El suelo que decide en silencio: Zona Franca de Jáchal y el poder invisible de la tierra

Dic 21, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Tras más de treinta años de espera, la Zona Franca de Jáchal avanza. Pero el dato decisivo quedó fuera del festejo: el terreno será de dominio provincial. No es un tecnicismo jurídico; es una definición política que condiciona la gobernanza, el arraigo y el impacto real del proyecto en el territorio.

Hay decisiones que se anuncian con bombos y platillos y otras que se toman en voz baja, como quien corre una silla sin hacer ruido para no despertar a la casa. La expropiación del terreno para la Zona Franca de Jáchal pertenece a esta segunda categoría. Se celebró el avance, se contaron los votos, se subrayó la espera de treinta años. Pero el dato decisivo —ese que rara vez entra en los titulares— quedó al margen: el suelo será provincial, no municipal.

No es un tecnicismo.

Es una definición política.

Y como toda definición política, ordena el futuro.

Meses atrás, cuando la zona franca todavía era una promesa administrativa y no una ley sancionada, advertí en un artículo Zona Franca Jáchal: Municipio ausente, futuro en riesgo que el principal peligro no estaba en la demora ni en la falta de aval nacional, sino en la exclusión del municipio de las decisiones estructurales. Aquella advertencia no fue una consigna ni un gesto coyuntural: fue una lectura territorial. Hoy, con el dominio provincial del suelo ya definido, esa advertencia se confirma. Adornado o no el debate, el fondo era el mismo.

El suelo no es un detalle: es el argumento

En los mapas, el terreno aparece como una mancha beige junto a la Ruta 150. En los discursos, como una promesa logística. En la práctica, el suelo es poder condensado. Quien posee la tierra decide el ritmo, el sentido y el alcance del proyecto. Decide qué entra, qué sale y, sobre todo, quién decide.

Que el predio no pertenezca al municipio de San José de Jáchal implica una cesión silenciosa: el territorio pone el cuerpo; la Provincia, la cabeza. Jáchal aloja; San Juan capital administra. No es una anomalía institucional: es un esquema antiguo, conocido, casi costumbrista en la historia argentina, donde la periferia funciona como escenario y el centro como director.

No hay gritos.

No hay conflictos abiertos.

Hay orden administrativo.

Y también hay desplazamiento.

Cuando acompañar no es gobernar

Cuando la tierra es municipal, el intendente no solo corta cintas: condiciona. Puede exigir empleo local, articular el crecimiento urbano, integrar proveedores, ordenar servicios, anticipar impactos sociales. Cuando la tierra es provincial, el municipio acompaña. Son verbos distintos.

Acompañar no es gobernar.

Aquí aparece uno de los nudos más delicados del proyecto: la Zona Franca avanza como herramienta estratégica, pero con un municipio reducido al rol de receptor. Se lo informa, se lo convoca a actos, se lo menciona como beneficiario, pero no se lo integra como corresponsable. Y el desarrollo que no se gobierna localmente, se administra desde afuera.

El proyecto escritorio y la distancia

Las decisiones provinciales se toman lejos del polvo, del viento zonda y de las calles que se vacían cuando cae la tarde. Se toman en oficinas donde la logística es un power point y la minería, una proyección de divisas.

Ese es el riesgo del proyecto escritorio: cerrar números antes que abrir territorio. La Zona Franca puede terminar respondiendo más a la lógica macro —minería, grandes operadores, tránsito— que a la economía real jachallera: pymes, transporte regional, servicios locales. No por mala fe, sino por distancia.

La distancia siempre piensa distinto.

El desarrollo no se terceriza

La futura licitación para definir al operador privado será necesaria. Nadie discute la necesidad de inversión, conocimiento logístico y visión empresarial. Pero delegar la gestión no puede significar abdicar de la orientación.

La experiencia de otras zonas francas en el país lo demuestra: cuando el Estado local se limita a mirar desde afuera, las decisiones responden exclusivamente a criterios de rentabilidad. El resultado suele ser un enclave fiscal eficiente, pero poco integrado al territorio, con bajo impacto en el empleo y escasa diversificación productiva.

