Lima: aniversario, ocupación y la persistencia del olvido

Ene 18, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre celebraciones oficiales y memorias selectivas, Lima cumple años mientras evita mirarse en su espejo más incómodo: la derrota, la ocupación y la persistente corrupción político-militar que atraviesa su historia. Un ensayo sobre lo que se festeja, lo que se calla y lo que vuelve cuando la memoria se posterga.

Lima festeja hoy.

La ciudad se adorna con música criolla, balcones coloniales restaurados para la foto, postres virreinales que endulzan la nostalgia y discursos oficiales que confunden historia con postal. Son 491 años de la fundación española de la Ciudad de los Reyes, y el calendario —siempre obediente al poder— marca celebración.

Pero el calendario también calla.

Ayer, 17 de enero, apenas unos pocos recordaron una fecha incómoda, una de esas que no entran en el programa oficial ni en el repertorio turístico: el aniversario de la caída de Lima tras las derrotas de San Juan, Chorrillos y Miraflores, durante la Guerra del Pacífico.

La pregunta no es si Lima debe festejar. Las ciudades sobreviven celebrándose.

La pregunta es qué eligen recordar y, sobre todo, qué deciden olvidar.

Hace 145 años, Lima no celebraba. Lima resistía mal, se defendía peor y era gobernada por una dirigencia que confundía retórica con estrategia y patriotismo con improvisación. Tras las derrotas militares que abrieron las puertas de la capital, las tropas chilenas ingresaron a la ciudad y la recorrieron como quien inspecciona un botín largamente anunciado.

Durante casi tres años, la bandera del país del sur flameó en el mismo centro donde hoy se levanta el Palacio de Gobierno. Ese edificio —como casi todo en el poder— ha cambiado de nombre y de fachada, pero no siempre de lógica.

¿Cómo habrá sido aquella Lima de enero de 1881?

No la Lima del vals ni del anticucho festivo, sino la Lima ocupada.

La Lima del silencio forzado, de las bibliotecas saqueadas, de los hospitales convertidos en cuarteles, de la humillación cotidiana.

La Lima que aprendió, a la fuerza, que la derrota militar suele ser apenas el último acto de una derrota política mucho más antigua.

Porque ninguna ciudad cae solo por la fuerza del enemigo.

Las ciudades caen primero por la ineptitud de quienes las gobiernan.

La corrupción como antesala de la derrota

La corrupción político-militar que se vivía en Lima en tiempos de guerra parece no haber cambiado; apenas ha aprendido a disfrazarse mejor.

En aquellos años, mientras los soldados mal armados defendían posiciones imposibles y los civiles improvisaban patriotismo con lo que quedaba, una parte de la dirigencia negociaba, especulaba o simplemente huía con pasaporte otorgado por el enemigo. Había generales sin tropas, políticos sin patria y contratos sin moral. La derrota no fue solo militar: fue ética.

Los archivos hablan de pertrechos que nunca llegaron, de fondos desviados, de decisiones estratégicas tomadas más por conveniencia personal que por necesidad nacional. La guerra encontró a Lima gobernada por una alianza tóxica entre improvisación, corrupción y soberbia ilustrada. Se hablaba de honor mientras se vaciaban arsenales; se invocaba la República mientras se licuaba el Estado.

Esa Lima no cayó en San Juan ni en Miraflores.

Cayó antes, en los escritorios.

Lo inquietante es que ese esquema no pertenece solo al siglo XIX. Cambiaron los uniformes, las armas y los discursos, pero la lógica de la impunidad sigue intacta. Hoy ya no se pierden guerras territoriales del mismo modo, pero se pierden batallas institucionales todos los días: presupuestos inflados y mal ejecutados, compras opacas, jerarquías militares subordinadas al vaivén político y una dirigencia civil que utiliza a las Fuerzas Armadas como escenografía antes que como institución estratégica.

Ayer fue la ocupación extranjera; hoy es la ocupación del Estado por redes de intereses.

Ayer flameó una bandera ajena en el corazón de Lima; hoy flamean otras banderas, más discretas pero igual de persistentes: las del negocio, el cálculo electoral, la desmemoria.

El Palacio, las bazofias y la repetición

El Palacio de Gobierno sigue en el mismo lugar. Es una geografía obstinada. Por sus salones pasó la humillación de la ocupación, el boato de las repúblicas frágiles y la coreografía infinita del poder latinoamericano. Cambian los hombres, no el rito. Cambian los discursos, no el vacío.

Los políticos que permitieron aquella tragedia histórica —con su ceguera, su mezquindad y su incapacidad para leer el mundo que se venía— no son figuras lejanas ni piezas de museo. Se parecen demasiado a muchos de los que hoy, siglo y medio después, pugnan por ocupar el mismo palacio, el mismo sillón, la misma ilusión de poder.

Treinta y tantas candidaturas —bazofias, en su mayoría— se disputan hoy el futuro del Perú como si fuera un premio y no una responsabilidad. Hablan de modernidad, de crecimiento y de estabilidad mientras repiten los mismos errores estructurales: fragmentación política, desprecio por la historia, incapacidad para construir Estado.

