El día que Marcelo Arancibia terminó de leer El hombre rebelde

Dic 15, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Camus, el asado y veinte años de silencio en San Juan

Hay libros que no se terminan cuando se cierra la última página. Continúan en la conciencia, se filtran en la memoria, se vuelven gesto. El hombre rebelde, de Albert Camus, no fue escrito para consolar a nadie: fue escrito para incomodar. Para obligar a quien lo lee a preguntarse hasta dónde está dispuesto a obedecer sin protestar.

Imagino —y no hace falta demasiada imaginación— el momento en que Marcelo termina de leer ese libro. No hay solemnidad ni épica. No hay revelación mística. Solo una certeza seca, difícil de esquivar: callar un poco más sería aceptar demasiado.

En San Juan, esa lectura llega después de veinte años.

La escena que explica el presente

Vuelvo a un recuerdo que durante mucho tiempo no supe interpretar. Un asado. Nada extraordinario. Carne, vino, charla medida. Lo verdaderamente extraordinario eran los invitados: peronistas y orregistas sentados a la misma mesa cuando Sergio Uñac aún era gobernador y Marcelo Orrego todavía no lo era, pero ya orbitaba el poder.

No se hablaba de denuncias.

No se hablaba de auditorías.

No se hablaba del pasado.

Se hablaba del clima, de la vendimia, de la provincia “ordenada”. Se hablaba del futuro sin revisar el pasado. Porque revisar el pasado rompe la mesa.

Camus advertía que el verdadero escándalo no es la injusticia visible, sino la complicidad tranquila. Esa forma civilizada de la impunidad que no necesita amenazas ni órdenes, solo tiempo y costumbre.

Ese asado fue eso: un pacto sin firma.

Veinte años no son una casualidad

José Luis Gioja gobernó San Juan entre 2003 y 2015. Sergio Uñac lo hizo entre 2015 y 2023. Dos décadas exactas de continuidad política. No idéntica, no monolítica, pero unida por un rasgo común: la ausencia de una revisión profunda del poder.

No hubo ruptura.

Hubo relevo.

El giojismo construyó el andamiaje del poder prolongado. El uñaquismo lo administró con prolijidad institucional. Entre ambos consolidaron algo más peligroso que una irregularidad puntual: la certeza íntima de que nada iba a pasar.

Camus habría llamado a esto el absurdo organizado: un sistema que sigue funcionando aun cuando ha perdido el sentido de la justicia. Se pagan deudas sin obras. Se inauguran relatos sin resultados. Se acumulan expedientes sin consecuencias.

El acueducto como confesión tardía

El Acueducto Gran Tulum no es el origen del problema. Es su confesión tardía.

Cien millones de dólares de deuda.

Veinte años de pagos.

Una obra inconclusa.

Caños que no están o que no sirven.

No es solo un daño económico. Es una revelación moral: durante años se gobernó sin la obligación real de explicar. Y explicar implica asumir responsabilidades. Y asumir responsabilidades implica romper pactos.

Por eso la denuncia de Marcelo Arancibia no irrumpe como un gesto judicial aislado, sino como un acto de rebelión cívica. No promete justicia inmediata. Promete algo más incómodo: romper el silencio.

Camus escribió que el rebelde no destruye: detiene. Marca un límite. Dice hasta acá cuando todos los demás prefieren seguir conversando.

Ahora entiendo el silencio

Ahora entiendo por qué el gobierno actual no investiga con decisión.

Ahora entiendo la prudencia exagerada.

Ahora entiendo la mirada siempre orientada hacia adelante.

Porque investigar en serio no sería revisar solo al uñaquismo. Sería romper un acuerdo previo. Sería admitir que aquel asado no fue inocente. Que hubo una decisión política —no escrita— de no hurgar demasiado.

El pasado no se investiga cuando el pasado todavía comparte mesa.

La impunidad no siempre se construye con amenazas. A veces se cocina a fuego lento, con vino, con risas medidas, con la promesa tácita de que nadie va a tirar del mantel. El poder aprende rápido que el conflicto incomoda y que la armonía —aunque sea falsa— rinde mejor.

Camus advertía que cuando el poder se vuelve razonable, la rebelión parece de mal gusto.

¿Cuánto más hay que descubrir?

Esta es la pregunta que el poder evita.

Porque si durante veinte años no se revisó nada a fondo, el problema no es una obra: es el método. Si una deuda de cien millones pudo avanzar sin controles reales, la pregunta no es quién firmó, sino quién miró para otro lado.

¿Cuántas obras más?

¿Cuántas licitaciones hechas a medida?

¿Cuántos informes durmiendo en cajones?

Camus decía que cuando la verdad aparece demasiado tarde, ya no indigna: avergüenza. Y la vergüenza es el sentimiento político más difícil de administrar.

Después del no

El hombre rebelde no es un llamado a la violencia. Es un llamado al límite. A comprender que no todo vale, que no todo se hereda, que no todo se perdona.

En San Juan, ese límite llega tarde, pero llega.

La Justicia tiene ahora un expediente.

La política tiene una deuda con la verdad.

La sociedad tiene una responsabilidad nueva: no volver a acostumbrarse.

Porque si después de veinte años la pregunta sigue siendo “¿cuánto más hay que descubrir?”, tal vez la respuesta sea la más incómoda de todas: todo.

Y esta vez, mirar para otro lado ya no es una opción.

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