Estaba tomando café cuando apareció Mascarita.
No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando descubren que afuera la realidad se ha vuelto más interesante que la ficción.
Para quienes nunca leyeron El hablador, de Mario Vargas Llosa, conviene presentarlo antes de dejarlo caminar por esta historia. Mascarita es el apodo de Saúl Zuratas, uno de los personajes centrales de la novela, un hombre marcado por una enorme mancha en el rostro que se siente fascinado por los machiguengas, un pueblo indígena de la Amazonía peruana. Poco a poco se aleja del mundo al que pertenecía hasta terminar convertido en algo extraordinario, un hablador.
Los habladores caminan de una comunidad a otra llevando historias, noticias, recuerdos y mitos. Son una especie de memoria ambulante. Donde no existen periódicos, teléfonos ni redes sociales, alguien debe contar lo ocurrido para impedir que la distancia termine convirtiéndose en olvido.
Por eso elegí a Mascarita. Porque Javier Milei necesita uno. No para explicarle economía, sino para recordarle a Javier Milei quién era Javier Milei.
Lo imaginé caminando detrás del Presidente por Buenos Aires. No llevaba estadísticas, expedientes ni encuestas. Tampoco necesitaba archivos periodísticos. Cargaba algo bastante más incómodo para cualquier hombre que haya construido buena parte de su poder hablando demasiado. Memoria.
Milei caminaba adelante y Mascarita detrás. Uno hablaba y el otro recordaba.
Porque Milei fue hablador mucho antes de ser presidente. Habló de la casta, del Banco Central, de la dolarización, de los comunistas, de políticos a los que despreciaba, de periodistas a los que insultaba y de economistas a quienes prometía destruir intelectualmente. No dudaba. Sentenciaba. La duda parecía una debilidad reservada para los demás.
Y quizás por eso, una vez llegado al poder, comenzó a encontrarse con un adversario que jamás figuró en ninguna boleta.
Javier Milei.
El anterior.
—Hay que seguir andando —dijo Mascarita.
Y siguieron.
Primero apareció Francisco.
Aquí debo detenerme un instante porque no quisiera que el lector confundiera el ejemplo con mis convicciones. Nunca he sido católico. Para mí, el Vaticano, el cristianismo y el papado forman parte de la mentira más creída de la historia del mundo. Una construcción que atravesó siglos, coronó reyes, justificó guerras, administró culpas, prometió eternidades y consiguió algo que probablemente ningún imperio logró durante tanto tiempo, convertir la fe de millones en una formidable estructura de poder.
Pero esa es otra discusión.
Y quizás otro café.
Aquí Francisco me interesa solamente por Milei. No necesito creer en el Papa, defenderlo ni simpatizar con aquello que representa. Me alcanza con colocar al Milei de ayer frente al Milei de después. Uno lo llamó “el representante del maligno en la Tierra”. El otro terminó llamándolo “el argentino más importante de la historia”.
Mascarita escuchó las dos frases. No defendió a Francisco ni lo atacó. Simplemente hizo aquello para lo que había llegado desde las páginas de Vargas Llosa.
Recordó.
—¿Cuál de los dos Milei decía la verdad?
Milei siguió caminando. Mascarita también. Yo bebí otro sorbo de café, pensando que esa es una de las ventajas de la memoria. No necesita creer en Dios para descubrir las contradicciones de los hombres.
Más adelante apareció China. Durante la campaña, Milei había sido categórico respecto de los gobiernos comunistas. Él no negociaría políticamente con ellos. China representaba precisamente el universo ideológico que decía combatir.
Después llegó a la Presidencia y China seguía allí, con su comercio, sus inversiones, sus reservas, su peso dentro de la economía mundial y esa pésima costumbre que tiene la realidad de no desaparecer simplemente porque contradice nuestros discursos.
China terminó convertida en un socio comercial interesante.
Mascarita se acercó.
—¿Dejaron de ser comunistas?
—No.
—Entonces cambiaste vos.
—Es pragmatismo.
Mascarita sonrió.
Pragmatismo.
La palabra le pareció maravillosa. Había descubierto que en política existen palabras que funcionan como lavanderías. Uno mete una contradicción bastante sucia y unos minutos después sale convertida en estrategia.
Los escritores necesitaríamos una palabra semejante. Nos ahorraría muchas correcciones.
Siguieron caminando hasta encontrar un cartel abandonado junto al camino.
DOLARIZACIÓN.
Mascarita lo levantó y debajo apareció otro.
CERRAR EL BANCO CENTRAL.
Les quitó el polvo y miró hacia Buenos Aires. El Banco Central seguía allí. La dolarización, mientras tanto, había aprendido nuevas palabras. Competencia de monedas, dolarización endógena, libre elección monetaria, condiciones necesarias.