Ninguno parece preguntarse seriamente qué significa gobernar un país que ya fue ocupado cuando sus élites corruptas fallaron.

La Guerra del Pacífico no fue solo una guerra perdida. Fue una radiografía brutal de un Estado débil, de una clase dirigente desconectada de su territorio y de una sociedad obligada a pagar el precio de esa desconexión. Recordarla no es un acto de resentimiento: es un ejercicio de lucidez.

Celebrar sin memoria

Pero la memoria incomoda. Y por eso se la reemplaza por celebraciones inofensivas, por aniversarios edulcorados, por una Lima congelada en el imaginario colonial, como si el tiempo se hubiera detenido en los balcones y no en las cicatrices.

Celebrar sin recordar es una forma elegante de repetir la historia.

Ayer fue 17 de enero y casi nadie lo mencionó. Hoy es 18 y la ciudad canta. Mañana será otro día y la política seguirá girando en su rueda de promesas recicladas. Mientras tanto, el Palacio permanece: testigo mudo de banderas que cambian y errores que persisten.

Lima cumple años.

La memoria, en cambio, sigue esperando.

Y la historia —que nunca se va del todo— observa en silencio, anotando fechas.

Feliz domingo, despistados.

Nota:

Este artículo nace a partir de un comentario de mi amigo, escritor y editor José Donayre. Dos palabras —bazofia y despistados— le pertenecen y se conservan deliberadamente como guiño, eco y homenaje a aquella conversación inicial que encendió la memoria.

Artículos relacionados

Ismael, el hijo del desierto

Ismael, el hijo del desierto

Antes de los misiles, del programa nuclear iraní, de las alianzas militares y de las fronteras modernas, hubo una familia dividida. No un ejército. Una familia. En el origen de una de las historias más influyentes de la civilización aparece Abraham, un hombre...

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Judas Iscariote y la primera criptomoneda

Antes del Bitcoin fueron treinta monedas. Una metáfora sobre la confianza, el dinero y el nacimiento del valor. Hay ideas que sobreviven porque son verdaderas. Y hay historias que sobreviven porque, aunque nunca hayan pretendido explicar la economía, terminan...

Cholo soy y no me compadezcas

Cholo soy y no me compadezcas

Cada vez que termina una elección en el Perú ocurre el mismo ritual. Lima observa el mapa electoral y descubre, una vez más, que existe otro país. Entonces aparecen las explicaciones rápidas. Que las provincias votan mal. Que Lima vive desconectada de la realidad. Que...

El partido que todavía no termina

El partido que todavía no termina

Hay partidos que duran noventa minutos y hay partidos que duran medio siglo. Argentina 6. Perú 0. Rosario, 21 de junio de 1978. Casi cincuenta años después, la pelota sigue rodando. Porque aquella noche no se jugó solamente un partido de fútbol. Se jugó una leyenda....

El Parlamento y los fantasmas de la impunidad

El Parlamento y los fantasmas de la impunidad

La historia peruana tiene una extraña costumbre; los muertos nunca terminan de irse. Permanecen en las montañas de Ayacucho, en los expedientes judiciales cubiertos de polvo, en las fotografías descoloridas que algunas madres todavía aprietan contra el pecho durante...

Del último cartucho al último soborno

Del último cartucho al último soborno

Hay instituciones que continúan existiendo aun después de haber perdido aquello que las justificaba. Conservan uniformes, himnos, ceremonias y desfiles. Mantienen intacta la escenografía del honor. Pero internamente algo ya se ha roto. La historia del militarismo...

El último inquisidor

El último inquisidor

Cada época tiene su herejía. Cada poder, su condena. El Vaticano acaba de lanzar una encíclica contra el tecnofascismo, los monopolios digitales y la colonización algorítmica de las conciencias. La crítica es aguda. El diagnóstico, necesario. Pero hay algo que el...

El vino sin alcohol ya no es moda: es estrategia

El vino sin alcohol ya no es moda: es estrategia

Consumo global, branding y reinvención del mercado vitivinícola Las grandes industrias nunca esperan que cambie el consumidor. Lo detectan antes. Lo estudian antes. Lo fabrican antes. Por eso el vino sin alcohol dejó de ser una rareza gastronómica para transformarse...

Perú elige lo que no puede comprender

Perú elige lo que no puede comprender

Cuando entender se vuelve privilegio, elegir deja de ser un acto libre y se convierte en una reacción aprendida. La ilusión de saber Mientras leía el artículo de Mónica Muñoz-Nájar, ocurrió algo más inquietante que el simple acto de informarme. Empecé a entender mejor...

La sierra vota, Lima decide

La sierra vota, Lima decide

Elecciones que no resuelven, apenas revelan La sierra no le da la espalda al país, le recuerda que la justicia nunca llegó a su altura. La escena electoral peruana vuelve con esa obstinación que no es democrática sino histórica. Cambian los nombres, rotan los...

Radiografía de un dios supuesto

Radiografía de un dios supuesto

Vaticano en transición Cuatro papas, una misma estructura, una pregunta que persiste: cuando lo divino se administra como poder… ¿qué queda de Dios y qué empieza a parecerse demasiado a un sistema? La muerte no siempre silencia. A veces ordena el ruido. Y en ese orden...