La pelota que detiene el tiempo

Jun 28, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Cada cuatro años el mundo descubre que todavía es capaz de detenerse.

No se detiene por una guerra que termina, ni por un descubrimiento científico, ni por un tratado de paz. Se detiene por una pelota. Parece un contrasentido, pero quizá sea precisamente esa inutilidad aparente la que vuelve al fútbol tan profundamente humano. Hay cosas que no sirven para sobrevivir y, sin embargo, son indispensables para comprender por qué vale la pena vivir.

El Mundial nunca trató únicamente de fútbol.

Trata del tiempo.

Uno cree que espera el pitazo inicial, pero en realidad espera reencontrarse con una parte de sí mismo. De pronto regresan los olores de la infancia, la voz del padre comentando una jugada, la radio encendida en la cocina, los vecinos gritando un gol antes de que llegue la imagen al televisor, los amigos que juraban que aquella selección era invencible y los que ya no están para discutir el próximo partido.

La memoria tiene una curiosa manera de funcionar. No conserva todos los días. Elige apenas algunos. Y, con una generosidad inexplicable, suele esconder muchos de ellos detrás de una pelota.

Por eso nadie recuerda con precisión qué hizo un martes cualquiera de hace veinte años. Pero millones pueden decir dónde estaban cuando llegó aquel gol imposible, aquella atajada inolvidable o aquel penal que todavía duele como si hubiera ocurrido ayer.

El fútbol posee un privilegio reservado a muy pocas cosas; convierte un instante en eternidad.

Durante un Mundial los países dejan de ser fronteras dibujadas sobre un mapa. Se transforman en historias. En familias reunidas alrededor de una mesa. En desconocidos abrazándose sin preguntarse el nombre. En ancianos que vuelven a tener quince años y en niños que descubren, quizá por primera vez, que la alegría también puede compartirse con millones de personas al mismo tiempo.

Vivimos una época donde casi todo nos divide. La política, las ideas, las redes sociales, las creencias e incluso las palabras parecen levantar fronteras invisibles entre unos y otros. El Mundial hace exactamente lo contrario. Nos recuerda, aunque sea por unas semanas, que todavía existe un lenguaje capaz de traducirse sin diccionarios.

Un gol no necesita intérpretes.

Una lágrima tampoco.

Tal vez por eso, cuando el árbitro marca el final del último partido, aparece una melancolía difícil de explicar. No es solamente que termine un campeonato. Lo que termina es un tiempo suspendido. Vuelven los lunes, las obligaciones, las cuentas, el trabajo y esa rutina que lentamente vuelve a apropiarse de los días.

Pero algo permanece.

Queda la sospecha de que la felicidad nunca fue un lugar al que llegar, sino un instante que pasó delante de nosotros mientras mirábamos rodar una pelota.

Quizá esa sea la verdadera victoria del Mundial. Recordarnos que el tiempo nunca se detiene. Pero, de vez en cuando, la memoria consigue convencerlo de caminar un poco más despacio.

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