«Los gobiernos discuten porcentajes. Los docentes hacen cuentas en la mesa de la cocina.»
Las paritarias empiezan en la casa
Ningún docente recuerda una paritaria por el número de un decreto. Las recuerda por otra cosa. Por el día en que pudo cambiar los neumáticos del auto. Por el mes en que dejó de usar la tarjeta de crédito para comprar alimentos. Por la factura de gas que decidió pagar antes que comprar un libro para sus hijos.
Las paritarias no se viven en las conferencias de prensa. Se viven en el supermercado, en la farmacia y frente al resumen de la tarjeta.
Cuando cambió la conversación
Hace apenas tres años, las conversaciones eran distintas. La inflación era feroz, pero existía una palabra que aparecía una y otra vez en cada negociación: actualización. La cláusula gatillo tenía defectos, llegaba tarde algunas veces y nunca alcanzaba para ganarle definitivamente a la inflación. Sin embargo, transmitía una idea sencilla. Si los precios subían más de lo previsto, el salario volvería a discutirse.
No era una garantía de prosperidad. Era una promesa de protección.
Hoy el paisaje cambió.
Las reuniones siguen existiendo. Las mesas paritarias también. Pero la palabra que domina ya no es inflación. Es equilibrio fiscal.
El docente la escucha por televisión mientras calcula cuánto aumentó la carne desde la última compra. Comprende que una provincia necesita administrar bien sus recursos. Nadie discute que el Estado deba ser responsable. Lo que se pregunta es otra cosa. ¿En qué lugar de esa responsabilidad quedó quien sostiene todos los días una escuela?
Allí aparece la verdadera diferencia entre dos modelos.
El último año del peronismo en San Juan intentó que el presupuesto acompañara al salario. El último año del gobierno de Marcelo Orrego procura que el salario acompañe al presupuesto.
La diferencia parece apenas un cambio en el orden de las palabras.
No lo es.
Es un cambio de filosofía.
Cuando cambian las prioridades
Durante una gestión, el problema principal era que la inflación no destruyera el ingreso del trabajador. Durante la otra, el problema principal pasó a ser que el gasto público no comprometiera las cuentas provinciales.
Ambas posiciones tienen argumentos. Ambas pueden defenderse técnicamente.
Pero ninguna estadística reemplaza la experiencia cotidiana.
El docente no desayuna con el resultado financiero de la provincia. Desayuna mirando cuánto queda en la cuenta bancaria después de pagar las cuentas del mes.
El aula nunca espera
Por eso las paritarias nunca son solamente economía.
También son confianza.
Cuando las ofertas se fragmentan en pequeños porcentajes distribuidos durante meses, muchos sienten que siempre cobran un aumento que ya fue absorbido por los precios. La inflación corre todos los días. El salario, en cambio, espera la próxima reunión.
Mientras tanto, el aula sigue abierta.
El maestro entra temprano. Explica historia, matemática o literatura. Corrige cuadernos. Escucha problemas familiares que ningún programa educativo puede resolver. Compra materiales de su bolsillo cuando hace falta. Después vuelve a casa y descubre que otra vez la conversación gira alrededor de los mismos números.
No habla de política.
Habla de llegar a fin de mes.
La pregunta que decidirá el futuro
Quizá allí esté la mayor enseñanza que deja la comparación entre ambos modelos de paritarias. Los gobiernos suelen medir el éxito de una negociación por el porcentaje que lograron cerrar. Los trabajadores la miden por una pregunta mucho más sencilla.
¿Vivimos un poco mejor que el año pasado?
Si la respuesta tarda demasiado en llegar, ninguna planilla de Excel alcanza para convencer a quien todos los días escribe con tiza sobre un pizarrón.
Quizá mañana, cuando volvamos a votar, convenga recordar estas paritarias. No para premiar o castigar a un gobierno, sino para preguntarnos qué modelo de Estado queremos. Uno que considere el salario docente como una inversión en quienes educan a las próximas generaciones, o uno que mida su éxito, ante todo, por una planilla fiscal con superávit.
Porque detrás de cada punto porcentual hay un maestro que enseña, corrige, acompaña y forma ciudadanos. Y detrás de cada superávit también puede haber un esfuerzo silencioso sostenido por miles de docentes que, aun perdiendo poder adquisitivo, nunca dejaron de entrar al aula.
Al final, las cuentas públicas siempre deben cerrar. Pero una sociedad también debería preguntarse si esas cuentas cierran sin dejar abierta una deuda mucho más difícil de saldar: la deuda con quienes tienen la responsabilidad de educar el futuro de todos.
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