El micrófono como dogma

Feb 4, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Cultura, subsidio y la impostura del escenario

Cuando la cultura se invoca sin ser pensada, el micrófono deja de ser instrumento artístico y se convierte en dogma. El problema no es que los artistas opinen, sino que hablen de cultura sin conocer siquiera su concepto.

Hay escenas que se repiten en la Argentina con una precisión casi mecánica. Cambia el gobierno, se modifica el clima político, se renueva el antagonista. Pero el micrófono permanece en las mismas manos. Desde allí se habla de cultura, de sensibilidad social, de violencia simbólica, de odio y de división. Se habla como si la cultura fuera un bloque homogéneo, una conciencia única y naturalmente enfrentada al poder de turno. Y se habla, sobre todo, como si la historia comenzara cada vez que se enciende un escenario.

Ese es el primer error.

El segundo es más grave: hablar de cultura sin saber qué es la cultura.

Porque el problema no es que los artistas opinen. Todo ciudadano tiene derecho a hacerlo. El problema aparece cuando esa opinión se presenta como pensamiento cultural, cuando se habla “en nombre de la cultura” sin haber atravesado nunca su definición histórica, antropológica o política. Allí el discurso deja de ser crítico y pasa a ser performático: no busca comprender, busca impactar.

Nombrar sin comprender

La palabra cultura se pronuncia con ligereza, como si fuera un sinónimo de sensibilidad, emoción o buena intención. En boca de muchos artistas militantes, cultura es apenas un gesto moral, una reacción estética frente al conflicto político del momento. Pero la cultura —en sentido riguroso— es otra cosa: es un sistema de valores, prácticas, lenguajes, saberes y disputas que se construye en el tiempo, muchas veces en tensión con el poder y otras tantas dentro de él.

Hablar de cultura sin conocer su concepto es vaciarla de densidad histórica. Es confundir expresión artística con pensamiento cultural. No todo el que canta produce cultura crítica, del mismo modo que no todo el que emociona comprende los procesos sociales que invoca.

Cuando se dice “la cultura responde”, en realidad suele responder una fracción del espectáculo, no la cultura en su complejidad. La cultura no responde en bloque: discute, se contradice, se fragmenta, a veces calla. Y ese silencio, muchas veces, dice más que cualquier consigna.

De la incomodidad al confort

Históricamente, la cultura no fue un lugar cómodo. Pensar nunca fue un acto multitudinario. Desde los ilustrados europeos hasta los grandes ensayistas latinoamericanos del siglo XX, el pensamiento crítico fue una tarea incómoda, solitaria y frecuentemente impopular. El intelectual no hablaba para confirmar a su platea; hablaba para incomodarla, incluso cuando eso implicaba quedar aislado.

El artista militante de escenario invierte esa lógica. Habla desde la comodidad del aplauso, protegido por la fama, convencido de que la llegada masiva sustituye al argumento. El micrófono amplifica, pero no explica. Y explicar exige algo más que sensibilidad: exige formación, memoria histórica, rigor conceptual y una cualidad cada vez más escasa en el debate público: la duda.

En nombre de la cultura se repiten frases morales impecables —nadie está a favor del odio, nadie defiende la miseria—, pero esas frases no analizan procesos, no revisan responsabilidades, no interrogan causas estructurales. Funcionan como afiches emocionales: tranquilizan, pero no iluminan.

La cultura como aparato

Este fenómeno no puede separarse de un dato histórico central: la relación estrecha entre el Estado y el aparato cultural durante las últimas décadas, particularmente bajo gobiernos de signo populista. Festivales, recitales, celebraciones oficiales y actos financiados con fondos públicos se multiplicaron. La cultura fue incorporada como liturgia emotiva del poder, como estética legitimante, como banda sonora del relato.

Nada ilegal. Todo contractual. Pero profundamente político.

Numerosos artistas consagrados participaron de ese circuito. Algunos convencidos, otros por oportunidad, otros por inercia. Figuras visibles del folclore y del rock nacional ocuparon un lugar central en grillas oficiales durante los años del kirchnerismo.

No es acusación. Es memoria administrativa.

Memoria selectiva y ética flexible

El problema no es haber cobrado del Estado. El problema es hablar luego como si se estuviera fuera del sistema, como si la palabra surgiera desde una pureza ajena al poder. La cultura que cobra del Estado y luego se presenta como resistencia no resiste: readecua su discurso según el signo político del momento.

La indignación cultural suele activarse según quién gobierne, no según cómo se gobierne. La grieta no nació con Javier Milei, como tampoco fue una anomalía exclusiva del kirchnerismo de Cristina Fernández de Kirchner. Es una herramienta estructural del poder contemporáneo.

Pero la memoria cultural se vuelve frágil cuando el contrato fue cómodo.

El monopolio simbólico

A esto se suma la apropiación del término cultura como patente moral. Se habla “en nombre de la cultura” como si el artista fuera su representante natural. Pero la cultura no es un escenario ni una grilla de festivales. Cultura es el docente precarizado, el investigador sin subsidios, el escritor sin editorial, el bibliotecario olvidado, el técnico invisible, el lector crítico.

Reducirla a la voz del famoso es empobrecerla y convertirla en marca ideológica. Cuando el artista se erige como vocero total de la cultura, deja de pensarla y empieza a administrarla simbólicamente. El micrófono deja de ser herramienta y se convierte en dogma.

Cultura o subsidio

Aquí aparece la pregunta inevitable: cuando se exige “defender la cultura”, ¿se habla de pensamiento crítico o de modelo de financiamiento? ¿De diversidad cultural o de dependencia presupuestaria?

Cultura y subsidio no son sinónimos. Confundirlos degrada a ambas. Porque la cultura que solo existe cuando hay presupuesto deja de ser cultura y pasa a ser costumbre estatal.

Abajo el telón

Y así termina la función.

Las luces se apagan, el público aplaude, el micrófono se enfría. La cultura —esa palabra invocada sin definición— vuelve a su estado habitual: eslogan útil, comodín moral, coartada elegante.

El problema no fue nunca que el artista opine.

El problema es cuando opina sin saber qué nombra, cuando confunde cultura con sensibilidad, pensamiento con emoción y crítica con consigna. Cuando cree que cantar lo habilita a explicar la sociedad y que la fama reemplaza al concepto.

Durante años hubo escenarios financiados, contratos generosos y aplausos oficiales. Hoy hay indignación, épica discursiva y reclamos urgentes. El decorado cambia, el guion se adapta, pero los actores suelen ser los mismos. La cultura se invoca, el subsidio se presupone y la memoria se guarda en el camarín.

Nada ilegal. Todo comprensible.

Pero no todo es pensamiento.

La verdadera cultura no necesita micrófono ni ovación. No depende del presupuesto ni del clima político. No grita consignas: piensa incluso cuando incomoda. Y, sobre todo, no se disfraza de resistencia cuando ayer fue escenografía.

Se cierra el telón.

Quedan las butacas vacías, el eco del aplauso y una pregunta flotando en la sala:

¿Fue cultura…o solo otra función bien ensayada?

Que decida el lector.

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