Entre precios atrasados, pagos diferidos y decisiones que nunca llegan, la vendimia 2026 expone dos modelos vitivinícolas opuestos: San Juan, atrapada en el volumen y la resignación, y Mendoza, que aun en crisis negocia poder, precio y estrategia, mientras el productor sanjuanino vuelve a quedar solo.
Este texto nace de dos escenas distintas pero complementarias.
De la lectura atenta de un artículo reciente en el que Juan José Ramos, presidente de la Asociación de Viñateros Independientes de San Juan, expone con crudeza el estado de la vitivinicultura local en el inicio de la vendimia. Y de una conversación larga, casi de sobremesa, con un bodeguero mendocino, de esos que hablan sin micrófono y sin consigna, cuando el negocio ya fue hecho y lo que queda es la verdad.
Entre una nota periodística y una charla sin grabador se arma el mapa real del sector: números, sí, pero también silencios; precios, pero sobre todo poder; volumen, pero poca estrategia. San Juan hablando desde la urgencia. Mendoza, aun en crisis, hablando desde la política.
A partir de ese cruce —la advertencia pública del viñatero sanjuanino y la mirada privada del bodeguero mendocino— surge esta crítica, que no busca romantizar la vendimia ni repetir el parte de daños, sino preguntarse por qué dos provincias con la misma vid juegan partidos tan distintos.
San Juan: producir mucho, cobrar poco, esperar siempre
La vendimia 2026 arranca en San Juan con uvas ya en movimiento y con productores exhaustos antes de empezar. Los precios no sorprenden a nadie porque hace años que dejaron de moverse. Lo que sorprende, si algo sorprende, es la resignación con la que se los acepta.
La uva de mesa, escasa y selecta, se paga bien. Es la excepción que confirma la regla. La pasa, con precios entre el equilibrio y la supervivencia, sostiene divisas, pero no proyectos. Y el vino —el corazón histórico de la vitivinicultura— languidece con valores congelados, pagos diferidos y bodegas que compran hoy para pagar mañana, cuando el productor ya hipotecó el futuro.
Doscientos pesos por kilo de uva vinificable, con pagos a seis u ocho meses, no es un problema de mercado. Es un problema de poder. Nadie que pueda negociar acepta cobrar tarde y mal. Solo lo hace quien no tiene alternativa.
San Juan produce volumen. Mucho volumen.
Pero el volumen sin estrategia es apenas desgaste.
El espejismo del “aguantar un año más”
El discurso se repite cada vendimia como un mantra cansado: aguantemos, el año que viene mejora.
Pero los números no acompañan la fe.
Los costos suben. El tipo de cambio atrasa. El consumo interno cae. El mercado externo exige precio y calidad. Y, en el medio, el productor queda atrapado en una ecuación imposible: producir más para ganar menos.
La liberación anticipada del vino, mencionada casi al pasar en el artículo de Ramos, fue un error grave. En un mercado saturado, liberar sin inteligencia comercial no es libertad: es entrega. Se liberó sin haber construido marca, sin haber defendido precios, sin haber ordenado stocks.
El resultado está a la vista: excedentes, precios deprimidos y una cadena que funciona a costa del eslabón más débil.
La pasa: el salvavidas que flota, pero no avanza
San Juan encuentra en la pasa su principal fuente de divisas. Exporta más pasas que vino. En dólares, el negocio parece sólido. En rentabilidad, es apenas respiración asistida.
La pasa no construye identidad. No fija precio. No genera arraigo.
Es un buen negocio para sobrevivir, no para desarrollarse.
Convertir la excepción en modelo es un error estratégico. Ninguna región se hizo fuerte vendiendo solo commodities, sin relato ni valor agregado.
Mendoza: menos uva, más política
La conversación con el bodeguero mendocino fue reveladora no por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. No hablaba desde la queja, sino desde la negociación. No desde la urgencia, sino desde la estrategia.
Mendoza tiene problemas similares a San Juan, pero no juega el mismo juego.
Construyó marca. Defendió denominaciones. Entendió que el vino no se vende solo por litros, sino por historia. Y, sobre todo, construyó poder político vitivinícola.
El INV, con todas sus limitaciones, fue utilizado históricamente como herramienta de regulación. En San Juan, en cambio, muchas veces se lo despreció como obstáculo, cuando en realidad podía haber sido un instrumento de negociación.
Mendoza discute márgenes.
San Juan discute continuidad.
Dos provincias, una misma vid, destinos distintos
No es una cuestión de clima ni de suelo.
Es una cuestión de decisiones.
San Juan apostó al volumen, a la diversificación hacia abajo, al “colocar lo que se pueda”. Mendoza apostó a la diferenciación, al relato, al precio.
Una produce más uva.
La otra produce más valor.
Y cuando el mercado aprieta, la diferencia se vuelve brutal.
Vendimia sin horizonte
La advertencia de Juan José Ramos es clara: muchos productores quedarán fuera del sistema. No es una frase dramática. Es una descripción anticipada de lo que ya está ocurriendo.
Sin una política vitivinícola propia, sin inteligencia comercial, sin defensa real del productor, San Juan seguirá siendo el gran proveedor silencioso del vino argentino: imprescindible para el volumen, irrelevante en el precio. Mientras tanto, el gobierno —desordenado, sin rumbo y sin lectura estratégica— mira desde la ventana, como quien observa una postal ajena. No interviene, no arbitra, no planifica. Administra la inercia mientras el sector productivo se descapitaliza vendimia tras vendimia.
La vendimia arranca. Las uvas maduran. Los secaderos se llenan.
Pero el horizonte no aparece.
Y mientras Mendoza discute cómo capturar valor, defender precios y posicionarse en el mundo,
San Juan sigue preguntándose —otra vez— cómo llegó tarde, cómo cobró mal y quién decidió no hacer nada cuando todavía había tiempo.














