Donde la política no gobierna: oficia
Semana Santa en San Juan. No hay incienso, pero hay cifras. No hay cruz visible, pero sí sacrificios administrados. Y un mensaje —solemne, ordenado, cuidadosamente incompleto— que se ofreció como verdad… y terminó pareciendo liturgia.
Hay días en los que la política deja de ser ejercicio y se convierte en ceremonia.
No se debate.
Se asiste.
El mensaje de hoy tuvo ese tono: una misa laica, prolija, sin herejías. Cada palabra en su lugar, cada pausa medida, cada gesto contenido. No hubo sobresaltos. Tampoco respuestas.
Porque en San Juan, cuando el discurso se vuelve perfecto… la realidad ya quedó afuera. Y como toda celebración de Semana Santa, hubo un rito central: la repetición.
Siete palabras.
Siete estaciones.
Siete formas de decir… sin decir.
I. “Estamos ordenando” (Primer misterio: el caos administrado)
En el principio fue el orden. O al menos su invocación.
Se habló de ordenar como quien lava los pies: un gesto simbólico que no modifica la estructura, pero calma la escena.
Mientras tanto, el desorden —ese que no se nombra— sigue funcionando con precisión quirúrgica.
Porque aquí el problema no es el caos.
Es su normalización elegante.
II. “Con austeridad” (Segundo misterio: el sacrificio ajeno)
La austeridad apareció como virtud cardinal.
Pero como en todo buen ritual, el sacrificio no es compartido: se delega.
Se pide esfuerzo.
Se exige paciencia.
Se invoca responsabilidad. Y sin embargo, hay circuitos donde la austeridad no entra. Donde el gasto no se confiesa. Donde la fe… tiene proveedores.
La austeridad, en San Juan, es como ciertas promesas: se predica más de lo que se practica.
III. “La minería ya llegó” (Tercer misterio: la presencia invisible)
La frase se dijo como revelación.
Como si el milagro ya hubiera ocurrido… y solo faltara que alguien lo viera.
Pero la minería en San Juan tiene algo de aparición mariana: se anuncia, se cree, se celebra… pero no siempre se toca.
Porque si ya llegó, alguien debería poder señalarla.
Nombrarla.
Cuantificarla sin liturgia. Y sin embargo, sigue ahí: más cerca de la fe que de la evidencia.
IV. “Estamos trabajando en el agua” (Cuarto misterio: la sed administrada)
Aquí el simbolismo deja de ser metáfora y se vuelve paisaje.
Se habló de agua como quien promete redención.
Pero la sed —esa que no entiende de discursos— sigue intacta.
Planes hay.
Proyectos también.
Pero el río —ese viejo escéptico— no cree en anuncios. Y hay noches en las que el silencio de los canales secos parece una respuesta. No técnica. No política. Existencial.
V. “La educación es prioridad” (Quinto misterio: la fe en cuotas)
La frase fue pronunciada con la solemnidad que merece.
Pero en San Juan, las prioridades no se declaran: se pagan.
Y la educación paga.
Paga en cuotas.
En bonos.
En explicaciones que no alcanzan.
Dicen que las aulas aprendieron a resistir como los templos antiguos: en silencio, sosteniendo lo que afuera se deteriora.
Pero incluso la fe —cuando se fragmenta— pierde densidad.
VI. “Los números son claros” (Sexto misterio: la revelación selectiva)
Los números llegaron como evangelio.
Claros. Ordenados. Irrefutables.
Pero como toda escritura sagrada, requieren interpretación. Y en esa interpretación, siempre hay omisiones piadosas.
Se muestran algunos datos.
Se ocultan otros.
Se acomodan para que el relato cierre.
Porque en San Juan, los números no mienten: confiesan lo que conviene.
VII. “Que Dios los bendiga” (Séptimo misterio: la absolución final)
El cierre fue impecable.
Una bendición no se discute.
Se recibe. Y sin embargo, ahí —justo ahí— ocurre el gesto más honesto del discurso.
Porque cuando la política termina en fe, es porque ya agotó sus respuestas. Y entonces, la bendición no es un cierre.
Es una retirada elegante.
Te Deum
Siete palabras.
Siete gestos.
Siete intentos de ordenar lo que ya no se deja ordenar.
Pero ningún mensaje —por más prolijo, por más ceremonial, por más bendecido— alcanza cuando la realidad no responde.
Porque no se gobierna con liturgia.
No se administra con frases. Y no se transforma una provincia repitiendo palabras que suenan bien… pero no cambian nada.
La Semana Santa tiene algo implacable: después del rito… llega la prueba. Y en San Juan, la prueba es simple.
El agua sigue faltando.
La educación sigue ajustando.
Y los números siguen siendo más relato que realidad.
Entonces, las siete palabras ya no alcanzan.
No porque estén mal dichas.
Sino porque están vacías de consecuencia. Y ahí —justo ahí— donde el discurso termina y la realidad empieza a hablar… se revela lo esencial: que en esta provincia ya no faltan mensajes.
Lo que falta… es gobierno.
Y esta vez —a diferencia del calendario— no parece que haya sábado de gloria.














