San Juan frente al espejo de la uva

May 15, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Viticultura 360, el vino que ya no alcanza y la provincia que todavía debate diagnósticos.

A veces da la impresión de que la burocracia argentina no combate los incendios productivos; los documenta cuidadosamente mientras todavía arden.

La vitivinicultura sanjuanina conoce bien esa liturgia. Cada tanto aparecen nuevas palabras institucionales —“articulación”, “plan estratégico”, “mesa participativa”, “hoja de ruta”— pronunciadas con la solemnidad de quien acaba de descubrir la gravedad. Entonces aparecen los talleres, las mesas técnicas y exposiciones impecables, construidas con más inteligencia artificial que coraje político, mientras el café institucional se sirve caliente y puntual en los auditorios, y a fuera, bajo el sol seco de San Juan, el productor vuelve a mirar el precio del gasoil con la resignación de quien ya conoce el final de la historia.

Así desembarcó “Viticultura 360”.

El programa del Ministerio de Producción pretende construir un diagnóstico integral sobre el presente y el futuro del sector vitivinícola sanjuanino. Técnicamente, la idea no es absurda. Sería incluso irresponsable negar que una actividad compleja necesita planificación, inteligencia comercial y coordinación entre Estado y privados. Chile lo hace. Australia también. España vive midiendo mercados, hábitos de consumo y tendencias globales.

El problema no es diagnosticar.

El problema aparece cuando el diagnóstico llega después de quince años de deterioro estructural y se presenta como si acabara de descubrirse un continente perdido.

Porque la vitivinicultura sanjuanina no atraviesa una mala temporada.

Atravesó un cambio de época.

Y eso modifica todo.

Durante décadas, buena parte de la política argentina confundió identidad con sustentabilidad económica. La uva era tradición. La vendimia era cultura. El vino era patria embotellada. Y bajo ese relato emocional se escondió una realidad bastante menos poética; producir cada vez costaba más y rendía menos.

La memoria sirve para escribir canciones.

No necesariamente balances.

San Juan construyó históricamente una vitivinicultura distinta a la mendocina. Mucho más industrial. Mucho más dependiente del mosto, del vino a granel, de la pasa de uva y de los mercados de volumen. Mientras Mendoza consolidaba una narrativa premium exportable, la provincia terminó atrapada en segmentos donde el precio internacional se define por centavos y donde cualquier variación logística puede destruir rentabilidad completa.

Ese esquema funcionó mientras el mercado mundial todavía premiaba volumen antes que diferenciación.

Pero el consumidor cambió.

Y el mercado también.

Hoy el negocio global del vino crece menos en volumen y más en valor agregado. Suben los productos premium con trazabilidad territorial, los vinos desalcoholizados, las bebidas funcionales, los nichos identitarios y las estrategias digitales agresivas capaces de vender experiencia además de botellas. Mientras tanto, parte de la vitivinicultura argentina todavía discute compensaciones para sobrevivir a costos energéticos imposibles, presión impositiva asfixiante y un consumo interno que lleva años cayendo.

Ahí aparece la verdadera tragedia del sector.

No la falta de pasión.

La pérdida progresiva de competitividad.

Y esa pérdida no puede explicarse únicamente desde San Juan.

Porque sería intelectualmente cómodo culpar solamente al gobierno provincial mientras el problema argentino es muchísimo más profundo. Tipo de cambio atrasado, presión tributaria, costos financieros, litigios laborales, inflación crónica, logística cara, apertura desigual de mercados y una economía incapaz de generar previsibilidad forman parte del mismo paisaje.

La provincia no creó sola la crisis.

Pero tampoco parece haber encontrado todavía cómo enfrentarse seriamente a ella.

Entonces “Viticultura 360” queda atrapado en una tensión incómoda.

Por un lado, el programa reconoce algo importante: no existe “el sector vitivinícola” como un bloque homogéneo. No vive igual el productor de uva común que una bodega exportadora. No enfrenta los mismos riesgos quien produce mosto que quien intenta desarrollar turismo enológico. No tiene la misma espalda financiera una finca familiar que una empresa integrada verticalmente.

Ese diagnóstico es correcto.

Y necesario.

Pero la pregunta verdaderamente incómoda aparece después.

¿Qué parte de la vitivinicultura sanjuanina tiene viabilidad futura real?

Porque el debate dejó de ser sentimental hace tiempo.

Hoy ya no alcanza con decir que la actividad “forma parte de nuestra identidad”. También los viejos almacenes de barrio formaban parte de la identidad argentina y gran parte desapareció frente a estructuras comerciales más eficientes. La historia económica está llena de nostalgias que no lograron pagar facturas.

Y eso vuelve políticamente explosiva la discusión.

Porque hablar de reconversión significa aceptar que algunas estructuras productivas podrían no sobrevivir tal como existen hoy.

Ahí el discurso oficial empieza a ponerse incómodo.

Se habla mucho de sostenibilidad y poco de productividad; mucho de acompañamiento y poco de competitividad real; mucho de mesas participativas y bastante menos de qué decisiones concretas está dispuesto a tomar el poder político cuando los diagnósticos finalmente choquen contra la realidad.

Porque tarde o temprano alguien deberá discutir integración cooperativa seria, mecanización intensiva, reducción de costos laborales, reconversión varietal, innovación tecnológica, inserción internacional agresiva e infraestructura logística capaz de volver competitiva a la provincia fuera del discurso institucional.

Y mientras todo eso sigue demorándose, el productor continúa haciendo su propio análisis FODA sin necesidad de consultores.

Lo hace cuando llega la factura eléctrica.

Cuando compra agroquímicos dolarizados.

Cuando negocia fletes.

Cuando compra botellas y tapones.

Cuando mira el precio del cartón.

Cuando calcula jornales.

Cuando descubre que producir más no necesariamente significa ganar más.

Ahí no hacen falta talleres.

Hace falta rentabilidad.

Y quizás por eso el problema más serio de “Viticultura 360” no sea su existencia.

Sino el momento en que aparece.

Porque en San Juan la sensación de agotamiento ya no es teórica. Se percibe en las fincas abandonadas, en la concentración silenciosa del mercado, en los pequeños productores que desaparecen sin hacer ruido y en una provincia que todavía parece discutir si la crisis es coyuntural justo cuando el mundo ya cambió completamente las reglas del negocio.

Tal vez por eso el programa genera tanta desconfianza.

No porque pensar esté mal.

Sino porque el sector lleva demasiados años viendo cómo el Estado perfecciona una habilidad extraordinaria: convertir el diagnóstico en industria permanente.

Siempre hay presupuesto para debatir los problemas.

Nunca parece alcanzar para resolverlos.

Y mientras los auditorios siguen encendiéndose y las mesas técnicas continúan redactando hojas de ruta hacia alguna promesa futura, el viñatero sanjuanino sigue esperando algo bastante menos discursivo que otro diagnóstico elegante.

Que producir vuelva, simplemente, a tener sentido.

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