políticas identitarias, donde la pertenencia a ciertos grupos define no solo experiencias individuales, sino posiciones políticas. Esto ha fortalecido movimientos sociales que luchan contra el racismo, el sexismo y la discriminación, pero también ha generado reacciones en sectores que perciben estas dinámicas como fragmentadoras del tejido social.
Aquí volvemos a nuestra reflexión de cabecera: ¿para qué seguimos? Tal vez para dividirnos un poco más, porque siempre se puede encontrar un nuevo grupo que no ha sido lo suficientemente visibilizado.

El femicidio como ejemplo de instrumentalización política
Un caso emblemático de cómo los gobiernos populistas han utilizado el wokismo como herramienta política es la cuestión del femicidio. Si bien la violencia de género es un problema grave y real que requiere atención urgente, algunos gobiernos han explotado este tema para obtener réditos políticos.
Se prioriza la visibilidad mediática sobre la eficacia real, con un enfoque que tiende a simplificar el problema, presentándolo como un fenómeno exclusivamente relacionado con la «cultura patriarcal», sin abordar factores estructurales como la impunidad, la falta de acceso a la justicia o las deficiencias en la educación y la seguridad pública.
Además, en algunos casos, la narrativa en torno al femicidio ha sido utilizada para estigmatizar a ciertos grupos sociales o como un recurso para desviar la atención de otros problemas urgentes, como la corrupción, la inseguridad o la crisis económica. Esta instrumentalización puede generar un efecto contraproducente: banaliza la gravedad del problema y polariza el debate, dificultando la construcción de políticas integrales y sostenibles.
Pero, al final del día, ¿para qué seguimos debatiendo si realmente se están salvando vidas o si solo se están acumulando hashtags? Lo importante no es si hay menos víctimas, sino si la narrativa sigue siendo rentable.

La pregunta pertinente
El wokismo en América Latina se presenta como un fenómeno complejo: es, a la vez, una plataforma para la visibilización de identidades históricamente marginadas y un instrumento útil para la manipulación política. Su capacidad de adaptarse a diversos contextos y agendas lo convierte en una herramienta poderosa, pero también en un arma de doble filo que puede fomentar tanto el progreso social como nuevas formas de dogmatismo.
Y, por supuesto, no se puede concluir sin la última reflexión del célebre planteamiento de Axel Kicillof. Quizá, solo para mantener la conversación viva, porque si algo hemos aprendido es que cuando el lenguaje se convierte en un ejercicio vacío en manos de políticos con escaso pensamiento crítico, deja de ser una herramienta de reflexión para volverse un arma de manipulación. Tal vez, la pregunta no sea ¿para qué seguimos?, sino si alguna vez supimos realmente hacia dónde íbamos.

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