Mientras el escenario se enciende y el presupuesto aparece sin límites, la producción que dio origen a la fiesta queda fuera de cuadro. Entre cantos oficiales, fotos prolijas, encuestas importadas y uva pagada a precio de burla, San Juan corre el riesgo de celebrar su propia desconexión con la tierra que la sostiene.
Hay algo que duele ver en San Juan cuando llega la hora del aplauso oficial. No por la música —que siempre es bienvenida— ni por la alegría compartida —que nunca sobra—, sino por el contraste obsceno entre el esfuerzo que nace en la tierra y el brillo que se celebra lejos de quien lo sostiene.
Un año entero de trabajo sin épica ni escenario. Heladas que no salen en la foto, granizo que no entra en el relato, riego contado gota a gota, poda paciente, desvelo permanente. Manos curtidas, espaldas cansadas, cuentas que no cierran y familias que aprenden a leer el cielo como si fuera un balance. Y al final del ciclo, cuando la uva por fin llega al camión, la cifra cae como una cachetada: 200 pesos por kilo. No es un precio; es una burla. No es mercado; es abuso. Una miseria normalizada que convierte meses de trabajo en una espera inútil.
Mientras tanto, en otro plano —más alto, más iluminado— el escenario se enciende. Un gobernador cantando, micrófono en mano, y a su alrededor funcionarios aplaudiendo con entusiasmo reglamentado, como si la gestión también se midiera en palmas. Sonrisas ensayadas, miradas cómplices, sincronía perfecta. Pantallas gigantes, coreografías impecables, fuegos artificiales y escenografía de primer nivel. Para la foto, el presupuesto siempre alcanza. La fiesta estalla, el aplauso lo cubre todo y, una vez más, lo esencial queda cuidadosamente fuera de cuadro.
No es un exceso aislado ni un error de cálculo. Es la misma lógica que ya se vio durante la campaña para la elección de diputados: cartelería invasiva, publicidad omnipresente, actos, logística aceitada, sonrisas repetidas hasta el cansancio. Cambia el decorado, no la prioridad. En campaña se gasta para ganar bancas; en la fiesta, para sostener imagen. En ambos casos, el dinero fluye con una naturalidad que jamás aparece cuando se trata de pagar mejor la uva, asistir al productor o sostener la economía real. Para verse, siempre hay recursos. Para producir, nunca alcanza.
Aunque este gobernador nos ha acostumbrado a repetir que San Juan está en ruinas, que heredó una provincia devastada y sin recursos, hay un detalle que nunca termina de cerrar. No hay denuncias concretas contra la gestión anterior, no hay auditorías que expliquen semejante catástrofe, no hay expedientes que respalden el relato. Pero sí hay gasto. Mucho gasto. Se gasta en campaña, se gasta en fiesta y se gasta en imagen. Se contratan encuestadoras porteñas, se pagan mediciones importadas, se alquilan locales en la costa, se compra validación externa. Se gobierna como si se hubiera heredado miseria, pero se administra como millonario. Y esa contradicción —declamar ruina mientras se financia el aplauso— no es un desliz discursivo: es un método.
La Fiesta Nacional del Sol nació, como toda celebración auténtica, del trabajo y de la esperanza. Nació para honrar una cultura que se levanta temprano, que conoce de sequías y de ciclos, que entiende que el sol no es un eslogan sino una condición. Pero hoy, demasiadas veces, parece un show que dejó afuera a quienes la hicieron posible. No por falta de invitación —que siempre llega—, sino por falta de centralidad. Están, pero no cuentan.
Porque el problema no es la celebración, sino la falta de coherencia en el gasto público. En una provincia donde la producción ajusta, donde el productor espera y el trabajador rural hace malabares para llegar a fin de mes, el derroche en escenografía, sonido, encuestas y protocolo no es neutro: es una decisión política. Una estética del éxito montada sobre una economía real que cruje. Es la política del evento cuando falta la política del precio justo. Es la foto perfecta financiada por una realidad que sigue esperando.
San Juan no necesita una fiesta que simule prosperidad. Necesita una fiesta que la exprese. Que el escenario no sea un telón que tape la realidad, sino un espejo que la devuelva con dignidad. Que el discurso no sea una promesa vacía, sino un compromiso medible. Que el aplauso no sea automático, sino merecido.
Que la Fiesta del Sol también sea justicia.
Que el brillo no encandile la verdad.
Que el centro vuelva a estar donde siempre estuvo: en la tierra, en la viña, en quienes trabajan sin corona pero con historia.
Porque si esto sigue así, San Juan no quedará como una provincia productiva ni como una comunidad que trabaja la tierra. Quedará reducida a una consigna turística. A una postal prolija. A “la tierra del sol”.
Una tierra que terminó sacrificando la vid para sostener una fiesta política, donde el gobierno suele cantar bajo las luces mientras el productor trabaja sin descanso, lejos del escenario y cerca del agotamiento. Un sol que alumbra micrófonos, pero no precios. Un sol que celebra el relato mientras seca la raíz.
Y cuando una provincia convierte su trabajo en decorado y su esfuerzo en fondo de escenario, deja de ser proyecto para convertirse en espectáculo.
Y si la minería en San Juan es parte central del discurso político, si aparece cada vez que hay que explicar recursos, futuro o crecimiento, entonces hay una pregunta que no puede seguir evitándose. No es estridente ni ideológica; es simplemente administrativa y democrática: ¿dónde están esas regalías, hacia dónde van y quién las controla?
No para alimentar sospechas, sino para despejarlas. Porque cuando el relato se vuelve permanente y la información escasea, el silencio también empieza a ser una forma de respuesta.














