En la República Autónoma del Peronistán Sanjuanino ocurrió una tragedia institucional de proporciones épicas: seis pingüinos legislativos abandonaron la fila.
Durante años habían marchado disciplinadamente detrás de la colonia. Levantaban la aleta cuando correspondía, repetían los comunicados oficiales y dominaban el antiguo arte de caminar sin formular demasiadas preguntas. Pero un día apareció una montaña de 600 millones de dólares y los seis pingüinos decidieron caminar hacia otro lado.
La conmoción fue inmediata. Las radios convocaron especialistas en lealtad. Las unidades básicas recuperaron una actividad que no mostraban desde las últimas elecciones. Los grupos de WhatsApp parecían reuniones del Tribunal de la Santa Inquisición. Y entonces comenzó la palabra favorita de la semana; traidores. Traidores por aquí, traidores por allá, traidores por todos lados.
Lo curioso era que nadie parecía demasiado interesado en discutir los 600 millones de dólares. La verdadera emergencia consistía en determinar quién había traicionado a quién.
Fue entonces cuando apareció el alcalde filósofo de una ciudad del sur provincial. Escuchó durante varios días las acusaciones y finalmente formuló una pregunta incómoda.
—¿Traidores? ¿Desde cuándo?
La pregunta cayó como una piedra sobre el hielo. Porque el alcalde recordó algo que muchos preferían olvidar; años atrás otros habitantes del mismo reino habían acompañado decisiones que no coincidían precisamente con las posiciones oficiales de sus bloques. Algunos habían votado a favor de jueces rechazados por sus compañeros. Otros habían respaldado acuerdos internacionales que buena parte del movimiento cuestionaba. Y, curiosamente, nadie había organizado una cacería pública.
Aquello se llamaba entonces libertad de criterio. Ahora parecía llamarse traición.
Los historiadores del reino comenzaron a investigar y llegaron a una conclusión fascinante: la palabra traidor no describía una conducta. Describía una ubicación. Traidor era simplemente aquel que dejaba de estar parado donde uno esperaba encontrarlo. Nada más.
Mientras tanto, los ciudadanos observaban el espectáculo con creciente desconcierto, porque fuera de los comunicados seguían existiendo salarios bajos, hospitales con dificultades, escuelas que reclamaban recursos y municipios que esperaban obras.
Y entonces apareció un dato todavía más incómodo. Muchos de los pingüinos acusados de traición comenzaron a regresar a sus territorios con anuncios bajo el ala: puentes, carreteras, centros médicos, escuelas, fondos para infraestructura y partidas presupuestarias.
La situación se volvió incómoda, porque en el Peronistán Sanjuanino la traición tenía una característica curiosa; muchas veces venía acompañada de inauguraciones.
Entonces surgió la pregunta más peligrosa de todas: ¿aquellos pingüinos habían traicionado una orden partidaria o habían conseguido beneficios para quienes los eligieron? La respuesta dependía de quién contara la historia.
Como si eso fuera poco, comenzaron a aparecer relatos sobre otros pingüinos. No los seis famosos. Otros. Pingüinos más discretos, menos visibles, más acostumbrados a sobrevivir en los pasillos del poder que a protagonizar titulares.
Según se comentaba en el reino, algunos habían sido señalados públicamente. Otros escucharon sus nombres convertidos en advertencia. De pronto, la discusión dejó de parecer un debate y empezó a parecer un inventario de obediencias pendientes.
Y aunque nadie pronunciara amenazas explícitas, muchos creían entender perfectamente el mensaje: «Recuerden quién manda en este iceberg.»
El viejo bibliotecario que observaba la escena desde una plaza sonrió con cierta tristeza.
—Es curioso —dijo—. Hay organizaciones que celebran la diversidad de opiniones siempre que todas las opiniones sean exactamente iguales.
Las carcajadas fueron inevitables. Pero el anciano no se reía. Llevaba demasiados años observando la política para confundirse. Sabía que las discusiones sobre traidores suelen aparecer cuando nadie quiere discutir otra cosa.
Y allí estaba la verdadera rareza de la historia; en una provincia donde se discutían seis votos durante semanas, nadie parecía demasiado interesado en hablar de cómo se controlarían 600 millones de dólares. Nadie preguntaba por los contratos, por los mecanismos de control, por la transparencia ni por el acceso a la información. Era como si el problema no fuera el dinero. Era quién había levantado la aleta equivocada.
Entonces el bibliotecario cerró el libro.
—Aristóteles Onassis decía que nadie se vuelve corrupto en el cargo público. Que para ser corrupto primero hay que llegar corrupto al cargo.
La plaza quedó en silencio.
—Y quizás por eso la transparencia incomoda tanto —continuó—. Porque la información no sirve para descubrir a los honestos. Sirve para descubrir a los que ya venían preparados.
Nadie respondió. Porque resulta mucho más sencillo perseguir traidores que transparentar expedientes. Mucho más cómodo señalar diputados que publicar contratos. Mucho más rentable hablar de lealtad que hablar de control ciudadano.
Y fue entonces cuando todos comprendieron el verdadero sentido de aquella historia. La cacería de los seis pingüinos jamás trató sobre seis pingüinos. Trató sobre el poder. Sobre quién puede repartir etiquetas. Sobre quién puede señalar culpables. Sobre quién tiene derecho a definir la ortodoxia.
Mientras tanto, los 600 millones de dólares seguían allí. Quietos. Silenciosos. Esperando.
Porque los intendentes pasan, los diputados pasan, los gobernadores pasan y las internas pasan. Pero las deudas quedan. Las obras quedan. Los contratos quedan. Y también quedan las preguntas.
Sobre todo una.
¿Cómo puede una provincia discutir traiciones durante semanas y seguir sin adherir plenamente a la Ley Nacional de Acceso a la Información Pública?
Porque en el Peronistán Sanjuanino cualquiera podía ser acusado de traidor por levantar una aleta distinta.
Lo único que parecía imposible era ser acusado de traidor por negarle información a los ciudadanos.
Y quizás allí estaba el verdadero secreto de toda la historia.














