Estética del poder y prioridades invertidas
Mientras la seguridad, el presupuesto, la educación y el uso de los fondos públicos quedan fuera de agenda, la conversación política y mediática en San Juan se concentra en la imagen del gobernador. Crónica sobre una provincia que discute estilos cuando debería discutir futuro.
Hay que reconocerle algo a San Juan: tiene una admirable capacidad para concentrarse en lo verdaderamente esencial. No se distrae con nimiedades como la seguridad, el presupuesto, la educación o el detalle menor de cuánto cuesta sostener una fiesta mientras la provincia hace malabares con el futuro. No. San Juan sabe priorizar. San Juan mira lo importante.
Por eso, en este 2026, el gran tema no fue el estado de las escuelas, ni el destino de los fondos públicos, ni la planificación de una provincia que dice pensar a largo plazo mientras vive de corto. El gran tema fue otro. Más profundo. Más estético. Más revelador.
El nuevo look del gobernador.
Marcelo Orrego apareció con una imagen renovada y la provincia, aliviada, respiró tranquila. Algo había cambiado. No importaba qué, pero había cambiado. Más canchero, más sobrio, con impronta propia —dijeron— como si el destino de una gestión se jugara en la simetría del corte, en la prolijidad de su barba, en la moderación del gesto frente a cámara.
La política, al fin y al cabo, también es una cuestión de vestuario.
Mientras algunos docentes siguen enseñando con vocación y sueldos que no alcanzan ni para la dignidad mínima del mes; mientras los presupuestos se estiran como chicle viejo y la seguridad se administra con discursos; mientras la planificación real se posterga para mañana, la conversación pública encontró su oasis: el espejo.
¿Coincidís o te quedás con algún look anterior?, preguntaron en redes. Y la pregunta fue respondida con entusiasmo, como si se tratara de elegir entre dos modelos de celular o dos etiquetas de vino. La democracia reducida a una encuesta de imagen. El debate político convertido en pasarela.
No importa cuánto costó la Fiesta del Sol. No importa si ese dinero pudo haberse invertido en infraestructura escolar, en prevención, en políticas de fondo. No importa si hay barrios donde la noche sigue siendo territorio de nadie. Eso es denso. Aburre. Divide. Genera preguntas incómodas.
El look, en cambio, une.
El look no exige rendición de cuentas. No pide explicaciones. No reclama números. El look se celebra, se comparte, se comenta. El look es el triunfo de la forma sobre el fondo, de la superficie sobre el conflicto, de la política convertida en catálogo.
Y la mayoría de la lámpara sanjuanina —esa que alumbra justo lo necesario para no ver demasiado— se siente cómoda ahí. Mejor hablar del peinado que del plan. Mejor opinar sobre el traje que sobre el rumbo. Mejor discutir la foto que el proyecto.
No es nuevo. La política argentina hace tiempo entendió que gobernar cansa, pero posar rinde. Que explicar desgasta, pero mostrar suma. Que administrar es ingrato, pero cambiar de imagen da sensación de movimiento, aunque el auto esté en punto muerto.
Un nuevo look siempre sugiere una nueva etapa. Aunque la etapa sea la misma de siempre, maquillada. Aunque los problemas sigan intactos, pero mejor iluminados. Aunque el guion no cambie, pero el actor se peine distinto.
En San Juan, como en tantos otros lugares, la gestión se volvió escenografía. El poder aprendió que la imagen no resuelve, pero distrae. Que no tapa agujeros, pero cubre titulares. Que no educa, pero entretiene.
Y ahí entran en escena las redes y los diarios con pauta.
En esos espacios —que deberían incomodar al poder— no se habla de presupuestos, de prioridades ni de resultados. Se habla del cambio de look. Se editorializa el saco, se celebra el corte de pelo, se aplaude la sobriedad de la barba. La imagen se convierte en noticia porque no molesta, no pide explicaciones y no pone en riesgo la pauta.
El periodismo deja de ser perro guardián y pasa a ser asesor de imagen. No controla: acompaña. No pregunta: sugiere. No investiga: encuadra. Cambia el rol incómodo por el rol rentable.
Así, el poder ya no necesita explicarse. Le alcanza con verse bien. Y una parte del periodismo —la que vive de pauta y no de credibilidad— hace su trabajo con prolijidad: pulir el espejo, bajar la luz, evitar que se noten las grietas.
Mientras tanto, las preguntas importantes esperan sentadas, como esas carpetas que nadie abre porque no suman likes, no generan clics o incomodan al anunciante.
Tal vez ese sea el verdadero signo de época: una sociedad que dejó de exigir respuestas y se conforma con estilos. Que ya no pregunta “¿qué va a hacer?” sino “¿cómo le queda?”. Que cambió el contrato social por el contrato visual.
Nuevo look, entonces. Vieja costumbre.
Porque cuando la política se mira demasiado al espejo, suele olvidarse de mirar a la gente.
Y cuando el periodismo se enamora de la pauta, deja de enamorarse de la verdad.
El día que San Juan vuelva a discutir presupuestos con la misma pasión con la que discute peinados, tal vez —solo tal vez— empiece una etapa nueva de verdad.
Hasta entonces, que nadie se sorprenda: en una provincia donde la imagen gobierna, el espejo siempre tendrá más poder que la palabra.














