La liturgia del despilfarro II: donde Milei dice “no hay plata” y San Juan responde “excepto para la fiesta”

Dic 6, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Hay frases que nacen para la eternidad política.

Cuando Milei abrió su gobierno diciendo “No hay plata”, el país entero creyó escuchar el parte oficial de una economía deshidratada. A los pocos días lo repitieron gobernadores, intendentes, concejales, tesoreros municipales, secretarios de cultura y subsecretarios de nada: “No hay plata.”

Pero algo misterioso ocurrió entre esa frase y la realidad: mientras los hospitales ajustaban, las escuelas recortaban y los vecinos contaban monedas como si fueran reliquias, los escenarios crecían como hongos después de la lluvia.

Y uno entendió que, en Argentina, aun en la crisis más aguda, sobrevive un rubro que jamás conoce la austeridad: las fiestas.

Porque sí, estimado lector: no hay plata para salarios, cloacas, agua, rutas, ambulancias ni obras… pero siempre hay plata para la fiesta.

Eso, en política, se llama prioridad estratégica.

El milagro fiscal de las luces: cuando el déficit desaparece bajo un reflector

En Jáchal, San Juan, Santa Lucía, Pocito, y en cada rincón del país donde la pobreza se esconde debajo de una mesa de plástico, el mensaje oficial es siempre el mismo:

“No hay plata.”

Pero basta acercarse a cualquier fiesta patronal para presenciar un fenómeno económico digno de tesis doctoral: cuando aparece un escenario, el presupuesto se multiplica como los panes bíblicos.

El “no hay plata” muta a “hay un remanente para cultura”.

El “estamos ajustando” se convierte en “es por la identidad del pueblo”.

El “recién cobramos el mes pasado” se transforma en “es una inversión en turismo”.

Y los números, que jamás cierran para un comedor escolar, sí cierran milagrosamente para contratar a un artista, tres pantallas, dos drones y la corona de la reina local.

El gobernador sonríe.

El intendente aplaude.

El político respira: la fiesta es su arma de campaña.

No falla. No se audita. No necesita explicaciones técnicas.

Solo necesita público.

Milei predica ajuste; los intendentes predican escenario

El Presidente repite como un mantra: “No hay plata.”

Lo dice en cadena nacional, en conferencias, entrevistas, redes, almuerzos de trabajo y —según cuentan— hasta en sueños.

Los gobernadores lo imitan.

Los intendentes lo copian.

Los concejales lo declaman como si fuera poesía gauchesca.

Pero basta que se acerque diciembre o un aniversario patrio para que la frase revele su verdadero sentido:

“No hay plata… pero hay que hacer la fiesta.”

Es admirable: la inflación destruye todo, pero las fiestas sobrevivieron a todas las crisis económicas, políticas, ideológicas y climáticas.

Son el fósil viviente de nuestra democracia sentimental.

Y allí el político, aun con el alma en default, encuentra su única certeza: un buen escenario compra lo que la gestión no puede.

La fiesta como campaña, la campaña como anestesia

El secreto es viejo: una fiesta bien organizada puede reemplazar años enteros de gestión mediocre.

Las luces distraen, la música convence, el show enamora, la reina emociona, las redes multiplican.

El intendente aparece, saluda, posa, promete, sonríe… y el pueblo —cansado, castigado, confundido— acepta esa ilusión como quien toma un vaso de agua en medio del desierto, sin preguntar de dónde salió ni cuánto costó.

Luego vuelve la realidad: la tarifa impagable, el agua turbia, el basural vivo, el sueldo evaporado.

Pero por unos días, la fiesta funciona como analgésico, como amnesia colectiva, como opio lícito del electorado.

Y en esa anestesia se esconde la herramienta más potente de cualquier político sin gestión: la fiesta como campaña multimodal, financiada por todos, rentada por pocos, celebrada por ninguno.

San Juan, laboratorio de la fiesta eterna

Aquí las fiestas no se discuten: se naturalizan.

Jáchal se queda sin agua, pero jamás sin artesanos.

Santa Lucía se queda sin cloacas, pero nunca sin coronas.

Pocito se queda sin obras, pero siempre con pólvora.

La provincia se queda sin salarios dignos, pero jamás sin escenario.

El político provincial ya no gobierna:

Produce.

Dirige.

Ilumina.

Canta.

Es un showrunner del erario público.

Y el pueblo observa, a veces maravillado, a veces resignado, a veces enojado, pero siempre convocado.

Porque las fiestas, como los impuestos, no se consultan: se pagan.

El truco más antiguo, el país más nuevo

Milei insistirá una y mil veces: “No hay plata.”

Y tendrá razón: no la hay.

O mejor dicho: no la hay para lo urgente.

Pero los políticos —viejos, nuevos, libertarios, orregistas, peronistas, radicales, municipales, provinciales, nacionales— coinciden en una fe que sobrevive incluso al ajuste más radical: si se apaga todo, que no se apaguen las luces del escenario.

Porque allí, y solo allí, encuentran el único consenso verdadero de la política argentina:

Cuando falta gestión, se gobierna con fiesta.

Cuando falta obra, se gobierna con música.

Cuando falta futuro, se gobierna con un artista invitado.

Y así, una vez más, el país entero repite la verdad más amarga y más antigua que hemos heredado:

No hay plata.

Pero siempre hay circo.

Pan y circo.

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