Tratado breve sobre la docencia y la resistencia

Mar 18, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica de un profesor sanjuanino que no gritaba, no porque no tuviera voz, sino porque había aprendido a no regalarla.

Filosofía con guardapolvo y polvo de tiza

Hay un instante —mínimo, casi invisible— en el que una sala de profesores deja de ser un lugar y se convierte en un síntoma. Ocurre cuando el mate gira más rápido que las ideas, cuando la queja reemplaza al argumento y cuando la indignación —esa emoción tan noble como manipulable— empieza a organizar el día.

Fue ahí, en ese punto exacto donde el pensamiento suele rendirse por cansancio, donde apareció Ramón.

No llegó. Siempre había estado.

Solo que nadie lo había leído.

Ramón no pulía lentes como aquel filósofo de Ámsterdam; pulía cuadernos, tachaba con precisión minuciosa, corregía no solo errores sino formas de mirar. Su oficio no era enseñar contenidos —eso sería demasiado sencillo— sino intentar una tarea más ingrata: ordenar el caos sin domesticarlo.

Tenía algo incómodo: no reaccionaba.

En una provincia donde todo empuja —los precios, las urgencias, los discursos, las promesas con vencimiento corto— Ramón había elegido una lentitud sospechosa. Pensaba antes de hablar. Y eso, en ciertos contextos, no es una virtud: es una amenaza.

La paritaria llegó como llegan las cosas diseñadas para no ser entendidas: fragmentada, dispersa, cuidadosamente incompleta. Un porcentaje que sube, otro que se disimula, códigos que se inflan y otros que envejecen sin aviso —que, por cierto, corren siempre detrás de la inflación.

La sala se llenó de ruido.

No de debate: de reacción.

—Es una burla.

—Es lo que hay.

—Peor es nada.

—Pensamos en los que menos ganan.

—Siempre lo mismo.

Frases cortas. Conclusiones rápidas. Pensamientos ya pensados.

Ramón no intervino.

Observó.

No el contenido, sino la coreografía.

Porque había comprendido algo que no se enseña en ningún estatuto: cuando todos reaccionan al mismo tiempo, alguien está dirigiendo la escena.

—No nos están dando un aumento —dijo, al fin—. Nos están administrando.

El silencio no fue desacuerdo. Fue incomodidad.

Ramón no levantaba la voz. No hacía falta. Había en su forma de hablar una precisión que desarmaba más que cualquier grito. Como si cada palabra hubiera sido pensada no para convencer, sino para sostenerse.

Nos fragmentan el salario como nos fragmentan el pensamiento. Y después creen que vamos a defender lo que no logramos ni siquiera entender.

Nadie respondió. Porque en esa frase había algo peor que una crítica: había una explicación.

Spinoza hablaba de pasiones activas y pasiones pasivas. Ramón no citaba, pero traducía.

—Cuando actuamos porque entendemos, somos libres. Cuando reaccionamos porque nos empujan, somos útiles.

La diferencia —mínima, casi imperceptible— es también abismal.

Porque en esa grieta se decide todo: el voto, la protesta, el silencio.

Había quienes lo consideraban tibio. Otros, demasiado racional. Algunos, directamente incómodo. En tiempos donde la pertenencia se mide por el volumen, Ramón parecía desentonar.

No marchaba con entusiasmo coreográfico.

No repetía consignas con fe automática.

No confundía movimiento con dirección.

Pero tampoco se retiraba.

Persistía.

Y en esa persistencia —callada, casi obstinada— había algo más político que cualquier asamblea.

Una tarde, entre mates lavados y noticias repetidas, alguien le preguntó por qué no elegía un bando, por qué no se definía, por qué no se “jugaba”.

Ramón apoyó la tiza como quien cierra un argumento que aún no empezó.

—Elegir sin entender es obedecer con entusiasmo.

La frase quedó suspendida, como quedan las cosas que no encuentran lugar inmediato donde acomodarse.

A Spinoza lo expulsaron. A Ramón no hizo falta.

El sistema —más elegante, más moderno— ya no necesita decretos: alcanza con el desinterés, con el murmullo, con esa forma lenta de aislar que se disfraza de convivencia.

Pero Ramón seguía.

Dando clases.

Haciendo preguntas.

Interrumpiendo certezas.

Como si en cada aula intentara una pequeña herejía: que alguien piense por cuenta propia.

Hay algo profundamente subversivo en entender. Porque quien entiende deja de ser predecible. Y quien deja de ser predecible deja de ser funcional.

Por eso, quizá, la filosofía nunca fue bienvenida del todo en los sistemas que necesitan orden sin preguntas.

Ramón lo sabía.

No lo decía.

Lo ejercía.

Una mañana —como tantas, como todas— escribió en el pizarrón una frase sin autor. No por olvido, sino por estrategia:

“La libertad no es elegir. Es comprender.”

Nadie aplaudió. Nadie discutió. Pero algo —mínimo, imperceptible— se desplazó.

Tal vez una duda.

Tal vez una sospecha.

Tal vez el inicio de algo que todavía no tiene nombre.

Porque, al final —y esto es lo que incomoda—, la docencia no es solo una profesión. Es un campo de disputa invisible donde se decide si el pensamiento será una herramienta… o un trámite.

Ramón eligió lo primero.

Sin épica.

Sin reconocimiento.

Sin garantías.

Como quien entiende que hay batallas que no se ganan, pero que igual hay que dar. Y entonces —inevitable, circular, como todo lo que vuelve— la pregunta ya no es qué porcentaje se consiguió, ni qué gremio habló más fuerte, ni qué gobierno calculó mejor.

La pregunta es otra.

Si alguna vez —en medio de este ruido perfectamente organizado— vamos a aprender a pensar… antes de volver a obedecer.

Artículos relacionados

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...

Los caminos de un periodista

Los caminos de un periodista

Mientras leía por segunda vez Clases de literatura, hubo un pasaje que dejó de hablarme de escritores para empezar a hablarme de periodistas. No cambió el texto. Cambió el lector. Tal vez porque, después de tantos años recorriendo archivos, expedientes y silencios,...