Uno de los objetivos centrales de toda zona franca es el desarrollo de la zona donde se edifica. No solo atraer inversiones o facilitar operaciones aduaneras, sino transformar el territorio que la alberga. Ese objetivo pierde sentido si no existe control y participación municipal efectiva, porque es el municipio el que conoce el suelo, la trama social, la infraestructura disponible y las necesidades reales de su comunidad. Sin ese control local, la zona franca puede funcionar; pero difícilmente desarrollará. El crecimiento sin gobierno territorial no es desarrollo: es tránsito.

Sin un municipio con asiento real —no solo en la comisión de vigilancia, sino en las mesas previas donde se define el uso del suelo y el perfil productivo—, la Zona Franca corre el riesgo de funcionar sin transformar.

Quién captura la renta cuando la tierra no es tuya

Aunque las zonas francas gozan de beneficios fiscales, el dominio del suelo habilita negociaciones laterales: infraestructura, servicios, compensaciones urbanas, inversiones colaterales. El municipio sin tierra negocia desde la fragilidad. Depende del gesto, del acuerdo, de la foto.

Con suelo municipal, la Zona Franca podría ser palanca para caminos, viviendas, transporte, capacitación y ordenamiento urbano. Con suelo provincial, esas palancas existen, pero no están en manos locales.

La renta circula.

El control, no.

Treinta años para llegar, un error para volver a empezar

Después de tres décadas de promesas incumplidas, el mayor riesgo no es que la Zona Franca fracase, sino que se despegue del lugar que le da sentido. La historia argentina está llena de infraestructuras que funcionaron sin transformar. De polos productivos que exportaron riqueza e importaron desigualdad.

Una Zona Franca sin anclaje municipal fuerte es como un tren sin estación: pasa, acelera, hace ruido… y sigue de largo.

El suelo como identidad

Las zonas francas más exitosas no solo despachan mercadería: construyen identidad. Son parte del relato del lugar. Cuando la tierra es municipal, la Zona Franca es “nuestra”. Cuando es provincial, es “la de ellos, acá”.

La diferencia parece mínima.

Es cultural.

Y la cultura, cuando se descuida, factura con intereses.

Cuando el suelo manda y la política debe escuchar

La Zona Franca de Jáchal es necesaria. Urgente. Estratégica. Pero el suelo decide en silencio. Y hoy decidió que el poder quede lejos del polvo que lo va a sostener.

El desafío —advertido a tiempo y hoy confirmado por los hechos— es corregir esa asimetría: co-gobernanza real, cláusulas de desarrollo local y participación municipal vinculante.

Porque una Zona Franca puede nacer por ley provincial.

Pero solo echa raíces cuando el territorio la siente propia.

Y hay algo más que debe decirse sin rodeos: hay decisiones que deben dejar de lado el color político. En una democracia madura, los gobiernos no imponen: concertan. Cuando se trata de desarrollo estructural, de territorio y de futuro, decidir sin el otro no es gobernar; es administrar poder de forma incompleta.

Esto es lo que debe quedar establecido: las grandes decisiones no pueden ser patrimonios partidarios. Deben ser acuerdos previos, construidos entre niveles del Estado, con el municipio sentado a la mesa antes —no después— de que el expediente esté cerrado. Porque en democracia, las decisiones importantes son conjuntas o no son duraderas.

Y hay un último detalle que no debería pasar inadvertido. La expropiación se firma a días de la Navidad. Mientras se reparten deseos de paz, unidad y buenos augurios institucionales, el suelo cambia de manos en silencio. Sin conflicto, sin debate profundo, sin mesa amplia. La tierra —que no entiende de villancicos ni de slogans— vuelve a recordar que el poder prefiere los momentos en que nadie quiere discutir.

Tal vez sea una casualidad del calendario.

O tal vez una costumbre política: decidir cuando el ruido baja y la atención se dispersa.

En cualquier caso, feliz Navidad. Que el brindis no confunda: el desarrollo no se celebra, se construye. Y cuando se construye sin todos, no es futuro compartido: es administración prolija de una decisión incompleta.

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