Marchan contra un imperio lejano mientras evitan mirar la vereda propia: una izquierda de consignas importadas, cómoda en la épica ajena y silenciosa ante la pobreza, el trabajo precario y el deterioro cotidiano de San Juan. Mucho megáfono, poca realidad.
Llamarlos izquierda sanjuanina es, siendo generosos, un exceso semántico. No por crueldad semántica, sino por precisión: lo que hoy se presenta como izquierda es, en rigor, un puñado de ex peronistas revolucionarios confundidos, varados en un limbo de tiempo e ideología donde las palabras sobreviven aunque las ideas ya no estén. Alguna vez intentaron leer el primer capítulo de El Capital; lo dejaron a mitad de camino, cuando descubrieron que pensar exige algo más que indignarse en voz alta.
Aquí no hay marxismo, ni socialismo crítico, ni tradición intelectual reconocible. Hay folclore político. Una izquierda de superficie, de cartel pintado a las apuradas, que funciona por reflejo: cualquier noticia internacional sirve para cortar una calle, convocar una radio abierta y ensayar una épica que no resiste dos preguntas seguidas. Pensar cansa; repetir consigna descansa.
La reciente movilización en San Juan en repudio a la captura de Nicolás Maduro desnuda ese mecanismo con crudeza. No importa quién sea el personaje ni qué haya hecho. No importan los informes de organismos internacionales, las denuncias por violaciones sistemáticas a los derechos humanos ni el éxodo de millones de venezolanos. Lo único relevante es que el episodio permita gritar “imperialismo” y ocupar el espacio público por unas horas. La causa es lo de menos; el escenario, lo esencial.
Esta izquierda no piensa el conflicto: lo usa.
Viven —literal o simbólicamente— de los planes sociales, o del otro sostén clásico del progresismo de utilería: el artista subvencionado por el Estado, convencido de que toda ayuda pública es un derecho adquirido y toda auditoría, una herejía neoliberal. Desde esa comodidad, la revolución siempre es discursiva y jamás personal. Nunca empieza por revisar privilegios propios; siempre arranca señalando enemigos lejanos, preferentemente en otro continente.
El problema no es que marchen. El problema es por qué marchan y por qué callan. Marchan por Caracas, pero guardan un silencio prolijo frente a la pobreza estructural en los departamentos sanjuaninos. Denuncian al “imperio”, pero no dicen una palabra sobre la precarización laboral local. Hablan de derechos humanos en abstracto, pero evitan incomodar a cualquier poder real que les garantice continuidad, recursos o micrófono.
La plaza —esa misma Plaza 25 de Mayo que pisan con gesto solemne— se transforma en escenario. No es un espacio de deliberación democrática, sino un set donde se representa una obra conocida: consignas recicladas, enemigos previsibles, aplausos entre convencidos. No hay debate; hay liturgia. No hay argumentos; hay ritual.
La autodenominada izquierda sanjuanina comparte, además, un rasgo decisivo: la pereza intelectual. Todo se reduce a categorías simples, binarias, cómodas. Si Estados Unidos aparece en la escena, el análisis termina ahí. No hay interés en comprender procesos complejos, tensiones internas, responsabilidades locales o contradicciones del régimen defendido. Pensar cuesta; repetir no.
Por eso el rechazo automático a los “medios hegemónicos” resulta tan funcional. No es una crítica al sistema de comunicación; es un atajo para no discutir hechos. Todo dato incómodo se descarta como operación. Toda evidencia contraria se invalida por su origen. Así, la realidad deja de ser un problema y la consigna vuelve a quedar a salvo.
Esta izquierda no representa a los trabajadores, ni a los pobres, ni a los jóvenes. Se representa a sí misma. A su necesidad de seguir existiendo políticamente, aunque sea como minoría ruidosa. Su capital no es la propuesta; es el conflicto permanente. Sin tensión, sin enemigo externo, sin calle cortada, se diluyen como pintura barata bajo el sol.
En una provincia donde sobran problemas reales y faltan soluciones concretas, esta izquierda opera como ruido de fondo: mucho volumen, poca sustancia; mucha épica importada, nula autocrítica. Mucha indignación selectiva, cero compromiso con lo cotidiano.
No es izquierda. Es una izquierda que no piensa, sostenida por subsidios, planes y consignas heredadas que ya no explican el mundo ni mejoran la vida de nadie. Y mientras sigan creyendo que militar es repetir y marchar es pensar, seguirán siendo lo que hoy son: una caricatura montonera de museo, solemne, convencida de su pureza, incapaz de mirarse al espejo sin romperlo.














