Segismundo en Casa de Gobierno

Jun 5, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

En ciertas provincias, el poder no gobierna solamente personas. También gobierna percepciones.

Cuatro siglos después de La vida es sueño, la política sigue atrapada en el mismo miedo: perder el control de la realidad. En San Juan, entre relatos de progreso, pantallas institucionales y promesas eternas, Segismundo regresa para hacer una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una provincia vive demasiado tiempo dentro de un sueño político?

La Casa de Gobierno de San Juan posee algo profundamente teatral durante la noche.

No por su arquitectura.

Ni por sus salones silenciosos.

Sino por esa extraña sensación de escenografía permanente que sobreviene cuando las oficinas quedan vacías y únicamente permanecen encendidas las pantallas institucionales.

Era medianoche.

En uno de los despachos principales todavía había luz.

Un funcionario observaba gráficos económicos proyectados sobre una pantalla LED. Había rutas marcadas en rojo, zonas francas, corredores bioceánicos dibujados digitalmente, proyectos mineros presentados como promesas de redención colectiva y estadísticas cuidadosamente ordenadas para parecer optimistas, incluso cuando la realidad insistía en otra cosa.

Sobre la mesa descansaban discursos corregidos por asesores, informes de imagen pública y encuestas pagadas donde la palabra “percepción” aparecía más veces que la palabra “salario”.

Afuera, el viento zonda comenzaba a golpear las ventanas.

Y entonces ocurrió algo extraño.

El reloj del salón se detuvo exactamente a las doce.

Las luces titilaron.

Y desde el rincón más oscuro apareció un hombre encadenado.

Vestía ropas antiguas.

Sus muñecas llevaban marcas de hierro.

Su mirada tenía esa mezcla de furia y lucidez que poseen los hombres obligados a pensar demasiado tiempo en soledad.

El funcionario retrocedió sobresaltado.

—¿Quién dejó entrar a este hombre?

El desconocido observó lentamente el despacho: las banderas oficiales, los retratos institucionales y las pantallas donde drones sobrevolaban rutas nuevas acompañadas por música épica.

Después sonrió con tristeza.

—Conozco estos palacios —dijo—. Cambian los siglos. No las ilusiones.

El funcionario tragó saliva.

—¿Quién es usted?

El hombre levantó la cabeza lentamente.

—Segismundo.

El nombre cayó sobre el salón como una puerta abriéndose en medio de la historia.

El funcionario palideció.

—Eso es imposible.

—También ustedes creen posible reemplazar la realidad con publicidad institucional.

El silencio se volvió incómodo.

Segismundo comenzó a caminar lentamente, observando las gigantografías oficiales. Familias sonriendo frente a parques industriales. Jóvenes trabajando en oficinas digitales. Viñedos perfectos bajo slogans de futuro.

Todo parecía demasiado impecable para ser completamente verdadero.

Entonces habló.

—En mi tiempo, un rey leyó en los astros que yo sería cruel, que humillaría a mi padre y sumiría al reino en el caos. Y, por miedo a esa profecía, decidió encerrarme desde niño.

Miró nuevamente las pantallas.

—Aquí parece diferente. Aquí no encarcelan hombres. Aquí encarcelan verdades.

El funcionario intentó recuperar autoridad.

—Esta provincia avanza.

—¿Avanza hacia dónde?

—Hacia el desarrollo.

Segismundo soltó una leve carcajada.

—Todos los reinos hablan del futuro cuando empiezan a temerle demasiado al presente.

El funcionario abrió rápidamente una carpeta.

Comenzó a enumerar inversiones, estadísticas, obras públicas, proyectos turísticos, convenios internacionales y crecimiento económico con la velocidad mecánica de quien recita un credo aprendido de memoria.

Segismundo escuchó en silencio.

Después señaló una pantalla donde un dron mostraba avenidas nuevas desde el aire.

—En mi tiempo, los astrólogos leían el destino en las estrellas. Ustedes leen encuestas en pantallas. La magia cambió de instrumento, no de función.

—Eso es tecnología —respondió irritado el funcionario.

—No. Tecnología es construir caminos. Magia es convencer al pueblo de que los caminos solucionaron sus miserias.

Afuera comenzaron a escucharse motos lejanas.

Trabajadores regresando tarde.

Jóvenes caminando sin mirar edificios públicos.

Comercios cerrados.

Segismundo se acercó lentamente a la ventana.

Observó la ciudad durante varios segundos.

—¿Tu pueblo vive mejor? —preguntó finalmente.

El funcionario dudó apenas un instante.

Pero esa duda bastó.

Porque Segismundo sonrió como sonríen los hombres que reconocen el miedo escondido detrás del poder.

—Mi padre creyó que, encerrándome, evitaría la tiranía. Y terminó fabricando exactamente aquello que temía. Los gobiernos modernos hacen lo mismo: temen tanto perder el control del relato que terminan alejándose de la verdad. Cuando el poder se acostumbra a administrar percepciones, acaba confundiendo propaganda con realidad.

Las pantallas seguían brillando.

Segismundo las observó como quien contempla una nueva forma de astrología.

Porque el mecanismo seguía siendo idéntico.

Antes, los reyes consultaban estrellas.

Ahora consultan encuestas, algoritmos y asesores de imagen.

Pero el miedo continúa intacto.

Miedo al desorden.

Miedo a perder el poder.

Miedo a que el pueblo despierte.

Entonces las puertas del despacho se abrieron violentamente.

Entraron asesores, funcionarios y secretarios hablando todos al mismo tiempo. Un escándalo acababa de explotar en redes sociales. Contratos cuestionados. Gastos públicos discutidos. Videos filtrados. La narrativa oficial comenzaba a resquebrajarse.

El funcionario observó desesperado las pantallas.

Los números caían.

Las críticas crecían.

La escenografía empezaba a derrumbarse.

Y, por primera vez, pareció comprender algo terrible: un gobierno puede controlar conferencias, puede controlar eslóganes, puede controlar campañas, pero jamás controla eternamente la realidad.

Segismundo observó el caos con serenidad filosófica.

—Ahora comprendes a Calderón.

—¿Qué cosa?

—Que el poder no teme solamente a las crisis. El verdadero terror del poder es descubrir que quizá todo aquello que construyó no era más que una representación sostenida por hombres demasiado asustados para decir la verdad.

El funcionario quedó inmóvil.

Afuera, el viento golpeaba las ventanas como si quisiera entrar al edificio.

Segismundo se acercó lentamente a la ventana.

Miró las luces lejanas de San Juan.

Y, antes de desaparecer entre las sombras del salón, pronunció lentamente:

—¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

Las luces parpadearon.

El reloj volvió a moverse.

Y Segismundo desapareció.

Solo quedó el silencio.

Un silencio pesado.

Casi moral.

El funcionario volvió la mirada hacia las pantallas oficiales, que todavía repetían imágenes perfectas de progreso, rutas luminosas y promesas infinitas.

Por primera vez comprendió algo devastador: no era Segismundo quien había vivido encerrado.

Era toda la provincia.

Y quizá lo más trágico no fuese el sueño, sino descubrir que había hombres demasiado interesados en que nadie despertara jamás.

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