El oficialismo sanjuanino reunió a 250 militantes para entrenarlos en la defensa digital de la gestión. Hubo discursos épicos, PDFs descargables y códigos QR. Lo único ausente fue el costo de todo eso.
La política ya no administra provincias. Administra relatos audiovisuales.
Ya no alcanza con inaugurar una obra. Ahora también hay que capacitar militantes para que aprendan a compartirla, editarla, subirla a Instagram, defenderla en Facebook y replicarla en WhatsApp, como si el hormigón hubiese sido descubierto por primera vez en la historia de San Juan.
La escena tuvo algo de seminario corporativo, algo de retiro espiritual y bastante de convención de vendedores multinivel. Doscientas cincuenta personas reunidas en una sede partidaria escuchaban a funcionarios explicar obras públicas mediante presentaciones digitales, documentos descargables y códigos QR. La revolución tecnológica finalmente llegó al Estado sanjuanino. No para transparentar gastos, licitaciones o presupuestos. Para optimizar la propaganda.
Allí reside el detalle más fascinante de toda la jornada. Se habló de pavimentos, hospitales, consultorios, asfaltos y futuro. Pero jamás apareció el protagonista ausente de toda obra pública argentina: el dinero.
No hubo cifras completas, costos discriminados, comparación presupuestaria ni auditorías públicas. Tampoco balances abiertos. Hubo épica.
El QR vino a sustituir al balance.
Antes los gobiernos ocultaban los números detrás de expedientes interminables. Hoy directamente los reemplazan por emociones. Ya no se rinden cuentas: se construyen sensaciones.
Cuanto más compleja es la crisis económica, más sentimental parece volverse el discurso oficial. Ya no se habla de administración eficiente sino de “sentirlo en el corazón”. No se muestran planillas de ejecución presupuestaria, sino militantes emocionados aprendiendo a defender la gestión “en la calle”.
El militante mutó en community manager emocional. Ya no necesita comprender una obra en profundidad. Apenas debe compartirla, repetirla, defenderla y multiplicarla, como si gobernar consistiera menos en resolver problemas que en optimizar algoritmos.
La ironía es perfecta: el oficialismo critica a la gestión anterior por “hacer circo”, mientras toda esta escena parece salida de un manual contemporáneo de producción escénica del poder, con pantallas, presentaciones, épica, relato emocional y militancia entrenada para redes sociales.
El viejo populismo repartía choripanes. El nuevo reparte PDFs.
Pero ambos entendieron lo mismo: el poder necesita repetidores.
Mientras tanto, afuera de la sede partidaria, San Juan sigue siendo esa provincia donde el ciudadano común jamás accede al detalle fino de los gastos públicos.
A treinta días de realizados distintos pedidos de información, todavía no existe una respuesta pública completa sobre los gastos del Ironman, la Fiesta Nacional del Sol, el alquiler de locales en la costa atlántica y muchas otras iniciativas oficiales presentadas como inversiones estratégicas.
No hay balances abiertos ni informes detallados accesibles para cualquier ciudadano que simplemente quiera saber cuánto costó cada decisión tomada por el Estado.
Pero sí hay videos, presentaciones y épica digital.
La transparencia verdadera no consiste en mostrar drones sobrevolando pavimentos recién asfaltados. Consiste en mostrar números.
El problema central es otro: muchos gobiernos creen que comunicar obras equivale automáticamente a legitimar gestiones. Pero una democracia adulta no debería funcionar como una agencia permanente de publicidad institucional financiada por contribuyentes.
El detalle más honesto de toda la jornada probablemente haya sido involuntario. Los dirigentes reconocieron que necesitaban “juntarse más seguido” porque estuvieron demasiado tiempo concentrados en gestionar.
La frase revela algo mucho más profundo: la política argentina ya no distingue entre Estado, partido y campaña.
Se gobierna militando, se milita gestionando y se comunica administrando. Finalmente, la obra pública termina confundida con marketing político.
Tal vez por eso en San Juan ya no haya ciudadanos observando gobiernos.
Hay espectadores consumiendo escenografía.
Y toda escenografía política tiene siempre el mismo punto ciego.
La factura.













