San Juan no es Macondo: es peor porque Macondo aprendió

Abr 3, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Una lectura de Cien años de soledad aplicada a la clase política sanjuanina

En Macondo la historia no avanza, se repite con elegancia trágica. Pero Macondo al menos tuvo el insomnio, los gitanos, la peste, el diluvio y finalmente el aprendizaje por aniquilación. San Juan en cambio repite sin castigo. Y eso es mucho peor.

Macondo aprendió. No al principio, claro. Durante cien años, los Buendía se hundieron en la misma ceremonia: heredar obsesiones, ejercer el poder del mismo modo, fracasar con la misma elegancia. Pero la novela tiene algo que la política sanjuanina no parece haber comprendido: un final. El último Aureliano descifra los pergaminos, la casa se derrumba, la estirpe se extingue. No hay segunda oportunidad, pero hay al menos conciencia del ciclo cumplido.

En San Juan no hay final. Hay repetición infinita. Y eso es peor.

I. La repetición como estructura

En Cien años de soledad, la repetición no es casualidad, es arquitectura. Se heredan las formas de ejercer el poder y las maneras de fracasar. Cambian los nombres, Aureliano o Arcadio, pero no cambian las decisiones profundas.

En la política sanjuanina ocurre algo inquietantemente similar. Las gestiones se suceden como capítulos de una misma narración. Se alternan los tonos, se ajustan los discursos, se modifican los énfasis, pero el núcleo permanece intacto. Ese núcleo define cómo se concibe el poder.

No importa quién gobierna. Importa a qué termina pareciéndose cuando gobierna.

La diferencia es que Macondo necesitó un siglo para consumir su destino. San Juan parece dispuesta a extenderlo indefinidamente.

II. El recambio que no transforma

Hay una escena invisible pero constante en la política local. La del funcionario que llega prometiendo ruptura y lentamente empieza a hablar como los anteriores, a justificar como los anteriores, a administrar como los anteriores. No es traición, es adaptación.

El sistema no es solo una estructura, sino una cultura. Una forma de estar en el poder que se aprende más rápido de lo que se cuestiona.

En Macondo cada generación cree inaugurar algo, pero lo que hace es perfeccionar la repetición. En San Juan cada gobierno anuncia una nueva etapa, más moderna, más eficiente, más transparente, pero lo que se consolida es una versión más prolija del mismo esquema. Círculos cerrados, decisiones concentradas, información administrada, lealtades premiadas.

Lo nuevo no reemplaza lo viejo. Lo estiliza.

Macondo al menos se permitió el desastre. San Juan se permite el maquillaje.

III. El encierro discursivo

Macondo estaba solo, no por geografía, sino porque se hablaba a sí mismo. Su narrativa era suficiente.

En San Juan cierta dirigencia ha desarrollado una forma sofisticada de ese aislamiento: el encierro discursivo. Se construye una versión de la realidad que, repetida con suficiente constancia, empieza a parecer verdad. Cuando los hechos la contradicen, no se corrige el rumbo, se corrige la interpretación.

En la novela, la peste del insomnio desemboca en el olvido. Para no perder el sentido de las cosas, los habitantes empiezan a etiquetarlas. «Esto es una mesa», «esto es una vaca», «esto es la vida».

La política sanjuanina hace lo mismo. «Orden» cuando no hay dirección. «Austeridad» cuando el ajuste es selectivo. «Transformación» cuando todo sigue igual. «Futuro» cuando el presente no alcanza.

El lenguaje deja de describir. Empieza a encubrir.

Macondo etiquetaba por miedo a olvidar. San Juan etiqueta para que no recuerdes lo que debería cambiar.

IV. La digestión social

Pero la diferencia más cruel entre Macondo y San Juan es esta. En Macondo la repetición dolía. Los Buendía se desgarraban en ella. Había soledad, sí, pero también tragedia.

En San Juan la repetición ya no duele. Se ha vuelto paisaje.

El verdadero problema no es la corrupción en sí, aunque exista y duela. Es su digestión social. El paso de escándalo a anécdota, su transformación en algo que se comenta en el almuerzo y se olvida antes del café.

El sanjuanino promedio ya no se indigna, clasifica. «Esto es política», dice, y sigue con su vida. Esa normalización es más letal que cualquier acto de corrupción aislado porque vacía de sustancia el contrato republicano.

Macondo aprendió por aniquilación. San Juan está aprendiendo por aburrimiento. Y el aburrimiento no enseña nada.

V. Advertencia final

García Márquez escribió aquella frase inolvidable. «Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.»

Macondo entendió esa frase porque la padeció hasta el final. San Juan todavía no sabe si la está padeciendo o disfrutándola.

Las estructuras no caen solas. Las lógicas no se transforman por desgaste. Las repeticiones no se detienen por conciencia. Se rompen con decisiones concretas, con control ciudadano, con prensa que investiga, con oposición que construye alternativa. O se perpetúan.

La diferencia entre San Juan y Macondo es que Macondo se acabó. San Juan todavía puede elegir.

Pero el tiempo, como en la novela, no es infinito.

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