Vino en fuga: cómo Chile embotelló la estrategia y Argentina, el lamento

May 7, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Crítica sobre el desbalance entre Argentina y Chile en la industria vitivinícola, donde la calidad no alcanza si la política llega tarde.

La uva como ideología

No hay fruta más política que la uva. Puede crecer en silencio, pero nunca sin contexto. Aprieta uno el racimo, y no solo brota mosto: se destila historia, se escurre estrategia, se derrama política tributaria.

El vino no es apenas una bebida: es una decisión de Estado. O, peor aún, el reflejo de su ausencia. Una patria que se exporta o se consume a sí misma.

En esta porción del sur global donde la cordillera divide a dos titanes vitivinícolas —Chile y Argentina—, el contraste es tan aromático como aleccionador. Uno exporta botellas con nombre propio; el otro, subproductos con sabor a saldo. Uno tiene menos hectáreas, pero más dólares; el otro, más tradición, pero menos visión.

Argentina embotella épica. Chile embotella negocio. Ambos cultivan uvas, pero solo uno supo convertirlas en política pública. Este divorcio entre potencial y realización es prueba de que el vino, en estas tierras, no es solo una bebida: es síntoma.

El mismo terroir, distintas convicciones

Chile y Argentina comparten altitud, clima mediterráneo, suelos generosos y una historia vitivinícola centenaria. Pero no comparten lo más importante: la vocación de continuidad.

Cuando ambos países iniciaron su modernización vitivinícola hacia fines del siglo XX, partían desde coordenadas similares. Buscaban capital, tecnología, visibilidad global. Pero mientras Chile tejió con hilo fino un sistema institucional coherente, Argentina se enredó en puntadas de urgencia, anuncios rimbombantes y vaivenes sin brújula.

Chile no solo tuvo estrategia: la sostuvo. Argentina fue campeona del impulso sin política, de la euforia sin memoria.

Radiografía 2024:

-Chile: 5º productor mundial. USD 2.500 millones en exportaciones. Valor promedio por litro, 43 % superior al argentino.

-Argentina: Solo el 14,3 % de su producción se exporta embotellada. El resto: 35 % como mosto concentrado y 50,7 % como vino a granel, en su mayoría desde San Juan.

Chile: la república embotellada

Lo que hizo Chile con su vino no fue un milagro de los Andes, sino un plan. Un plan silencioso, tecnocrático, sin pancartas ni épicas, pero con precisión.

Primero llegaron las certificaciones. Luego, las denominaciones de origen. Más tarde, los enólogos formados en Burdeos. A eso se sumaron estabilidad macroeconómica, incentivos fiscales y reglas del juego claras.

Pero la jugada maestra fue otra: la inserción internacional planificada. Chile entendió que el vino no solo debe ser bueno, debe saber salir al mundo con infraestructura moderna, acuerdos comerciales vigentes y aduanas que no duerman.

El corcho que navega: zonas francas y puertos secos

En Chile, el vino no solo madura en barrica: circula en logística. Mientras Argentina sigue discutiendo cómo cruzar la cordillera, Chile activó un corredor comercial de precisión asiática. La Zona Franca de Iquique (ZOFRI), los puertos de Valparaíso y San Antonio, y una aduana que opera como pasarela digital —no como muro burocrático— completan el mapa.

Allí, el vino no es mercancía: es relato nacional. Se distribuye con la misma eficiencia que las cerezas, el salmón y el cobre. Y se percibe, en Asia y América Latina, no como un lujo exótico, sino como una marca confiable. Incluso se articula con zonas francas de otros países, como la Zona Franca de Tacna (ZOFRA), en Perú, o las zonas francas de Ciudad del Este, en Paraguay.

Argentina, en cambio, exporta por caminos de ripio: rutas colapsadas, trámites inagotables y aduanas que envejecen papeles. El vino argentino, antes que embajador, es rehén.

INV: entre el bidón y la refundación

Mientras Chile articula, Argentina regula. O, mejor dicho, administra la herencia de una ley escrita en 1959, cuando el vino se vendía en damajuana y la televisión aún era en blanco y negro.

El Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), órgano rector del sector, funciona como centinela de escritorio. No por incapacidad técnica, sino por carencia estratégica. La Ley 14.878 controla cada paso —desde el viñedo hasta la góndola— con un espíritu más aduanero que productivo.

En julio de 2025, se dio una señal esperanzadora; una reunión entre el INV, provincias productoras y entidades del sector (COVIAR, CAFEM, ACOVI, Bodegas de Argentina) abrió la puerta a una reforma profunda.

Decreto 426: claves de la reforma:

-Control limitado al producto final.

-Certificaciones voluntarias vía privados.

-Conservación de estándares exigidos por mercados internacionales.

Pero el riesgo es grande: que la reforma se quede en un PowerPoint. Que cambien los sellos, no las lógicas. Que se agregue un trámite, pero no una dirección.

Genuinidad sí, pero también competitividad

“Cuidar la genuinidad del vino argentino”, se dijo. Bien. Pero el problema no está en el origen. Está en el destino.

De nada sirve tener un vino puro si nadie lo pide. De poco vale una etiqueta transparente si no llega a ninguna góndola.

Chile hace décadas que lo entendió. Su trazabilidad no es solo un dato técnico: es una promesa de marca. Coordinada con Wines of Chile y ProChile, la institucionalidad vitivinícola chilena respira con el comercio exterior.

En Argentina, el INV fue históricamente guardián de formularios. Mientras debatíamos el dulzor permitido, Chile ya había firmado el próximo tratado de libre comercio. Y lo brindaba en Shanghái.

El bidón como síntoma

El mosto no es el villano. Es la coartada.

En San Juan, el jugo de uva concentrado representa la mayoría de las exportaciones. No por elección cultural, sino por un modelo que premia el volumen antes que el valor.

Chile, en cambio, exporta relato. Argentina, saldo. La diferencia no es enológica. Es política.

Un INV moderno podría ser el cerebro operativo que nunca fue: con interoperabilidad digital, inteligencia comercial, blockchain para trazabilidad y beneficios concretos al fraccionado con denominación de origen.

No es ciencia ficción. Es lo que Chile ya hizo.

Vino y fiscalidad: impuesto al alma

Otra diferencia estructural: en Chile, el vino no paga impuestos internos. Es bien cultural. En Argentina, hasta el corcho tributa.

La carga fiscal empuja a las bodegas pequeñas a vender a granel o a sobrevivir en el mercado interno. El premio al que exporta es un castigo tributario, una trampa cambiaria, una peregrinación de reintegros que nunca llegan.

Chile protege. Argentina persigue. Así de simple.

Corcho, etiqueta y frontera

Para conquistar el mundo, un vino necesita tres cosas: calidad, relato y logística.

Argentina tiene calidad de sobra. Pero el relato se le disuelve en la grieta, y la logística se pierde en aduanas de otro siglo.

Chile sincronizó las tres. Por eso, en cualquier aeropuerto del mundo, un Cabernet chileno se encuentra entre las opciones premium. Un Malbec argentino, si aparece, es como un exiliado nostálgico.

La pérdida no es solo de mercado. Es de autoestima. Exportar vino no es vender botellas: es demostrar que un país puede diseñar un futuro y cumplirlo.

Refundar el INV, embotellar un país

La reforma del INV no puede ser un maquillaje. Tiene que ser cirugía mayor. No basta con corregir la letra: hay que cambiar el idioma del Estado hacia su vino.

Chile lo logró sin romanticismo. Argentina debe dejar la nostalgia y entrar al siglo XXI.

Tres pasos urgentes:

1. Wine Argentino: institución público-privada con presencia en al menos 50 mercados internacionales.

2. Reforma fiscal estructural: exención al vino embotellado premium y alivio tributario para los insumos.

3. Logística 4.0: interoperabilidad digital, trazabilidad blockchain, puertos secos y zonas francas activas.

Como escribió Pablo Lacoste:

“La grandeza vitivinícola no se mide en hectolitros, sino en la capacidad de convertir la tierra y el vino en identidad.”

Argentina no necesita más brindis simbólicos. Necesita corchos que naveguen.

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