Mientras la minería ocupa el centro del nuevo relato económico provincial, la vitivinicultura vuelve a ser estudiada como si la crisis hubiese comenzado ayer. Sin embargo, San Juan ya había diagnosticado hace dos décadas gran parte de los problemas que hoy reaparecen bajo nuevos nombres y nuevas mesas técnicas. Entre archivos olvidados y planes estratégicos archivados, el vino parece haberse convertido en una economía que la política ya no sabe cómo salvar, pero tampoco se anima a abandonar.
La carpeta que ya estaba escrita
En algún despacho silencioso de San Juan todavía debe existir una carpeta olvidada con olor a papel viejo y café frío. Tal vez permanezca archivada detrás de un armario metálico, cubierta por años de polvo administrativo. En la tapa probablemente todavía pueda leerse una palabra que durante el giojismo sonaba moderna y casi empresarial.
FODA.
Fortalezas.
Oportunidades.
Debilidades.
Amenazas.
La política sanjuanina de comienzos de los dos mil todavía tenía una obsesión que hoy parece extinguida: intentar comprender la provincia antes de administrarla.
Y fue precisamente ahí donde el gobierno de José Luis Gioja hizo algo que el presente parece haber olvidado. Detenerse a estudiar estructuralmente la vitivinicultura.
No como postal turística.
No como discurso identitario.
No como decoración de fiestas provinciales.
Sino como problema económico real.
Aquellos diagnósticos fueron incómodamente precisos.
San Juan producía enormes volúmenes de uva y mosto, pero seguía atrapada en segmentos de bajo valor agregado. Existía atraso tecnológico en parte del sistema productivo. La dependencia del mosto condicionaba rentabilidad y mercados. El consumo interno comenzaba a caer lentamente. Y Mendoza seguía capturando gran parte del prestigio que San Juan todavía no conseguía construir.
Pero lo importante es que aquel diagnóstico no quedó solamente en un seminario técnico.
Derivó en decisiones políticas concretas.
El giojismo impulsó la expansión del mosto como salida exportadora. Promovió reconversión varietal hacia vinos finos. Apostó por zonas emergentes como Pedernal cuando todavía muchos miraban esos suelos como una rareza geológica antes que como terroir competitivo. Se fortalecieron rutas del vino, estrategias de enoturismo y procesos de modernización bodeguera.
Incluso hubo intentos de integrar la vitivinicultura con infraestructura hídrica y energética, entendiendo algo elemental en una provincia desértica; sin agua ni energía barata, el romanticismo productivo dura poco.
Y quizá la apuesta simbólica más importante de aquella época haya sido otra.
Instalar la idea de que San Juan no debía resignarse a ser solamente tierra de mosto barato, sino también productora de vinos de alta calidad.
Ahí estaba el verdadero debate.
No solamente producir más.
Producir mejor.
El día que el vino dejó de ser futuro
Después algo cambió.
La provincia empezó lentamente a enamorarse de otras promesas.
Primero llegaron los grandes eventos. Después las energías renovables. Finalmente la minería apareció como nueva religión económica del poder sanjuanino. El cobre comenzó a ocupar el lugar que décadas atrás había ocupado el vino; la narrativa del futuro.
Y cuando una actividad deja de ser proyecto estratégico, el Estado empieza a tratarla como problema administrativo.
Eso fue exactamente lo que ocurrió con gran parte de la vitivinicultura.
Mientras los discursos oficiales hablaban de diversificación productiva, muchos productores comenzaron a sostener sus fincas más por memoria familiar que por rentabilidad real.
En una finca de Caucete, hace algunos años, un productor resumía la crisis con una frase brutalmente simple mientras miraba una hilera de parrales secos:
—El vino ya no se trabaja para crecer. Se trabaja para no abandonar.
Tal vez ahí empieza a entenderse mejor la dimensión del problema.
La crisis vitivinícola sanjuanina no es solamente económica.
Es emocional.
Cultural.
Generacional.
