La provincia escenográfica
En San Juan ya no se inauguran soluciones. Se inauguran atmósferas.
El viento que interrumpe la ficción
Hay algo profundamente literario —y peligrosamente político— en la relación que este gobierno mantiene con el viento. Porque el Zonda aparece siempre donde la gestión intenta exagerarse a sí misma. Como si la naturaleza hubiese decidido transformarse en editorialista. Primero la Fiesta del Sol. Después la Expo Minera. Mañana quizá la feria de artesanos, el Ironman o alguno de esos locales de Origen San Juan instalados en la costa atlántica con esa estética de franquicia patriótica donde todo parece diseñado más para la fotografía institucional que para la rentabilidad.
Y entonces el viento llega.
No como fenómeno climático, sino como corrección narrativa.
La arena cubriendo stands millonarios. Las puertas cerradas. Los funcionarios refugiados detrás de vidrios oscuros mientras afuera la provincia real vuelve a parecerse demasiado a sí misma.
Porque el problema de San Juan ya no es económico solamente. Empieza a ser estético. Una provincia atrapada dentro de su propia publicidad oficial.
Marcelo Orrego gobierna como ciertos directores de teatro inseguros: convencido de que si la iluminación es suficientemente buena, el público no notará la fragilidad del guion. Entonces aparecen eventos permanentes. Escenarios gigantescos. Música épica. Pantallas LED. Drones sobrevolando multitudes cuidadosamente ordenadas para producir esa ilusión contemporánea de movimiento constante. La administración convertida en streaming.
Fiesta Nacional del Sol. Ironman. Expo Minera. Ferias productivas. Locales costeros. Lanzamientos. Convenios. Fotos. Sonrisas de protocolo.
Una provincia administrada como una exposición permanente de sí misma.
Y sin embargo, debajo de toda esa coreografía luminosa, la realidad sigue respirando con dificultad. La vitivinicultura se deteriora lentamente entre costos imposibles y discursos vacíos. El comercio se sostiene con la precariedad silenciosa de quienes todavía no pueden permitirse quebrar. Las obras inconclusas envejecen antes de existir. Y la gestión provincial parece cada vez más cómoda inaugurando relatos que resolviendo estructuras.
Tal vez por eso el Zonda incomoda tanto.
Porque el viento tiene una virtud que la política perdió hace tiempo; no sabe fingir.
Entra. Desordena. Levanta tierra. Suspende ceremonias. Y deja expuesta esa verdad brutal que ningún asesor de comunicación logra domesticar del todo; cuando una gestión necesita demasiada escenografía, normalmente intenta esconder demasiadas debilidades.
Borges escribió alguna vez que los espejos y la cópula eran abominables porque multiplicaban el número de los hombres. El orreguismo parece haber perfeccionado otra forma de multiplicación; la de los escenarios. Cada problema produce un evento. Cada crisis necesita una feria. Cada vacío político exige una nueva fotografía junto a funcionarios nacionales que llegan, sonríen y desaparecen antes de que la provincia vuelva a quedarse sola frente a sus propios números.
Y ahí aparece nuevamente el viento.
Como un viejo bibliotecario insolente que entra al salón principal para recordar que la realidad todavía existe.
Quizá el Zonda no esté en contra de Orrego.
Quizá simplemente se cansó del verso recurrente.
O quizá entendió antes que muchos sanjuaninos algo infinitamente más incómodo; que en esta provincia la única industria verdaderamente sostenida durante todo el año ya no es la minería, ni el turismo, ni la producción.
Es la fabricación sistemática de escenografía política.














