San Juan vuelve a enamorarse del “cultivo del futuro”, aunque hace años ya sabía que el verdadero problema nunca fue sembrar. Era competir.
La gran pregunta que nadie termina de responder en los auditorios técnicos no es si la quinua puede crecer en San Juan. Puede crecer. La verdadera discusión es mucho más incómoda, menos fotogénica para las jornadas institucionales y bastante más peligrosa para el relato oficial: si la quinua sanjuanina puede competir.
Y ahí termina el romanticismo productivo.
Porque producir quinua en pequeña escala no necesariamente significa producir quinua rentable. Mucho menos competitiva.
Perú y Bolivia no solamente tienen experiencia histórica cultivándola. Poseen ventajas estructurales difíciles de ignorar: menores costos relativos, tradición agrícola consolidada, semillas adaptadas, cadenas comerciales desarrolladas, certificaciones internacionales y escalas productivas gigantescas comparadas con cualquier intento experimental argentino. Chile, incluso desde una escala menor, entendió hace tiempo algo que en Argentina todavía parece ciencia ficción administrativa: producir no alcanza; hay que saber vender.
Y lo más inquietante es que esto no es una revelación reciente.
Hace casi una década, en la sala Cruce de los Andes del Centro Cívico de San Juan, ya se discutía exactamente esta posibilidad. En aquella jornada técnica, un expositor fue brutalmente claro: San Juan difícilmente podría competir contra quinua orgánica certificada proveniente de Perú, Bolivia o Chile. El diagnóstico ya existía. La advertencia también. Pero Argentina tiene una extraña capacidad para reciclar viejos problemas como si fueran nuevas ideas. Las iniciativas no fracasan; se archivan hasta que otro funcionario las redescubre, les cambia el nombre, desarma el FODA y vuelve a presentarlas como innovación estratégica.
Ahí aparece el verdadero problema; la escasa inteligencia comercial.
La política productiva argentina suele obsesionarse con producir cosas sin preguntarse seriamente quién las va a comprar, cómo van a competir o cuánto costará llevarlas al mercado. Se enamora del cultivo antes de entender el negocio. Confunde capacidad agronómica con viabilidad económica y soberanía alimentaria con sustentabilidad financiera.
San Juan arranca desde cero. Y empezar desde cero en Argentina suele ser carísimo.
El productor local deberá enfrentar costos energéticos elevados, transporte caro, maquinaria, incertidumbre macroeconómica, presión impositiva y un mercado interno todavía reducido. Porque aunque la quinua ganó espacio en dietéticas, restaurantes y supermercados premium, sigue siendo un alimento de nicho dentro del consumo argentino. No estamos hablando de trigo, arroz o lentejas. La quinua todavía pertenece al universo de los alimentos saludables consumidos principalmente por sectores urbanos específicos. Eso limita brutalmente el tamaño real del mercado interno.
Entonces aparece otro problema todavía más incómodo.
Si la producción sanjuanina termina siendo más cara que la quinua importada, el consumidor argentino seguirá comprando producto peruano o boliviano. Y probablemente tenga razón económica para hacerlo.
Ahí es donde muchos proyectos productivos argentinos empiezan a depender de algo peligrosamente conocido: subsidios, programas estatales, compras públicas y asistencia permanente. Es decir, dejan de competir en mercado y comienzan a sobrevivir dentro de estructuras políticas.
La historia económica argentina está llena de actividades que nacieron como “sectores estratégicos”, fueron presentadas como revoluciones productivas y terminaron convertidas en economías artificiales donde el negocio verdadero no era producir, sino sostener la relación con el Estado.
Por eso la quinua sanjuanina enfrenta un desafío doble. Primero debe demostrar que puede producirse técnicamente. Después debe demostrar algo muchísimo más difícil; que puede venderse con rentabilidad sin respirador estatal permanente.
Y allí aparece un dato que el discurso oficial suele evitar cuidadosamente.
Quizás la quinua no deba pensarse como un cultivo masivo. Quizás su única posibilidad racional esté en transformarse en un producto premium de escala limitada: gastronomía gourmet, productos orgánicos, alimentos saludables o nichos regionales específicos donde el diferencial territorial pueda justificar precios más altos. Es decir, competir menos por cantidad y más por identidad.
Pero incluso esa estrategia exige justamente lo que parece faltar: inteligencia comercial real. Marca provincial. Certificaciones. Industrialización. Logística. Acuerdos comerciales. Integración gastronómica. Asociatividad entre productores. Y sobre todo continuidad. Justamente lo que Argentina destruye cada cuatro años entre cambios políticos, crisis económicas y programas productivos que duran menos que los slogans que los anuncian.
Entonces sí, la quinua podría transformarse en una oportunidad interesante para productores específicos. Pero también podría convertirse en otra escena clásica del teatro burocrático argentino; mucho seminario, mucho diagnóstico, muchas fotografías institucionales y finalmente una pequeña parcela experimental abandonada bajo el sol sanjuanino mientras algún próximo funcionario descubre “el cultivo del futuro” siguiente.
Claro que para entonces probablemente ya se habrán pagado consultorías, asesorías, asesorías para el asesor del asesor del secretario del ministro, estudios estratégicos, mesas técnicas, viáticos, alquileres, presentaciones institucionales y los inevitables coffee break organizados por el amigo del funcionario de turno.
Porque en ciertos sectores públicos el verdadero producto nunca fue la quinua.
El verdadero producto es el programa que permite seguir financiando eternamente reuniones para explicar por qué todavía no despega.













