La política educativa sanjuanina ha logrado un pequeño prodigio narrativo: advertir una caída histórica de alumnos mientras inaugura escuelas como si el crecimiento fuera infinito. Si Carlo Collodi hubiese escrito su célebre cuento en esta provincia, probablemente habría enfrentado un dilema literario: mantener a Pinocho… o actualizar el personaje.
La paradoja educativa
Si Carlo Collodi hubiera nacido en San Juan, su imaginación habría encontrado aquí un escenario ideal para su literatura moral. No por la fantasía —que siempre abunda en la política— sino por la curiosa coherencia interna de ciertos relatos públicos.
La escena es simple y casi didáctica. Por un lado, el propio Ministerio de Educación advierte que la baja natalidad reducirá significativamente la matrícula escolar. Menos nacimientos, menos alumnos, menos aulas ocupadas. Las proyecciones hablan de miles de estudiantes menos en los próximos años. (Lo informamos en “No faltan chicos: sobran diagnósticos tardíos”).
Por otro lado, la misma conducción educativa corta cintas, inaugura edificios, anuncia nuevas habilitaciones y promete ampliar la infraestructura escolar en distintos departamentos.
El diagnóstico mira hacia la contracción. La acción escenifica expansión. Y entre ambas cosas aparece una disonancia que ningún técnico serio debería ignorar.
La cinta celeste como política pública
La inauguración del jardín en Ullum, con su inversión millonaria, sus salas equipadas y su patio con piso de goma, fue presentada como una señal concreta de compromiso educativo.
Nada objetable en sí mismo. El problema aparece cuando el acto se inscribe dentro de un discurso que simultáneamente anuncia un sistema con menos alumnos. En términos técnicos, un edificio nuevo puede reemplazar uno precario; eso ocurre en cualquier política de infraestructura.
Pero cuando la expansión edilicia se convierte en narrativa dominante mientras la matrícula se reduce, la pregunta inevitable emerge:
¿Se está planificando el sistema educativo que viene o simplemente se está celebrando el que ya pasó?
En política pública existe una diferencia crucial entre inversión y dirección. La primera se mide en millones. La segunda, en coherencia. Y en este caso, la coherencia parece haber quedado fuera del acto inaugural.
Cuando el dato incomoda
La baja natalidad no es una sorpresa. No cayó del cielo como una tormenta de verano sobre los cerros de Zonda. Los datos demográficos llevan años anunciándolo. Las curvas estaban disponibles para cualquiera que quisiera leerlas. Pero leer números no siempre implica comprender consecuencias.
Un sistema educativo que seguirá formando docentes al mismo ritmo mientras la población escolar disminuye está, en términos simples, planificando para un país que ya no existe.
El problema no es biológico. Es institucional. Y cuando un ministerio detecta el problema pero no modifica el diseño, la política entra en un territorio ambiguo: el diagnóstico avanza más rápido que la decisión.
La pedagogía de Collodi
En Las aventuras de Pinocho, Collodi creó uno de los dispositivos morales más brillantes de la literatura infantil. Cada vez que Pinocho mentía, su nariz crecía. No era un castigo cruel: era una metáfora visible de la incoherencia.
La mentira adquiría forma física. En la política contemporánea la nariz ya no crece. Crece el lenguaje. Palabras largas. Conceptos impecables. Frases que suenan bien en el atril y mejor en el comunicado oficial.
“Fortalecer el sistema.”
“Garantizar espacios adecuados.”
“Reducir desigualdades territoriales.”
El problema es que las palabras, por sí solas, no corrigen las tendencias demográficas. La realidad no escucha discursos.
El ministerio y el mate
Mientras los números proyectan aulas cada vez más vacías, la burocracia educativa conserva su liturgia silenciosa. Los informes circulan lentamente. Los diagnósticos se archivan. Las decisiones esperan.
En las oficinas del ministerio el tiempo administrativo tiene su propio ritmo: el del expediente que avanza con paciencia y el del mate que se renueva con constancia. El agua caliente circula mejor que las reformas. Y así la política educativa se instala en una cómoda zona intermedia: reconoce el problema, pero evita el rediseño. Porque rediseñar implica cerrar carreras, reconvertir estructuras, discutir con sindicatos, admitir errores de planificación. Todo eso es infinitamente más difícil que cortar una cinta.
El dilema literario
Aquí es donde Collodi, si hubiese sido sanjuanino, habría tenido que tomar una decisión estética. Su personaje original funcionaba porque la mentira era visible. Pero en la política moderna la incoherencia rara vez adopta formas tan evidentes. Se diluye en discursos correctos, inauguraciones impecables y diagnósticos cuidadosamente administrados.
Por eso, tal vez, el escritor italiano habría sentido la necesidad de actualizar su personaje. No para exagerarlo. Para hacerlo más local.
Porque cuando un sistema educativo advierte que sobrarán alumnos y al mismo tiempo celebra la expansión de sus edificios, la metáfora literaria se vuelve inevitable.
En ese punto, el viejo muñeco de madera ya no estaría solo en la historia. Y el título del cuento —adaptado con precisión cuyana— probablemente habría cambiado apenas una letra. Ya no sería Pinocho. Sería Pinocha.
Nota final (abogado del diablo)
Y aquí conviene hacer la pregunta incómoda que siempre aparece cuando se habla de obra pública. Si la matrícula tiende a reducirse y aun así la construcción escolar continúa con intensidad —ahora financiada directamente con presupuesto provincial—, ¿no será que el incentivo principal ya no es pedagógico sino económico?














