Los países no comercian porque son ricos; son ricos porque aprendieron a comerciar.
Hay conferencias de las que uno sale con un folleto bajo el brazo. Y hay otras que explican mejor el futuro que muchos planes de gobierno. El seminario sobre la implementación del Acuerdo Interino de Comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, realizado en la Bolsa de Comercio de Mendoza, fue una de ellas.
No fue un encuentro para celebrar un tratado. Fue una conversación sobre el futuro. Mientras el gobernador Alfredo Cornejo, el secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería, Fernando Brun, el embajador de la Unión Europea en Argentina, Erik Høeg, empresarios y especialistas analizaban las nuevas reglas del comercio internacional, la sensación era que el verdadero debate no giraba alrededor de Europa. Giraba alrededor de nosotros.
¿Estamos preparados para competir?
La cifra que más resonó durante la jornada fue la de los primeros 1.500 contenedores mendocinos que ya comenzaron a exportarse bajo el nuevo esquema comercial, dentro de un universo nacional de 40.000 contenedores movilizados desde la entrada en vigencia del acuerdo el pasado 1 de mayo.
Sin embargo, más importante que el número fue el mensaje.
El embajador Erik Høeg recordó que el acuerdo une un mercado de 700 millones de personas y abre para la Argentina un acceso previsible a 450 millones de consumidores europeos. Pero nadie en la sala habló de un éxito asegurado. Por el contrario, el subsecretario mendocino José María Videla Sáenz advirtió que el acuerdo es de doble vía y que las empresas locales deberán prepararse para competir con compañías europeas cuando estas también ingresen a nuestros mercados.
Ese fue, probablemente, el concepto más importante de toda la conferencia.
Reducir aranceles abre una puerta, pero cruzarla exige empresas competitivas, infraestructura moderna, financiamiento, innovación, certificaciones internacionales y una logística capaz de colocar un producto en cualquier puerto europeo con la misma eficiencia con la que hoy llega a Buenos Aires. Europa no compra solamente alimentos. Compra confianza, previsibilidad y calidad. Y esas condiciones no aparecen por la firma de un tratado. Se construyen durante años.
Mientras escuchaba las exposiciones resultaba inevitable pensar en San Juan.
Nuestra provincia posee cobre, energía solar, una agroindustria competitiva, una ubicación privilegiada sobre el corredor bioceánico y la posibilidad de convertirse en uno de los principales nodos logísticos del oeste argentino. Pocas regiones reúnen semejante combinación de recursos. Y, sin embargo, seguimos pensando como una provincia periférica.
Ese es, probablemente, el mayor déficit del actual gobierno provincial.
No es un problema de recursos.
Es un problema de mirada.
Mientras Mendoza reúne a diplomáticos europeos, funcionarios nacionales y empresarios para debatir cómo insertarse en el comercio mundial, en San Juan seguimos atrapados en la administración del día a día. Se habla de gestión, de anuncios y de obras, pero casi nunca de geopolítica comercial. Y cuando se habla de desarrollo económico, la agenda parece agotarse en la Fiesta Nacional del Sol y en alguna que otra feria o ronda de negocios presentada como un gran acontecimiento. Todo eso puede contribuir a promocionar una provincia, pero de ningún modo constituye una estrategia de inserción internacional.
Hoy la riqueza de los territorios se define precisamente en otro lugar. Las provincias que comprenderán el siglo XXI no serán necesariamente las que tengan más minerales o más tierras fértiles. Serán las que entiendan antes cómo circula el comercio mundial, dónde se están construyendo los nuevos corredores logísticos y qué lugar ocuparán cuando el mapa económico termine de reconfigurarse.
Hace años sostengo que San Juan debía impulsar una zona franca con vocación comercial, una plataforma logística integrada a los parques industriales y a los corredores bioceánicos, capaz de abastecer con competitividad los mercados asiáticos, norteamericanos y europeos. Esa discusión nunca debió limitarse a la minería. Debió formar parte de una verdadera estrategia de inserción internacional, orientada a agregar valor, atraer inversiones, desarrollar la industria exportadora y posicionar a San Juan como un centro de distribución para el comercio del siglo XXI.
Pero para diseñar esa estrategia hace falta algo más escaso que el presupuesto. Hace falta capacidad para leer el mundo. Y allí el gobierno provincial parece llegar siempre tarde. Observa los movimientos del tablero cuando otros ya están haciendo la siguiente jugada.
En geopolítica comercial no alcanza con administrar una provincia. Hay que comprender cómo se mueve el planeta.
Porque mientras San Juan sigue entretenido organizando eventos, otros territorios están asegurando inversiones, corredores logísticos y mercados para los próximos treinta años.
Los mercados internacionales no premian las buenas intenciones.
Premian la eficiencia.
Mendoza parece haber entendido que el comercio exterior ya no es un capítulo de la economía.
Es la economía.
Ojalá San Juan también lo comprenda.
Porque las oportunidades no suelen anunciarse dos veces. Pasan. Y casi siempre terminan deteniéndose allí donde alguien tuvo la inteligencia de prepararse antes que los demás.
Cuando eso ocurre, ya no alcanza con organizar una fiesta para celebrar el desarrollo. El desarrollo no se organiza. Se planifica. Se estudia. Se negocia. Y mientras unos preparan escenarios para un espectáculo, otros preparan sus provincias para competir en el mundo. La historia suele premiar a estos últimos.