Porque detrás de cada hectárea perdida hay familias enteras intentando decidir si todavía vale la pena continuar una tradición que cada año parece más cara y más incierta.
Viticultura 360 o el arte de girar en círculo
Y entonces apareció “Viticultura 360”.
El nombre parece diseñado por una consultora especializada en fabricar modernidad verbal. Pero detrás del marketing conceptual reaparece algo mucho más viejo.
Otra ronda de diagnósticos.
Otra secuencia de mesas técnicas.
Otra cadena de exposiciones sobre problemas largamente conocidos.
La pregunta inevitable aparece sola.
¿De verdad San Juan necesitaba volver a estudiar una crisis que lleva más de veinte años documentada?
Porque el problema ya no parece ser la falta de información.
Parece la incapacidad de leer lo que ya fue escrito.
Los informes existían.
Las advertencias existían.
Los planes estratégicos existían.
Lo que empieza a faltar ahora es dirigencia capaz de comprender la magnitud estructural del deterioro.
Y quizá el drama más profundo ni siquiera esté en los gobiernos.
También está dentro del propio sector.
Todos hablan de cooperación. Todos reconocen que solos no van a sobrevivir. Pero cuando llega el momento de construir integración real aparecen la desconfianza, el miedo y la lógica defensiva de supervivencia individual.
La vitivinicultura sanjuanina terminó atrapada entre dos fragilidades simultáneas.
La dificultad privada para construir sinergia.
Y la incapacidad estatal para sostener políticas de largo plazo.
Mucha escena, poca transformación
Más de dos años le tomó al gobierno de Marcelo Orrego admitir públicamente la profundidad de una crisis vitivinícola que San Juan venía estudiando desde comienzos de los años dos mil.
Y resulta difícil no sospechar que ni siquiera le alcanzará el tiempo de gestión para terminar aquello que hoy presenta como “Viticultura 360”.
Porque el programa corre un riesgo evidente.
Convertirse en otro elegante dispositivo burocrático para administrar tiempo político mientras la crisis continúa avanzando.
La sensación que transmite el gobierno actual muchas veces no es la de una administración que transforma, sino la de una gestión obsesionada con construir escenografía.
Mucha fotografía institucional.
Mucho evento.
Mucho viaje.
Mucho anuncio.
Mucha narrativa de modernización.
Pero poca profundidad estratégica.
Mientras tanto, el verdadero centro gravitacional del poder parece desplazarse hacia la minería como solución total de futuro.
Y ahí aparece la contradicción más incómoda de todas.
Cuanto más se instala al cobre como salvación económica, más evidente se vuelve que la vitivinicultura ha dejado de ocupar el corazón del proyecto provincial.
El problema no es impulsar minería.
El problema es hacerlo mientras el vino empieza a administrarse como una actividad condenada a sobrevivir apenas por costumbre cultural.
La política del diagnóstico eterno
Quizá dentro de algunos meses algún funcionario vuelva a repetir la frase clásica que identifica esta gestión:
“Nos dejaron una provincia en crisis”.
Y probablemente algo de verdad exista en eso.
Pero el vino sanjuanino ya había sido diagnosticado mucho antes de que este gobierno llegara al poder.
La diferencia es que antes, al menos, existía voluntad política de estudiar el problema.
Hoy empieza a percibirse algo más inquietante.
La incapacidad de comprenderlo.
Y quizá esa sea la verdadera tragedia contemporánea de San Juan.
No que la provincia ignore sus problemas.
Sino que incluso en tiempos que el propio poder define como críticos prefiera gastar recursos públicos en volver a diagnosticar lo que ya estaba escrito, como si repetir estudios resultara políticamente más sencillo que asumir el costo real de transformar la estructura productiva.
Porque llega un momento en que los diagnósticos dejan de parecer planificación.
Y empiezan a parecer epitafios técnicos cuidadosamente redactados para actividades que la política ya decidió dejar atrás.













