Cuando una provincia entrega ventajas extraordinarias para atraer inversiones, tiene derecho a preguntar qué recibe a cambio. Y cuando la respuesta es menos empleo, menos industria y más importaciones, la discusión deja de ser económica para convertirse en política.
Mientras la dirigencia provincial celebra la llegada de la mayor inversión minera de la historia argentina, una parte de la infraestructura destinada a albergar a miles de trabajadores llegará en barcos desde China. Dormitorios, oficinas, comedores y viviendas prefabricadas cruzarán el océano para instalarse en plena cordillera sanjuanina. La explicación oficial es sencilla: el proveedor chino presentó una oferta cercana a los 52 millones de dólares, mientras que la propuesta argentina rondó los 70 millones.
Y entonces apareció la frase favorita de nuestro tiempo.
«Era más barato».
La misma frase que durante décadas justificó cierres de fábricas, desaparición de proveedores nacionales y pérdida de capacidades productivas. Siempre es más barato. Lo que rara vez se explica es para quién.
Porque cuando uno observa el cuadro completo descubre una contradicción difícil de ignorar. Estamos hablando de un proyecto cuprífero valuado entre 15.000 y 18.000 millones de dólares. En semejante escala, la diferencia entre ambas ofertas representa una porción mínima de la inversión total. Sin embargo, esa diferencia alcanzó para que una parte importante del valor agregado, del empleo y de la actividad industrial asociada terminara fuera del país.
Y allí aparece la discusión verdadera.
No se trata de una empresa china. Tampoco de una licitación puntual. Se trata del modelo económico que está detrás de estas decisiones y de las reglas que permiten que ocurran.
Durante años se repitió que la minería sería el gran motor de desarrollo de San Juan. Se habló de proveedores locales, innovación tecnológica, empleo de calidad y cadenas de valor capaces de transformar la estructura productiva provincial. La promesa era que la riqueza del cobre no se limitaría a salir de la montaña, sino que impulsaría industrias, servicios y nuevas capacidades económicas.
Sin embargo, las primeras señales parecen indicar otra cosa. Los módulos se fabrican afuera. Buena parte de la tecnología se fabrica afuera. Una parte significativa del trabajo industrial también se realiza afuera. Y mientras tanto, los sanjuaninos observan cómo el supuesto derrame económico comienza a reducirse antes de llegar a la provincia.
La pregunta entonces es inevitable: ¿para esto se creó el RIGI?
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones fue presentado como la herramienta destinada a atraer capitales que durante años evitaron Argentina. Pero cada vez resulta más evidente que también puede transformarse en una formidable herramienta para importar desarrollo ajeno mientras se debilita el propio. Porque una cosa es atraer inversiones y otra muy distinta es resignar proveedores locales, empleo industrial y capacidad productiva a cambio de una promesa de derrame que nadie garantiza.
Y es precisamente allí donde aparece una ausencia preocupante: la del análisis estratégico del propio Estado provincial.
Resulta difícil encontrar una sola voz dentro del Ministerio de Producción que haya planteado públicamente cuánto empleo local se pierde, cuánto valor agregado deja de producirse en San Juan o qué mecanismos podrían implementarse para fortalecer a las empresas sanjuaninas frente a semejante volumen de inversiones. Ni siquiera parece existir una discusión seria sobre los efectos concretos del RIGI en la economía provincial.
Pero tampoco ayuda que este debate haya pasado prácticamente desapercibido por la Legislatura.
El RIGI fue presentado como una herramienta histórica para el futuro económico de la provincia, aunque pocos parecen haber analizado seriamente sus consecuencias sobre los proveedores locales, el empleo o la industria sanjuanina.
En San Juan existe una costumbre política tan silenciosa como efectiva; cuando el gobernador ordena votar, muchos dejan de leer.
Después aparecen las sorpresas.
Después aparece la letra chica.
Y después llegan las explicaciones.
Exactamente en ese orden.
Quizás por eso una de las frases más recordadas del propio gobernador terminó convirtiéndose involuntariamente en una metáfora de estos tiempos.
«Voy a leer la letra chica.»
Una frase razonable.
El problema fue que llegó después de firmar.
Y en política económica la letra chica suele ser exactamente donde se esconde el futuro.
La historia económica de América Latina está llena de ejemplos donde las inversiones llegaron, las exportaciones crecieron y los recursos naturales salieron por millones de toneladas, mientras el desarrollo local nunca apareció. La riqueza se exportaba. Las capacidades productivas no.
Ese es el riesgo que comienza a asomar detrás del entusiasmo oficial. No que la minería fracase. Todo indica que el cobre tendrá una enorme importancia para San Juan y para Argentina. El problema es otro: que la provincia termine especializándose únicamente en extraer recursos mientras la industria, la tecnología, los servicios especializados y el conocimiento se generan en otros lugares.
Por eso el debate excede ampliamente este contrato. Lo que está en discusión es qué modelo productivo se pretende construir alrededor del cobre.
Porque el cobre puede convertirse en la mayor oportunidad económica de la historia sanjuanina.
O en la versión minera de una vieja historia argentina; recursos que salen, riqueza que se concentra lejos y dirigentes que descubren las consecuencias cuando ya no pueden modificar las decisiones.
La ciudad que llegará desde China tiene un valor simbólico mucho mayor que el de sus módulos metálicos.
Representa una advertencia.
La advertencia de que una provincia puede convertirse en protagonista de una inversión multimillonaria y aun así terminar capturando apenas una parte menor de sus beneficios.
Porque el verdadero desarrollo no se mide por la cantidad de mineral que sale de una montaña.
Se mide por las capacidades productivas que quedan cuando la montaña deja de producir.
Y esa es la discusión que San Juan debería estar dando ahora.
Antes de que la próxima letra chica vuelva a leerse después de firmada.














