Universidad pública, liturgia callejera y supervivencia presupuestaria
La multitud defendió la educación pública, la ciencia nacional y el pensamiento crítico. Y, de paso, ayudó a consolidar uno de los deportes favoritos de la burocracia argentina; administrar fondos públicos sin demasiadas preguntas incómodas.
Gracias.
Gracias a todos los que marcharon ayer bajo la lluvia ideológica de banderas, bombos y consignas repetidas con la disciplina litúrgica de una oración civil.
Gracias por defender la universidad pública.
Gracias por defender la ciencia argentina.
Gracias por defender el pensamiento crítico.
Y, de paso, gracias también por defender en silencio esos mecanismos administrativos que llevan décadas funcionando con la misma transparencia legendaria que los cuadernos de Cristina.
Gracias también a los sindicalistas.
A esos héroes profesionales de la reivindicación perpetua que llegaron con chalecos impecables, micros coordinados con precisión ministerial y esa admirable capacidad de hablar contra el ajuste mientras negocian estructuras eternas financiadas por el mismo Estado que dicen combatir.
Fue emocionante.
Rectores hablando de autonomía. Dirigentes gremiales hablando de lucha. Funcionarios universitarios hablando de emergencia presupuestaria mientras acomodaban discretamente viáticos, escalafones jerárquicos y organigramas con más cargos que alumnos en ciertas cátedras nocturnas.
Pero la marcha salió bien.
Muy bien.
Las cámaras mostraron estudiantes emocionados, docentes preocupados y sindicalistas profesionalmente indignados; esa categoría política tan argentina que logra convertir cualquier revisión administrativa en una peligrosa herejía presupuestaria.
Y ahí apareció el verdadero milagro nacional.
Logramos transformar una discusión de balances en una epopeya moral.
Ya no se habla de números.
Se habla de resistencia.
Ya no se pregunta cuánto cobra cierta estructura administrativa universitaria o sindical. Ahora eso parece terrorismo contable.
Ya no interesa por qué una carrera diseñada para durar cinco años termina consumiendo una década de vida, ni cómo algunas universidades producen más subsecretarías que publicaciones científicas visibles. Lo importante es sostener la épica, la foto aérea y el comunicado redactado con tono de tragedia republicana.
Porque en Argentina los números aburren, pero las consignas enamoran.
Entonces gracias.
Gracias por hacer que la palabra “auditoría” suene más peligrosa que la palabra “déficit”. Gracias por construir ese clima espiritual donde pedir transparencia parece una agresión neoliberal y preguntar por las cajas universitarias o sindicales automáticamente te convierte en sospechoso de querer destruir la educación pública.
Kafka habría amado este país.
Un estudiante tarda más de diez años en graduarse. Los docentes sobreviven con salarios demolidos. Los edificios envejecen con la dignidad triste de un hospital ferroviario abandonado. Las estructuras administrativas crecen como humedad burocrática. Los sindicatos multiplican sellos, cargos y representantes eternos y el rector sigue contratando personal a dedo.
Y, sin embargo, el único tema prohibido sigue siendo el mismo; quién controla realmente la plata.
Pero ayer hubo marcha.
Y eso tranquiliza.
Porque en Argentina una movilización multitudinaria tiene propiedades casi religiosas; limpia responsabilidades, suspende preguntas y convierte cualquier discusión técnica en una batalla entre héroes populares y enemigos de la patria académica.
Mientras tanto, el contribuyente observa desde afuera esa liturgia universitaria donde todos hablan de pensamiento crítico… siempre y cuando el pensamiento no critique demasiado hacia adentro.
La universidad pública sigue siendo necesaria.
Imprescindible, tal vez.
Pero justamente por eso debería soportar auditorías completas sin reaccionar como un aristócrata francés al que le preguntan cuánto cuesta el castillo.
Aunque quizá allí esté el secreto mejor guardado del sistema.
La autonomía universitaria argentina parece funcionar bajo una regla no escrita; libertad absoluta para administrar… siempre y cuando pague otro.














