Mucho repudio, cero cuentas

May 4, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Se vota indignación, se evita la rendición.

El gesto que reemplaza

Hay decisiones que no nacen para resolver nada, sino para ocupar un lugar. Un espacio. Un instante de visibilidad que permita decir que se hizo algo, aunque ese algo no tenga traducción en la realidad. La Cámara de Diputados de San Juan acaba de ofrecer una de esas escenas. Un repudio votado con solemnidad contra el gobernador de La Rioja Ricardo Quintela, por un reclamo sin sustento formal, como si el conflicto tuviera cuerpo jurídico, como si existiera un expediente que lo sostuviera, como si la política necesitara más teatro y menos precisión.

Pero no hay expediente. No hay reclamo formal. No hay litigio. Hay palabras, hay declaraciones, hay ruido. Y frente a ese ruido, la política decidió construir una respuesta institucional. No para resolverlo, sino para ocuparlo.

Porque cuando no hay acción, se fabrica el gesto.

La ley que no conviene nombrar

Ahí es donde la escena se vuelve incómoda. No por lo que se hizo, sino por lo que se evitó hacer. Lo verdaderamente urgente no era votar un repudio. Es discutir una ley de acceso a la información pública. Una norma que obligue a desnudar la contabilidad del poder, a exhibir sin maquillaje cada contrato, cada proveedor, cada cifra que hoy circula en voz baja.

Pero esa ley no aparece.

Y no aparece porque no es neutra.

Una ley así no construye épica, la desarma. Obliga a responder cuánto costó la Fiesta Nacional del Sol, cuánto se destinó al Ironman, cuánto se invirtió en esas vitrinas costeras que prometen identidad y devuelven preguntas. Obliga a transformar el discurso en número, la promesa en balance, la foto en resultado.

Y ahí la política deja de narrar. Empieza a rendir.

El silencio como método

No hay que confundir ausencia con torpeza. Cuando los números no se publican, cuando los pedidos de información se diluyen en trámites interminables, cuando los balances se vuelven una promesa diferida, no estamos frente a una falla administrativa. Estamos frente a una decisión.

El silencio también se planifica.

Se administra con la misma disciplina con la que se organizan los actos, con la misma prolijidad con la que se alinean los discursos. Porque, mientras no haya datos, no hay discusión técnica. Todo se desplaza hacia el terreno de la percepción, y en ese terreno el poder se mueve con comodidad.

Puede insinuar impacto sin demostrarlo. Puede hablar de desarrollo sin medirlo. Puede celebrar sin explicar.

La estética del gasto

Eventos, ferias, carreras internacionales. Todo eso puede ser política pública, nadie lo discute. Pero solo si deja algo más que una imagen. Solo si el aplauso tiene correlato en la economía, en el empleo, en el tejido productivo.

Cuando ese correlato no aparece, lo que queda es otra cosa.

Escenografía.

Una escenografía impecable, diseñada para durar lo que dura la música. Después, cuando las luces se apagan, lo único que permanece es la cuenta. Y la cuenta, sin rendición, deja de ser inversión para convertirse en sospecha.

Ahí, en ese silencio posterior al espectáculo, nace la pregunta que incomoda.

¿Cuánto costó y qué dejó?

Si esa pregunta no tiene respuesta, todo lo anterior pierde sustancia.

La risa que no necesita respuesta

Del otro lado, Ricardo Quintela ni siquiera necesita intervenir. No hay reclamo formal, no hay proceso abierto, no hay instancia que obligue a defenderse. Y, sin embargo, la reacción llegó igual, institucional, enfática, innecesaria.

Cuando la política sobreactúa, revela más de lo que intenta ocultar.

Y en esa revelación, el adversario no necesita ganar. Le alcanza con observar.

La responsabilidad diferida

Lo verdaderamente grave no es el repudio. Es su contracara. No se repudia la opacidad en el gasto. No se repudia la ausencia de balances públicos. No se repudia la distancia entre lo que se anuncia y lo que se demuestra.

Porque eso implicaría girar la mirada.

Y la política rara vez vota en contra de sí misma.

En ese fondo casi silencioso aparece Marcelo Orrego, no como protagonista explícito, sino como arquitecto de prioridades. Porque estas escenas no son accidentes. Responden a una lógica donde el orden de los temas es, en sí mismo, una decisión política.

Primero el gesto. Después, si no incomoda demasiado, la gestión.

El tiempo que se disuelve

Al final, la escena queda suspendida en su propia fragilidad. Se votó algo que no cambia nada. Se ocupó tiempo institucional en un conflicto sin forma legal. Se construyó una señal donde faltaba contenido.

Y mientras tanto, lo importante sigue esperando.

No la épica. No el discurso. No el aplauso.

Los números.

Porque el poder puede administrar el silencio durante un tiempo. Puede incluso convertirlo en estrategia. Pero hay algo que siempre termina rompiendo ese equilibrio.

La cuenta.

Y cuando la cuenta llegue, ya no alcanzará con repudiar a otro. Habrá que explicar lo propio.

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