La payasada del equilibrio fiscal: Bono para calmar, fiesta para lucir y campaña para convencer

Dic 16, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Hay anuncios que no llegan solos: vienen acompañados de un tono, una escenografía y un relato cuidadosamente ensayado. El bono extraordinario de $120.000 para los empleados públicos, anunciado por el gobernador Marcelo Orrego y a pagar en enero, pertenece a esa categoría. No es solo una medida económica: es una escena política.

El discurso oficial habla de “acompañamiento”, de “responsabilidad fiscal”, de “equilibrio en el manejo de los recursos”. Palabras serias, prolijas, dichas con gesto grave. El problema no es el bono. Nadie en su sano juicio puede oponerse a un ingreso extra en un contexto inflacionario que pulveriza salarios. El problema es la comparación inevitable con el resto del gasto público real.

Porque el bono es único, excepcional y tardío. No recompone salario, no corrige la pérdida acumulada, no modifica la estructura salarial. Es un parche. Un calmante. Un gesto que se paga una vez y se evapora en semanas. Llega, además, cuando el daño ya está hecho: después de un año entero de inflación, después de las fiestas, después del gasto familiar inevitable.

Hasta ahí, el análisis sería incompleto pero honesto. La verdadera dimensión aparece cuando el Gobierno pide comprensión y prudencia salarial, mientras sostiene —sin pudor ni explicación equivalente— otros gastos mucho más voluminosos y mucho menos esenciales.

La fiesta: donde la austeridad no entra

La Fiesta Nacional del Sol se ha convertido, año tras año, en una suerte de zona liberada del control discursivo. Allí no hay relatos de ajuste ni llamados a la responsabilidad. Hay escenarios monumentales, artistas pagos en cifras que un trabajador estatal no verá en años, estructuras efímeras que duran un fin de semana y cuestan lo mismo que políticas públicas permanentes.

Para el salario hay lupa.

Para la fiesta, excepción.

El contraste es brutal: al trabajador se le explica por qué no se puede; al espectáculo se le habilita todo lo que se quiere. No se trata de discutir cultura ni identidad. Se trata de prioridades. ¿Por qué el dinero que va al sueldo siempre necesita justificación y el que va al show jamás?

La campaña: el gasto que nunca se ajusta

A la fiesta se suma otro elefante en la sala: la campaña electoral para diputados. Publicidad, actos, logística, presencia territorial, pauta, cartelería, estructuras que —aunque figuren en renglones distintos— salen del mismo ecosistema financiero que luego se invoca como “limitado” cuando se habla de salarios.

No hace falta probar ilegalidades para señalar la incoherencia. El Estado que dice no poder mejorar sueldos de manera estructural sí puede sostener campañas permanentes, visibilidad constante y despliegue político intensivo cuando se acercan las elecciones.

En ese contexto, el bono deja de ser una política salarial y pasa a leerse como lo que es: un gesto político de contención, suficiente para calmar, insuficiente para transformar.

La lógica invertida del presupuesto

El problema no es contable. Es conceptual.

En San Juan parece haberse consolidado una lógica invertida del gasto público:

  • Lo permanente (salarios) se trata como riesgo.
  • Lo efímero (fiestas y campañas) se trata como inversión.

El trabajador recibe un ingreso que dura semanas.

El evento recibe millones que duran horas, pero dejan fotos, aplausos y relato épico.

El equilibrio fiscal se invoca con solemnidad cuando se habla de sueldos, pero se suspende sin culpa cuando se habla de política y espectáculo. No es una cuestión de números: es una decisión de poder.

El bono como síntoma

El bono no es el error. Es el síntoma.

Revela una gestión que intenta sostener dos discursos incompatibles: el de la austeridad responsable y el del gasto exuberante cuando conviene simbólica o electoralmente. Mientras esa contradicción no se discuta con honestidad, cada bono será leído no como justicia salarial, sino como moneda de compensación en un sistema donde el ajuste siempre cae del mismo lado.

La payasada

La pregunta final ya no es económica. Es institucional.

¿Por qué en San Juan siempre hay plata para la fiesta, para la campaña y para el escenario, pero nunca alcanza cuando se trata de convertir el salario en una política y no en un parche?

Cuando el sueldo se administra con lupa, el espectáculo con derroche y la política con naturalidad, el equilibrio fiscal deja de ser un principio y se transforma en una puesta en escena.

Y aquí la pregunta deja de ser retórica para adquirir densidad jurídica:

¿Quién ejerce hoy el control efectivo del Fondo Minero?

¿Qué organismo audita su ejecución, con qué periodicidad y bajo qué criterios de legalidad, razonabilidad y finalidad pública?

¿Existe rendición detallada, pública y verificable de esos recursos, o se los ha naturalizado como una bolsa de disponibilidad discrecional para cubrir gastos que exceden —o directamente contradicen— su objeto legal?

¿No se ha convertido, en los hechos, en una caja paralela destinada a financiar eventos, espectáculos y decisiones políticas coyunturales —como la Fiesta del Sol— mientras se invoca austeridad, equilibrio fiscal y responsabilidad cuando se trata del salario y del trabajo?

Porque si los fondos tienen destino legal, su uso debe ser legal.

Si el control existe, debe ejercerse.

Y si nadie puede responder con precisión estas preguntas, entonces el problema ya no es económico.

Es jurídico, político y ético.

Y cuando la austeridad es selectiva, el equilibrio deja de ser fiscal.

Pasa a ser, sin rodeos, una payasada.

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