Los carteles seguían diciendo lo mismo.
El discurso ya no.
Mascarita miró a Milei, después al Banco Central, y guardó silencio. A veces la ironía funciona mejor cuando uno permite que la realidad termine la frase.
Continuaron y entonces apareció la casta, probablemente una de las palabras políticamente más rentables de los últimos años. La casta explicaba casi todo. Políticos profesionales, operadores, funcionarios eternos, estructuras partidarias, dirigentes que habían aprendido a sobrevivir gobiernos, ideologías, elecciones y derrotas.
Había que terminar con ellos.
El problema apareció después, porque gobernar requiere diputados, senadores, gobernadores, funcionarios, acuerdos, negociaciones y votos. Y Mascarita comenzó a reconocer dentro del nuevo paisaje algunos rostros provenientes del viejo.
—¿Esos no eran casta?
—Ahora acompañan las reformas.
—¿Y cuándo dejaron de serlo?
Milei siguió caminando. Mascarita también.
Yo pedí otro café.
Había comenzado a comprender que el problema no era que Milei cambiara de opinión. Todos cambiamos, y está bien que así sea. Cambiar frente a la evidencia puede ser una demostración de inteligencia.
Un presidente puede descubrir que China resulta necesaria, que cerrar un Banco Central es bastante más complicado que anunciarlo desde un estudio de televisión, que dolarizar una economía requiere condiciones que una campaña puede omitir y que para aprobar una ley quizás deba sentarse con personas a las que antes colocaba dentro de la casta.
Nada de eso constituye por sí mismo una traición.
El problema es otro.
Milei construyó su personaje político sobre certezas absolutas. No llegó diciendo “creo”. Llegó diciendo “sé”. No decía “puedo estar equivocado”. Los equivocados eran siempre los otros.
Dividió el mundo con una facilidad casi geométrica. Libertad o socialismo, mercado o Estado, casta o ciudadanos, Occidente o comunismo, buenos o malos.
La realidad parecía caber perfectamente dentro de dos cajas hasta que tuvo que gobernarla.
Y entonces descubrió algo que la literatura sabe desde hace siglos y la política suele aprender demasiado tarde. Los seres humanos no caben en cajas.
Los países tampoco.
Por eso traje a Mascarita desde la Amazonía de Vargas Llosa hasta esta Argentina. Ahora ya no importa si el lector leyó o no El hablador. Basta imaginar a un hombre cuya tarea consiste en caminar de pueblo en pueblo contando aquello que ocurrió para que nadie pueda borrarlo.
Eso hace Mascarita, solo que ahora camina detrás del poder.
Cuando Milei hable de China, recordará al candidato que rechazaba negociar políticamente con gobiernos comunistas. Cuando hable de competencia de monedas, levantará aquel viejo cartel de la dolarización. Cuando pase frente al Banco Central, mirará el edificio que alguna vez debía desaparecer. Cuando señale a la casta, observará primero quién está parado a su lado.
Y cuando el Milei de hoy choque contra alguna certeza del Milei de ayer, Mascarita no necesitará acusarlo.
Le alcanzará con contar.
Porque allí está quizás la mayor debilidad de un dirigente que construyó su identidad hablando con certezas.
El archivo.
El archivo posee una crueldad que ningún adversario político puede igualar. No insulta, no grita, no milita.
Reproduce.
Ya estaba terminando mi segundo café cuando los vi llegar a una bifurcación. Había dos caminos. En uno decía IDEOLOGÍA. En el otro, PODER.
Milei se detuvo. Mascarita también.
Durante unos segundos ninguno dijo nada y después Milei comenzó a caminar. Mascarita fue detrás. No alcancé a distinguir qué camino habían tomado.
Quizás tampoco importaba.
Después de tantos años observando la política aprendí que para saber hacia dónde va un gobernante conviene mirar menos los carteles y bastante más las huellas.
Mascarita sí parecía saberlo.
Antes de perderse entre la gente se volvió hacia mi mesa.
—¿Sabes cuál es el problema de los hombres que hablan demasiado?
Negué con la cabeza.
—Que algún día aparece alguien que recuerda.
Después siguió caminando.
Pensé en Vargas Llosa. Pensé en Milei. Y entendí finalmente el juego.
El verdadero hablador de esta historia nunca había sido Mascarita.
Era Javier.
Mascarita era otra cosa. Su memoria, su archivo, quizás hasta su conciencia. Ese personaje incómodo condenado a caminar detrás del poder recogiendo las palabras que el poder va dejando en el camino.
Porque uno puede cambiar de aliados, de estrategia, de discurso e incluso de convicciones.
Lo que no puede hacer es regresar hasta ayer y cambiar lo que dijo.
Pedí otro café.














