No faltan chicos: sobran diagnósticos tardíos

Feb 1, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La baja natalidad no vacía las aulas por sí sola: lo hace un sistema educativo que se negó a planificar, siguió produciendo docentes sin alumnos y eligió postergar la realidad en lugar de reformarse.

El problema no es la baja natalidad.

El problema es que el sistema educativo sigue produciendo maestros como si los chicos fueran infinitos, como si la demografía fuera una opinión y no un dato, como si el tiempo pudiera congelarse a fuerza de discursos prudentes y advertencias sin consecuencias.

Esta afirmación —incómoda, poco diplomática, difícil de pronunciar desde un atril oficial— es el núcleo que la nota institucional elude. Prefiere el rodeo estadístico, la proyección a futuro, la retórica del “impacto que vendrá”. Se habla de natalidad como si fuera un fenómeno meteorológico: nacen menos chicos, cae la matrícula, nadie decide nada. El Estado observa. El problema se administra.

La ministra Silvia Fuentes advierte que la baja de nacimientos ya se nota en los jardines y que “golpeará con fuerza” a la secundaria. El verbo no es casual. Golpear supone un agente externo, una irrupción imprevista. Pero el sistema educativo no es una víctima desprevenida: es un engranaje que eligió no anticipar.

La escuela como fábrica silenciosa

Durante años, San Juan —como gran parte del país— expandió la formación docente como si la matrícula escolar fuera eterna. Profesorados abiertos, cohortes completas egresando, institutos funcionando a pleno rendimiento. Se celebró el crecimiento del empleo educativo como un mérito en sí mismo, sin formular la pregunta básica que cualquier técnico responsable habría hecho desde el primer día:

¿A quién van a enseñar?

Hoy, los números del informe de Argentinos por la Educación irrumpen como revelación tardía: en apenas cuatro años, la provincia podría perder más del 23% de su matrícula primaria. Más de quince mil chicos menos en las aulas. El dato es fuerte, sin duda. Pero el verdadero vacío estadístico está del otro lado de la ecuación: ¿cuántos docentes se siguieron formando mientras la base se achicaba?

Ahí no hay titulares.

Ahí no hay advertencias.

Ahí hay una maquinaria que siguió produciendo por inercia.

Administrar el síntoma

La respuesta oficial es previsible: no se construirán nuevos establecimientos, habrá ampliaciones puntuales, se coordinará con Infraestructura. Es decir, se corrige el tamaño del edificio, pero no el diseño del sistema. Se administra el síntoma, no la causa.

El Estado educativo se comporta como un organismo reactivo: cuando hay más chicos, abre aulas; cuando hay menos, las cierra. Nunca discute qué tipo de educación necesita una sociedad que cambia, ni qué hacer con un cuerpo docente formado para una realidad que ya no existe.

El futuro vuelve a ser el refugio perfecto. Todo se proyecta a 2030. El presente queda suspendido, diagnosticado, explicado. Nunca resuelto.

Sarmiento leído —y no aprendido

En 1884, Domingo Faustino Sarmiento, al entregar los diplomas a las primeras maestras argentinas, dejó una advertencia que hoy incomoda por vigente:

“No crean que porque son maestras saben leer. Piensen que deben siempre leer. Aprendan a leer.”

No hablaba de juntar letras. Hablaba de interpretar la realidad, de no confundir el cargo con la comprensión, el diploma con el criterio. Sarmiento advertía contra el peor vicio del sistema educativo: creer que el título reemplaza al pensamiento.

Un siglo y medio después, la frase duele porque describe con precisión a buena parte de la dirigencia educativa. Se leen informes, sí. Se citan porcentajes, también. Pero no se “lee” la realidad. Se la nombra, se la rodea, se la posterga. Como si el acto de mencionar un problema equivaliera a resolverlo.

Sarmiento pedía maestras que aprendieran a leer todo el tiempo. Hoy tenemos ministerios que saben pronunciar números, pero no interpretar consecuencias. El resultado es el mismo analfabetismo, apenas más sofisticado: se escribe planificación, se practica inercia.

La coartada demográfica

Culpar a la baja natalidad es cómodo. Libera responsabilidades. Presenta el problema como inevitable, ajeno, casi natural. Pero la demografía no sorprendió a nadie. Los datos estaban. Las tendencias eran claras. Lo que faltó no fue información: fue decisión política.

La pregunta que el discurso evita es brutal por su simpleza:

¿Tiene sentido seguir formando docentes al mismo ritmo cuando la población escolar se reduce?

Si la respuesta es no —como indican todos los números—, entonces el problema deja de ser biológico o cultural. Pasa a ser institucional, laboral y político.

Cuando el ministerio posterga, la realidad decide

Aquí aparece el problema de fondo: la ausencia de técnicos y estadistas reales en los ministerios. No asesores decorativos, no expertos para la foto. Técnicos que lean datos y estadistas que decidan con esos datos, aun sabiendo que el costo político será alto.

El técnico mide, proyecta, anticipa.

El estadista decide.

El burócrata —figura dominante— patea.

Incorporar técnicos reales implicaría decisiones que el sistema evita con disciplina: cerrar carreras sin demanda; reconvertir estructuras completas; admitir que se formó empleo sin alumnos; decir que el modelo cambió y no va a volver.

Eso exige una palabra prohibida: reforma.

El aula vacía como oportunidad negada

Una escuela con menos alumnos no es una tragedia inevitable. Podría ser una oportunidad histórica para mejorar la calidad, personalizar el aprendizaje, exigir más, abandonar la lógica de contención y recuperar la de formación real. Pero eso requiere abandonar el relato y asumir el diseño.

El problema no es que nazcan menos chicos.

El problema es que nadie quiso dejar de producir docentes como si nada hubiese cambiado.

Y ahora, cuando el aula queda en silencio, el sistema escucha —tarde— lo que siempre se negó a oír.

Mientras tanto, en las oficinas del Ministerio de Educación, en pleno horario de trabajo, las secretarías seguirán cebando mate. El agua caliente circula con más constancia que las decisiones. Los expedientes descansan. Las estadísticas esperan. El futuro se archiva en una carpeta con rótulo provisorio.

Afuera, las aulas se vacían.

Adentro, el tiempo se llena de pausas.

Porque, como advertía Sarmiento —y como nadie quiso aprender— leer no es pronunciar palabras: es entender lo que viene y actuar antes. Aquí, en cambio, la realidad siempre puede esperar un sorbo más.

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