En San Juan, las marchas ya no irrumpen: se representan. Dirigentes investidos de certezas medievales, consignas eternas y una épica cuidadosamente reciclada vuelven a desfilar por el centro, donde el drama político convive —sin sobresaltos— con la rutina y, sobre todo, con la aritmética.
En la muy leal y siempre polvorienta ciudad, donde el sol cae con el peso específico de un decreto real y las veredas conservan la memoria de pasos ilustres y promesas recicladas, la jornada amaneció con esa solemnidad que sólo precede a los grandes acontecimientos: una marcha contra la reforma laboral. No una cualquiera, desde luego, sino una de esas procesiones cívicas en las que el presente se declara en crisis terminal y el porvenir es convocado a juicio sumarísimo, con testigos, fiscales y verdugos retóricos.
Desde temprano, los balcones —viejos aristócratas de hierro fatigado— se poblaron de observadores. Las persianas, tímidas plebeyas, se alzaron apenas lo suficiente para no comprometerse demasiado con la historia. Porque en esta comarca, cada movilización es a la vez drama y costumbre, tragedia y rutina, como si la política argentina, más que discutir normas, necesitara narrarse a sí misma en clave de catástrofe.
Avanzaba la columna con dignidad ceremonial. Al frente, Su Señoría Don Eduardo Cabello (CGT), Gran Condestable de las Paritarias Perpetuas y Custodio Vitalicio de las Consignas Inmutables, cabalgaba —metafóricamente, aunque con idéntica pompa— sobre un océano de bombos. Su voz, entrenada en mil asambleas y otras tantas advertencias sobre el inminente derrumbe del orden social, descendió sobre la multitud:
—Dejemos de traspasar riquezas a los que más tienen.
La frase, pergamino venerable del repertorio nacional, fue recibida con devoción litúrgica. Nadie osó interrogar la mecánica exacta de tan misteriosa transferencia, pues existen fórmulas que, como los dogmas medievales, viven más allá de toda verificación empírica. En política, la repetición no es defecto: es tradición.
No lejos de allí marchaba Su Excelencia Doña Patricia Quiroga (UDAP), Marquesa de las Aulas Resistentes y Guardiana del No Irrevocable. Su convicción, firme como muralla de castillo feudal, encontró destino inevitable en los micrófonos:
—No lo vamos a aceptar.
La sentencia quedó suspendida en el aire con la densidad de las verdades indiscutibles. ¿Qué no sería aceptado? ¿Con qué instrumentos? ¿Bajo qué plazos? Preguntas innecesarias en el ceremonial. La función de la frase no era explicar, sino tranquilizar, virtud cardinal de todo liderazgo retórico.
La procesión avanzaba entre pancartas y una épica cuidadosamente desempolvada. Entonces emergió, con la prestancia de los nombres que jamás abandonan del todo el escenario, alguna vez gobernador y siempre protagonista de la memoria pública, Su Alteza Don José Luis Gioja, Duque de las Memorias Inagotables y Regente Honorario del Veredicto Anticipado. Con economía verbal y eficacia teatral, dictaminó:
—Es una estafa.
La multitud asintió con naturalidad. En la ciudad, la palabra estafa ha dejado de ser categoría jurídica para convertirse en estado del ánimo colectivo. Todo puede ser estafa si la indignación se pronuncia con la entonación adecuada. La precisión es secundaria; el impacto, esencial.
Cerrando el cuadro, con el fervor de los heraldos más vehementes, irrumpió Su Ilustrísima Don José “Pepe” Villa (UPCN), Barón del Hipérbole Ilimitado y Defensor del Antiguo Régimen Indemnizatorio. Su discurso, encendido como antorcha inquisitorial, denunció fondos “inventados” y regresiones históricas con admirable plasticidad cronológica:
—Quieren volver al 1890, donde había cuatro perros ricos y el resto, una miseria espantosa.
El año flotó sobre la plaza como una aparición espectral. En estas tierras, el pasado no es recuerdo, sino herramienta retórica de uso intensivo. Cada reforma contemporánea parece conspirar para resucitar calamidades victorianas, injusticias arcaicas y aristocracias invisibles.
Y fue entonces —aunque nadie lo advirtió de inmediato— cuando la ciudad, criatura silenciosa y paciente, manifestó su propia fatiga. Las estatuas, veteranas de incontables jornadas idénticas, se inclinaron apenas perceptibles. No por adhesión ni rechazo, sino por cansancio. Llevaban demasiadas décadas escuchando los mismos finales del mundo anunciados con impecable regularidad, las mismas catástrofes definitivas que, por alguna curiosa razón, jamás terminaban de consumarse.
Un niño, único testigo incorruptible de la escena, creyó ver cómo una farola murmuraba. Juró que el pavimento temblaba, no bajo el peso de la multitud, sino por una risa subterránea, antiquísima. Porque la ciudad —como sucede en los discretos dominios del realismo mágico— había aprendido a distinguir entre el acontecimiento y la costumbre, entre la tragedia auténtica y su representación periódica.
Nada de esto disminuye la nobleza del derecho a protestar, piedra angular de cualquier república tolerable. Pero hay algo deliciosamente irónico en la liturgia del discurso público: esa inclinación a investir cada debate de tragedia histórica, cada discrepancia de cataclismo civilizatorio, cada reforma de hecatombe moral.
Al caer la tarde, cuando el calor se retiró con la discreción de un cortesano prudente, la plaza recuperó su calma. Las consignas se disiparon, los bombos callaron y las estatuas recobraron su inmovilidad diplomática. En algún despacho, lejos del teatro urbano, la reforma continuaría su curso técnico, poblada de artículos e incisos, ese territorio árido donde las palabras no son metáforas, sino consecuencias.
Y cuando todo parecía diluirse en la rutina habitual, ocurrió la escena más extraordinaria y, paradójicamente, la más verosímil. En una esquina discreta, casi invisible para la épica, un contador prolijo, con la serenidad de los hombres que creen en la aritmética más que en los discursos, pasaba lista. Con gesto meticuloso y paciencia burocrática, pagaba a cada participante según escala rigurosa: el que grita, el que llora, el que tiene el bombo, el que lleva pancartas. Nadie discutía, nadie se sorprendía.
La contabilidad, después de todo, siempre fue la forma más terrenal —y acaso más sincera— del orden.
Al final, la reforma laboral —ese objeto incómodo y excesivamente técnico— resultaba casi irrelevante.
Probablemente nadie la leyó. Seguramente pocos la entendieron. Pero nada de eso importaba demasiado. Lo verdaderamente importante, como siempre, era estar en la foto.














