En San Juan ocurre un fenómeno meticulosamente calculado: el Gobierno repite —con una devoción que ya bordea lo litúrgico— que recibió caos, crisis, deudas ocultas, irregularidades, un Estado devastado.
Pero cuando uno consulta el tablero judicial, el resultado es más ruidoso que un silencio: no hay denuncias del Ejecutivo, no hay auditorías con destino a un juez, no hay una sola imputación impulsada desde adentro del poder.
Es el síndrome del político que grita “¡incendio!” mientras esconde el balde vacío detrás de la puerta.
El discurso del caos como escudo, no como evidencia
Desde el primer día, Orrego construyó su narrativa con tres palabras gastadas: crisis, herencia, desastre.
Le funcionó. Y durante un tiempo, hasta generó cierta simpatía.
Ese discurso cumple dos funciones elementales:
1. Absuelve al Gobierno de sus propios tropiezos.
2. Se deslinda el orreguismo del uñaquismo sin necesidad de romper nada.
Pero incluso el mejor guion tiene vencimiento.
Y este empieza a oler a frase rehecha, a excusa tibia, a argumento estirado como chicle barato.
El silencio judicial que preocupa más que mil gritos
Mientras se invoca el “caos heredado”, la realidad —esa señora obstinada— dice lo contrario:
- No se presentó una denuncia por malversación.
- Ni una por irregularidades en obra pública.
- Ni una auditoría externa llegó a tribunales.
- Ni un funcionario del período anterior fue señalado formalmente.
Nada.
Ningún nombre.
Ningún expediente.
Ninguna acción de gobierno.
Es un escándalo sin acusados.
Una historia sin villanos.
Un relato sin columna vertebral.
El Acueducto Gran Tulum: la denuncia que incomoda al oficialismo
La única causa seria de los últimos meses no salió del Gobierno, sino de Marcelo Arancibia, abogado del GEN.
Y su denuncia no es un papel suelto: señala sobreprecios, direccionamientos, intermediarios con comisiones y un perjuicio potencial que podría equivaler a los USD 100 millones del crédito kuwait.
El quilombo es monumental.
Pero, una vez más, no fue Orrego quien lo denunció.
Y entonces surge la pregunta incómoda: si el acueducto era una de “las pruebas del caos”, ¿por qué el Gobierno no lo dijo primero?
El silencio como estrategia: cálculo, temor y conveniencia
El orreguismo no denuncia, y no por ingenuidad.
Hay tres razones políticas tan simples como brutales:
A. No romper pactos invisibles con sectores del peronismo
Gobernar en minoría obliga a tragar saliva.
Una denuncia fuerte podría quemar los pocos puentes que sostienen la gobernabilidad.
B. No abrir archivos que podrían salpicar a la gestión actual
Para denunciar el pasado, primero hay que mostrar las costuras del presente.
Y nadie quiere que se vea su propio desorden.
C. No correr el riesgo de que la pericia técnica revele responsabilidades compartidas
Las obras heredadas tienen esa mala costumbre: si están mal hechas, comprometen a quien las inició… pero también a quien las continúa.
El relato sin acción empieza a desmoronarse
La sociedad ya empezó a notar la discordancia:
- Si había tanto caos… ¿dónde están las denuncias?
- Si el daño era tan grande… ¿por qué no se actuó desde el primer día?
- Si todo estaba devastado… ¿por qué la Justicia no tiene ningún expediente del Gobierno?
El discurso del “caos heredado” se está quedando sin aire.
Ya no funciona como diagnóstico: funciona como coartada.
Y las coartadas políticas tienen una vida útil más corta que la paciencia de un votante.
El límite del relato y la pregunta inevitable
El Acueducto Gran Tulum es una tragedia con estética de expediente:
- deuda externa,
- obra inconclusa,
- proveedores sospechosos,
- fotos incómodas,
- comisiones extraviadas,
- familiares del poder en el medio.
Por eso la pregunta es ineludible:
Si todo esto era tan grave, ¿por qué Orrego no denunció antes?
Si se suma ahora como querellante, desata un terremoto.
Si se mantiene al margen, queda como un espectador del caos que él mismo declamó.
En ambos casos, su narrativa pierde musculatura.
Moral provisoria de un caos permanente
Y así seguimos:
Con una provincia que paga deudas por obras que no funcionan.
Con un Gobierno que se victimiza más que gobierna.
Con una oposición que denuncia más que el oficialismo.
Y con un relato heredado que ya ni convence ni conmueve.
Pero no se preocupen, todo bajo control:
Todo está mal, es un caos heredado…
¡Así que festejemos tranquilos en la Fiesta del Sol!
(Brillará la fiesta, aunque no corra el agua. Brillará el relato, aunque ya no lo crea nadie.)














