Manual del militante perfecto, el arte de celebrar sin producir

Abr 30, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Feliz primero de mayo, en esta liturgia donde la épica sustituye al esfuerzo, el aplauso al resultado y la militancia convierte la falta de producción en una virtud administrada.

Hay fechas que no se celebran, se administran. El primero de mayo es una de ellas. Una liturgia que se repite con la prolijidad de un expediente bien foliado, aunque nadie recuerde ya el origen del trámite. Se invoca al trabajador como se invocan las palabras solemnes, con la voz firme y el contenido difuso. Pero no hablamos de cualquiera. No del que vuelve con la espalda vencida ni del que hace cuentas con la ansiedad de quien sabe que no cierran. Hablamos del otro, del trabajador militante, esa figura que no produce bienes sino sentido, y cuyo principal activo no es el esfuerzo sino la adhesión.

El trabajador militante no es un sujeto, es un dispositivo. Funciona mejor cuanto menos se lo interroga. Se desplaza con naturalidad entre oficinas, pasillos, actos, fotografías. No mide su jornada en horas sino en presencias. No cobra por resultados sino por permanencia. Su salario verdadero es la pertenencia, esa forma elegante de la obediencia que no se reconoce como tal. Y en ese esquema, producir se vuelve accesorio, casi una distracción frente a la tarea central, sostener el relato incluso cuando el relato ya no se sostiene.

Hay en esa persistencia una estética. Una forma de elegancia burocrática que convierte la repetición en virtud. Si el salario no alcanza, es culpa de la gestión anterior. Si el empleo no aparece, es culpa de la gestión anterior. Si la explicación se agota, la gestión anterior se expande, se vuelve abstracta, casi teológica. No importa tanto su existencia como su utilidad. Porque sin ese ancla no hay épica, y sin épica el militante se enfrenta a su mayor amenaza, la intemperie de pensar por cuenta propia.

Los vemos, porque se dejan ver. Secretarías, ministerios, asesorías. Lugares donde la realidad no se niega, se reescribe. Posan con la naturalidad de quien ha entendido que la foto es más importante que el hecho. No interpretan, ejecutan. No analizan, reproducen. No discuten, encuadran. Son la versión administrativa del eco, repiten con precisión lo que se espera de ellos, sin agregar ruido, sin introducir duda. Y cuando el guion lo permite, ese tránsito silencioso encuentra recompensa en un cargo político, que no llega como resultado de una obra, sino como continuidad de una lealtad bien administrada, donde la capacidad es un adorno y el profesionalismo, un souvenir.

El primero de mayo se vuelve entonces un escenario. No un espacio de memoria sino de representación. Banderas que ordenan el paisaje, consignas que ordenan el discurso, discursos que ordenan la emoción. Y en el centro, el trabajador militante, cumpliendo su papel con disciplina. Aplaude en el momento exacto, se indigna con la intensidad justa, sonríe cuando la escena lo requiere. No porque lo sienta, sino porque lo comprende. O mejor dicho, porque entiende que no es necesario sentirlo.

Podría pensarse en una forma de heroísmo. Pero el heroísmo exige riesgo, y aquí el riesgo ha sido cuidadosamente eliminado del sistema. El trabajador militante no confronta al poder, lo interpreta. No lo cuestiona, lo traduce. No lo enfrenta, lo sostiene. Es la garantía simbólica de que todo sigue funcionando, incluso cuando nada funciona del todo.

Jorge Luis Borges habría disfrutado este mecanismo. No por su eficacia, sino por su forma. Un laberinto sin centro donde cada idea conduce a otra idéntica. Una biblioteca donde todos los libros dicen lo mismo con palabras distintas. ¿En qué momento el trabajador se convirtió en signo? ¿Cuándo el derecho pasó a ser consigna? ¿En qué punto la dignidad fue reemplazada por una sonrisa bien ubicada en una fotografía oficial?

No hay respuestas concluyentes, y tal vez ahí radica su eficacia. El trabajador militante cree, y esa creencia le alcanza. Le permite atravesar la incomodidad de lo real con la serenidad de quien ya eligió no discutirlo. Le da sentido a lo que, visto sin filtros, exigiría una respuesta distinta.

La paradoja es visible incluso para quien no quiera verla. Mientras más se celebra al militante, menos se nombra al trabajador. El que no marcha porque trabaja. El que no aplaude porque está cansado. El que no milita porque no puede. Ese queda fuera del encuadre, como si no perteneciera a la escena que, en teoría, debería representarlo.

El primero de mayo podría ser otra cosa. Un balance, una pausa, una pregunta incómoda. Pero ha elegido ser un ritual. Un espacio donde la representación sustituye al conflicto, donde el aplauso reemplaza al reclamo, donde la presencia vale más que el resultado. Y en esa lógica, celebrar sin producir deja de ser una contradicción para convertirse en un método.

El ritual continúa. Se perfecciona. Se pule. Se repite. Como si en esa repetición hubiera una verdad que todavía no queremos formular. O peor, que ya formulamos y decidimos no decir en voz alta.

Porque admitirla implicaría aceptar que el homenaje ha cambiado de objeto. Que ya no se celebra el trabajo. Se celebra la obediencia.

Y eso, aunque se disfrace de fiesta, nunca fue una conquista.

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