Cuando esperar también mata: El umbral de la cesárea ante el fallo que condena a la obstetra Daniela Verónica Saldívar

Dic 20, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

(Ensayo médico-legal)

Si bien mi carrera era el Derecho, la Medicina Legal —y, dentro de ella, la obstetricia— terminó ocupando un lugar inesperado y persistente en mi vida universitaria. Tal vez porque allí el derecho dejaba de ser una abstracción normativa para encarnarse en cuerpos concretos; porque la ley, de pronto, no se discutía en códigos sino en minutos; porque la responsabilidad ya no admitía interpretaciones retóricas sino consecuencias irreversibles. La obstetricia me fascinó por eso: por su orden severo, por su criterio clínico casi geométrico, por esa frontera donde el tiempo manda más que cualquier buena intención.

No me interesaba la obstetricia celebratoria del nacimiento, sino su reverso austero: el del límite, el del umbral de decisión, el del instante exacto en que acompañar deja de ser prudente y pasar a intervenir se vuelve obligatorio. En las clases de medicina legal, los manuales eran claros hasta la crueldad pedagógica: si el parto no progresa, se interviene; si hay riesgo fetal, se termina el parto; si el tiempo se estira, el daño se acumula. No había épica. Había criterio. Y había deber.

Ese aprendizaje —jurídico y médico a la vez— vuelve con fuerza al leer el fallo que condena a la obstetra Daniela Verónica Saldívar Ozán por la muerte del recién nacido Lorenzo. No como una cacería contra la medicina, sino como la reafirmación de una verdad incómoda que la práctica a veces prefiere esquivar: cuando el protocolo se posterga, la omisión también decide.

La obstetricia como ciencia de frontera

La obstetricia trabaja siempre al borde. No con órganos aislados, sino con dos vidas simultáneas. No con certezas, sino con probabilidades que envejecen minuto a minuto. Por eso no tolera la indecisión prolongada. El cuerpo no negocia con el tiempo; la hipoxia no espera explicaciones.

El juez Alberto Caballero no juzgó una fatalidad inevitable. Juzgó algo más perturbador: la renuncia al umbral de decisión. Ese punto preciso en el que el protocolo deja de ser sugerencia y se convierte en mandato. Ese momento en el que el médico ya no acompaña el proceso: lo conduce o responde por él.

La dilatación detenida durante horas. El feto enclavado en plano I. El monitoreo incompleto. El tiempo acumulándose como sedimento biológico. Todo estaba escrito en la historia clínica como una advertencia sin adjetivos. Y, sin embargo, se esperó.

El mito persistente de “aguantar un poco más”

En obstetricia existe una frase que no figura en los manuales pero circula en las guardias con la naturalidad de un reflejo aprendido: “aguantemos un poco más”. A veces se disfraza de humanización del parto. A veces se ampara en lecturas parciales de recomendaciones internacionales. A veces se pronuncia con genuina buena fe. Pero siempre encierra la misma tentación: evitar la cesárea.

Aquí aparece una verdad que el mundo médico conoce y rara vez confiesa: una cesárea realizada luego de horas de trabajo de parto es más compleja, más demandante, más ingrata para el equipo. Hay edema de tejidos, descenso fetal profundo que dificulta la extracción, mayor riesgo hemorrágico, cansancio acumulado. La cirugía deja de ser técnica y se vuelve resistencia.

Ese dato —estrictamente clínico— pesa en la decisión. Y a veces pesa más de lo que debería.

Desde la medicina legal, esa incomodidad no tiene valor exculpatorio. El derecho no pregunta si la cesárea era cómoda. Pregunta si era necesaria. Y cuando lo es, no hay espera que la justifique.

El protocolo cuando deja de ser amable

El protocolo obstétrico tiene algo de tiranía ilustrada. No negocia con la épica personal del profesional ni con su fatiga. Exige. Marca. Obliga. Y cuando se incumple, no admite relatos compensatorios.

La sentencia lo expresa con una claridad casi didáctica: el riesgo era previsible, el daño era evitable y la omisión fue determinante. No hubo mala suerte. Hubo demora. Y en obstetricia, la demora también mata, aunque lo haga sin estridencia ni titulares.

La analgesia en un parto estancado, el monitoreo deficiente, la utilización de maniobras hoy cuestionadas o directamente desaconsejadas no son errores aislados. Son síntomas de una misma patología profesional: el miedo a cerrar el proceso.

La posición de garante: decidir también es responder

El concepto jurídico de posición de garante incomoda porque no se refugia en la intención. Coloca al profesional frente a un espejo sin indulgencia: si podía evitar el daño y no lo hizo, responde.

No hay pandemia, institución colapsada ni contexto adverso que diluya esa obligación. El parto ocurrió en el Hospital Guillermo Rawson, pero podría haber ocurrido en cualquier sala pública o privada del país. Cambia el escenario; no cambia el deber.

Ciencia antes que consuelo

La pericia forense fue implacable, como lo es siempre la biología cuando se la interroga sin indulgencia. Hipoxia severa. APGAR crítico. Asistolia. Necrosis isquémica global.

La muerte no fue un rayo súbito. Fue un proceso progresivo, medible, advertible, evitable.

El derecho penal no castiga la mala suerte. Castiga la mala decisión. O, peor aún, la no decisión.

Volver a la universidad

Este fallo no debería leerse como una amenaza al acto médico, sino como una reivindicación de su núcleo más austero. La obstetricia no es un espacio para el heroísmo tardío ni para la espera romántica. Es una disciplina donde decidir a tiempo es un acto ético.

Volver a la universidad —no como trámite, sino como ejercicio intelectual— no es un reproche. Es recordar que el conocimiento no se congela en el título, que los protocolos no son sugerencias y que la cesárea no es un fracaso profesional, sino una herramienta creada precisamente para cuando el parto deja de ser seguro.

Porque, al final, entre el derecho y la medicina legal aprendí una lección que no envejece: la cesárea puede ser incómoda para el médico; la hipoxia no concede segundas oportunidades.

Y ese umbral —el de decidir— es el verdadero examen que la obstetricia toma todos los días.

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