En San Juan, la educación es el pilar del desarrollo. Lo dicen los discursos, lo repiten los actos oficiales, lo sostienen los funcionarios. El problema es que cuando ese pilar llega a la paritaria docente se convierte en una cifra mucho más modesta: 858 pesos por punto. Una mejora que, en la economía cotidiana de la provincia, ni siquiera alcanza para comprar un pan casero.
La política tiene una relación curiosa con ciertas palabras. Las pronuncia como si fueran verdades eternas. Las repite como si nadie pudiera discutirlas. Las exhibe como si fueran pruebas de virtud.
Educación es una de esas palabras. Se la invoca en discursos inaugurales, se la pronuncia en actos escolares, se la convierte en promesa de futuro. Los gobiernos —todos— la declaran el pilar del desarrollo.
La base del progreso. El motor de la sociedad que vendrá.
En San Juan, el gobierno de Marcelo Orrego no ha sido la excepción. La educación ocupa el centro del relato oficial. Se habla de transformación, de calidad, de continuidad pedagógica, de modernización del sistema educativo.
Palabras grandes. Palabras necesarias. Palabras que suenan bien.
El problema aparece cuando esas palabras atraviesan el aire solemne del discurso y aterrizan en la planilla salarial de un docente.
Porque allí la retórica se convierte en matemática. Y la matemática —a diferencia del discurso— no admite metáforas.
Esta semana el gremio docente UDAP confirmó un paro de 48 horas tras rechazar la propuesta salarial del Ejecutivo provincial. La oferta, presentada como “superadora”, consistía en la incorporación de dos puntos al nomenclador docente (A01).
Hasta allí todo parece técnico. Administrativo. Incluso razonable.
Pero la realidad tiene una manía incómoda: preguntar cuánto vale cada cosa.
Cada punto del nomenclador docente equivale a 858 pesos. Es decir, la mejora propuesta por el gobierno provincial asciende a mil setecientos dieciséis pesos.
Traducido al idioma cotidiano de la provincia —ese idioma que se habla en las panaderías, en los almacenes de barrio, en los mercados donde la inflación no admite discursos— la cifra resulta casi irónica.
No alcanza para un pan casero. Ni uno.
La política tiene una extraordinaria habilidad para transformar cifras pequeñas en anuncios grandes. Pero la economía doméstica posee una virtud devastadora: devuelve las palabras a su tamaño real. Y el tamaño real de esta oferta salarial construye una escena que roza lo simbólico.
Porque cuando un gobierno dice que la educación es el pilar del desarrollo provincial no está haciendo poesía institucional: está fijando una prioridad. Y las prioridades verdaderas nunca se anuncian en los discursos. Se revelan en el presupuesto.
Una provincia puede inaugurar escuelas. Puede cortar cintas. Puede pronunciar discursos sobre el futuro educativo. Pero si el maestro que sostiene el sistema recibe aumentos que se miden en monedas, la arquitectura del relato comienza a resquebrajarse.
Porque la educación no es un edificio. Es una relación humana. Y esa relación comienza con el docente.
El conflicto docente que atraviesa hoy San Juan no es simplemente una discusión gremial. Es una escena reveladora: el mismo Estado que proclama a la educación como pilar del desarrollo es el que, en la paritaria, fija el precio de ese pilar.
Un idioma para el acto oficial. Otro idioma para la negociación salarial.
Un lenguaje épico para el micrófono. Un lenguaje austero para el recibo de sueldo.
El primero habla del futuro. El segundo habla del gasto.
El primero promete desarrollo. El segundo administra la escasez.
En esa tensión vive hoy la educación sanjuanina.
Los maestros marchan. El gobierno calcula.
Los discursos continúan. Y la realidad, silenciosa y obstinada, sigue recordando una cifra que ningún relato puede disimular:
Ochocientos cincuenta y ocho pesos por punto.
Una mejora que ni siquiera alcanza para comprar un pan casero. Tal vez allí —en esa pequeña escena doméstica de una panadería— se encuentre la verdadera medida del problema.
Porque cuando una sociedad dice que la educación es su pilar… pero paga a sus maestros con monedas, lo que está en crisis no es la paritaria. Es la sinceridad del discurso. Y cuando el discurso pierde sinceridad, ocurre algo curioso: las palabras siguen hablando de desarrollo… mientras la realidad sigue sin poder pagar ni un pan casero.














