Educación en el Presupuesto 2026: del recorte al reordenamiento

Dic 29, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

O cómo la universidad confundió autonomía con inmunidad y el Estado decidió empezar a hacer preguntas

Durante décadas, en la Argentina hablar de presupuesto educativo fue una liturgia. Una misa laica donde nadie preguntaba cuánto costaba el incienso, quién limpiaba el altar ni por qué el sacristán tenía chofer. La consigna era simple y moralmente irrebatible: a la educación no se la toca. Y como toda consigna que se repite sin pensamiento, terminó convirtiéndose en refugio, coartada y —en algunos casos— negocio.

El Presupuesto 2026, primer presupuesto pleno de la presidencia de Javier Milei, rompe esa liturgia. No con un martillo ideológico, como se lo acusa, sino con algo mucho más perturbador para ciertos sectores universitarios: una pregunta. ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Con qué resultados? ¿Quién controla?

Y la universidad argentina —esa institución que supo ser faro, resistencia y orgullo— reaccionó como reaccionan los cuerpos que nunca fueron auditados: con indignación moral y silencio administrativo.

El cheque en blanco como política pública

Durante años, el presupuesto universitario creció por inercia. No por planificación estratégica, no por metas verificables, no por evaluación de impacto. Creció porque así debía ser. Porque cuestionarlo era herejía. Porque todo intento de revisión se interpretaba como ataque a la educación pública, aun cuando lo que se señalaba era una licitación dudosa o una fundación paralela.

Así se construyó una zona de inmunidad presupuestaria donde convivieron:

  • Estructuras administrativas sobredimensionadas, en muchos casos más grandes que las plantas docentes.
  • Proliferación de cargos jerárquicos sin correlato académico.
  • Observatorios que no observan, institutos que no investigan y programas que sobreviven aunque nadie recuerde para qué fueron creados.
  • Presupuestos prorrogados internamente sin revisión integral.

El resultado fue un sistema que pedía más dinero con la misma naturalidad con la que evitaba explicar qué hacía con el anterior.

Cuando hoy se denuncia el “recorte”, se omite esta causal previa: el agotamiento del cheque en blanco.

Autonomía universitaria o soberanía del desorden

Uno de los puntos más incómodos —y cuidadosamente evitados— del debate es la resistencia sistemática a las auditorías. No a las simbólicas, no a las internas, no a las hechas por amigos. A las auditorías de verdad.

Durante años, amplios sectores del sistema universitario confundieron autonomía académica con impunidad administrativa. Construyeron una narrativa eficaz: auditar es atacar, controlar es intervenir, rendir cuentas es disciplinar.

En nombre de esa autonomía mal entendida se ocultaron prácticas que rozan lo grotesco: compras sobrevaluadas tan escandalosas como el café o los bidones de agua, contratados a precios que ningún bar de estación ni ninguna oficina pública justificaría. Pequeños gastos en apariencia, grandes señales en la práctica: una estructura de corrupción cotidiana que se esconde detrás de una palabra noble para evitar preguntas incómodas.

Así, la autonomía dejó de ser garantía intelectual para convertirse, en algunos casos, en escudo del desorden.

El Presupuesto 2026 no discute la libertad de cátedra, ni la investigación crítica, ni el pensamiento incómodo. Discute algo mucho más terrenal y por eso más irritante: la opacidad financiera.

Mucho presupuesto, pocos resultados explicables

La caída de partidas no ocurre en el vacío. Ocurre sobre un sistema que rara vez presentó balances consolidados accesibles al ciudadano común. Que pocas veces vinculó aumentos presupuestarios con resultados medibles. Que naturalizó gastos recurrentes sin evaluación de eficiencia.

La pregunta que el sistema evitó responder durante años es brutalmente simple:

¿Por qué, con más presupuesto histórico, los resultados académicos, científicos y de inserción social no crecieron en la misma proporción?

No es una pregunta libertaria. Es una pregunta básica. Y su sola formulación desnuda el problema.

Reordenar no es destruir: es incomodar privilegios

El reordenamiento implícito del Presupuesto 2026 no es una cruzada contra la educación, sino contra ciertas comodidades internas. Por eso duele. Por eso genera comunicados altisonantes y marchas selectivas.

Menos financiamiento automático.

Más exigencia de transparencia.

Más foco en el estudiante.

Menos tolerancia a estructuras parasitarias.

Por eso crecen partidas como alfabetización y becas, mientras se contraen fondos universitarios globales. No porque se desprecie el conocimiento, sino porque se empieza a distinguir entre educar y administrar cajas.

El conflicto no es con la universidad como idea. Es con una parte de su gestión real.

La corrupción con título universitario

Fundaciones paralelas, contrataciones opacas, tercerizaciones eternas, cargos heredados como si fueran cátedras medievales, compras infladas hasta el absurdo —desde el café hasta el agua— y cajas autónomas sin control externo. Nada de esto es marginal. Es parte de un ecosistema que se defendió durante años con consignas nobles y silencios convenientes.

Negar la corrupción universitaria no la erradica. La perfecciona.

El Presupuesto 2026 no la nombra, pero la presupone. Y actúa en consecuencia: cuando no hay rendición, hay recorte.

Educar también es decir la verdad

La educación necesita recursos. Nadie serio lo discute.

Pero también necesita verdad institucional.

El debate real no es si la educación debe ser financiada.

El debate es si puede seguir financiándose sin control, sin auditoría y sin responsabilidad pública.

El mensaje del Presupuesto 2026 es incómodo, pero claro: el Estado no se retira de la educación; se retira de financiar zonas opacas.

Si la universidad quiere recuperar centralidad presupuestaria, deberá primero recuperar credibilidad.

Porque en un país empobrecido, la falta de rendición de cuentas ya no es autonomía.

Es un lujo. Y los lujos, cuando se pagan con fondos públicos, siempre terminan pasando factura.

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