Mendoza encontró el negocio; San Juan sigue en la siesta

Jun 12, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Mientras Mendoza discute puertos, cargas y mercados, San Juan sigue aferrada al recuerdo de Agua Negra. La diferencia no está en la cordillera; está en haber entendido que los túneles no generan comercio, sino que el comercio genera túneles.

Dicen que las oportunidades tienen que encontrarte preparado.

En San Juan parece ocurrir exactamente lo contrario. Las oportunidades han aprendido a desfilar frente a gobiernos poco calificados, equipos escasamente capacitados y funcionarios que suelen enamorarse más de los anuncios que de los procesos necesarios para convertirlos en realidad.

Por eso la noticia que llegó desde Mendoza debería provocar algo más que curiosidad. Debería provocar incomodidad.

Un consorcio privado chileno-singapurense acaba de presentar un proyecto ferroviario de 9.600 millones de dólares para atravesar la cordillera mediante un túnel de 54 kilómetros, conectar Mendoza con el Pacífico, construir un puerto de aguas profundas, desarrollar infraestructura logística y abrir una ruta comercial orientada a los mercados asiáticos. Mientras Mendoza discute cargas, puertos, ferrocarriles, mercados y cadenas logísticas, San Juan sigue recordando el túnel de Agua Negra como quien recuerda una promesa incumplida.

Y quizás allí aparezca la diferencia más importante entre ambas historias. Mendoza no está discutiendo un túnel. Está discutiendo un negocio. San Juan, en cambio, pasó décadas discutiendo una montaña.

Durante años la dirigencia sanjuanina convirtió Agua Negra en una especie de religión civil. Hubo congresos internacionales, estudios técnicos, viajes oficiales, encuentros binacionales, maquetas, discursos y presentaciones donde el túnel aparecía como la llave que abriría todas las puertas del desarrollo. Sin embargo, detrás de aquella épica había una pregunta que casi nadie formulaba:

¿Integrar qué?

Porque un corredor bioceánico no es una obra de ingeniería. Es una herramienta comercial. Y una herramienta comercial necesita algo más importante que el hormigón: necesita cargas, empresas, operadores logísticos, contratos, mercados y una estrategia económica capaz de sostenerla.

Los túneles no generan comercio.

El comercio genera túneles.

Esa es la lección que San Juan nunca terminó de aprender. Primero aparecen las cargas y después los corredores. Primero aparecen las empresas y después las vías férreas. Primero aparecen los operadores logísticos y después los puertos. San Juan intentó recorrer ese camino al revés. Creyó que la infraestructura produciría mágicamente desarrollo y terminó esperando que una obra resolviera problemas que exigían planificación económica, inteligencia comercial y construcción institucional.

Resulta difícil hablar seriamente de un túnel internacional cuando la provincia ni siquiera logró consolidar una zona franca comercial competitiva.

Mientras Mendoza cuenta con la Zona Franca de Luján de Cuyo operativa desde 1999, acumulando experiencia, operadores especializados, servicios aduaneros y cultura exportadora, San Juan todavía intenta poner en marcha una zona franca minera en Jáchal. La diferencia parece pequeña. No lo es.

Son más de veinticinco años construyendo capacidades logísticas, relaciones comerciales y conocimiento práctico sobre cómo funciona el comercio internacional. Durante ese tiempo Mendoza aprendió a comerciar. San Juan aprendió a prometer.

Porque la logística no se improvisa. Se construye. Y el comercio exterior tampoco nace de un acto político ni de una conferencia de prensa. Nace de empresas que venden, de mercados que compran y de cadenas de suministro que funcionan.

Lo más preocupante es que la discusión sanjuanina continúa atrapada en la superficie. Se habla de financiamiento, de kilómetros de túnel, de ingeniería y de geopolítica. Pero rara vez se habla de consolidación de cargas, de puertos de destino, de contratos comerciales, de plataformas de distribución, de agregado de valor o de inteligencia comercial.

En otras palabras; se sigue hablando de la obra y no del negocio.

Por eso el proyecto mendocino resulta tan incómodo. Porque recuerda algo que muchos prefieren ignorar; ningún inversor privado compromete 9.600 millones de dólares por amor a la cordillera. Lo hace porque ve rentabilidad, identifica mercados, observa cargas y encuentra clientes. Alguien hizo previamente el trabajo que convierte una idea en un negocio.

Y allí aparece una verdad que la política sanjuanina evitó durante demasiado tiempo. No se puede hablar seriamente de corredores bioceánicos cuando todavía no se han consolidado las herramientas básicas del comercio internacional. No se puede soñar con atravesar la cordillera cuando aún no se termina de construir la plataforma comercial que justifique ese esfuerzo.

Es como discutir una aerolínea internacional sin haber terminado la pista.

San Juan posee recursos extraordinarios. Tiene minería, energía, agricultura, una ubicación estratégica y una oportunidad histórica asociada al cobre. Pero ninguna de esas ventajas garantiza por sí sola el desarrollo. Un corredor bioceánico no puede sostenerse únicamente sobre la exportación de mineral. Necesita diversidad productiva, industria, logística, agregado de valor y una visión económica que vaya mucho más allá de la próxima campaña electoral.

Las oportunidades no desaparecen. Simplemente buscan lugares donde encuentren condiciones para transformarse en realidad.

La oportunidad llegó a Córdoba y construyeron una zona franca seca, un ecosistema logístico y un aeropuerto internacional conectado a las nuevas dinámicas del comercio global. La oportunidad llegó a Mendoza y hoy discuten un corredor ferroviario privado de 9.600 millones de dólares, un puerto de aguas profundas y una salida estratégica al Pacífico. Las mismas oportunidades llegaron a San Juan. Llegaron con Agua Negra, con los corredores bioceánicos, con la minería y con una ubicación privilegiada en el centro del corredor andino.

Pero una oportunidad no sirve de nada cuando quienes deben interpretarla no logran comprenderla.

Porque el problema ya no parece ser la falta de recursos, ni la falta de ubicación geográfica, ni siquiera la ausencia de proyectos. El problema es más simple y más incómodo: las oportunidades llegan a San Juan y demasiadas veces encuentran funcionarios que no saben leerlas.

No saben leer los cambios del comercio mundial, la nueva geopolítica de las rutas bioceánicas, el papel que desempeñan las zonas francas dentro de las cadenas globales de valor ni hacia dónde se mueve la inversión privada. Y cuando una dirigencia pierde la capacidad de interpretar el mundo, la provincia comienza a perder oportunidades.

Mientras el mundo discute corredores, puertos, hubs logísticos y cadenas globales de suministro, buena parte de la política sanjuanina sigue atrapada en el anuncio, la fotografía y el acto protocolar. Después de décadas de discursos sobre integración bioceánica, todavía cuesta encontrar funcionarios capaces de explicar con precisión qué es una zona franca, cómo funciona una plataforma logística o cuál será el impacto de las nuevas rutas comerciales que están redibujando Sudamérica.

La verdadera brecha ya no es tecnológica. Es intelectual.

Porque el problema de San Juan no parece ser la falta de oportunidades. El problema es la incapacidad de comprender la magnitud de las oportunidades que tiene delante.

La incapacidad política se ha convertido en la nueva siesta sanjuanina.

Tal vez la montaña nunca fue el problema.

Tal vez el problema era que mientras discutíamos cómo cruzarla, nunca terminamos de entender hacia dónde iba el mundo.

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