Cuando el mapa parece desolado: por qué las empresas mueren, renacen o se transforman

Dic 4, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Una lectura menos emocional —y más adulta— del libre mercado, donde cada cierre es también el prólogo de otra apertura, y donde los trabajadores no son víctimas pasivas sino actores capaces de reconvertirse.

Hay titulares que parecen diseñados para desanimar incluso al más optimista. “Argentina perdió 28 empresas por día y 236.000 empleos en año y medio” no solo transmite una estadística: transmite una sensación de derrumbe, como si el país fuera un tablero donde alguien soplara las fichas una por una.

Pero detrás del dramatismo, falta un elemento decisivo: una economía no es un cementerio de empresas, sino un ecosistema que se reorganiza constantemente.

Y ese ecosistema no solo afecta a empresarios: también transforma, obliga y, muchas veces, potencia a los trabajadores, que no son piezas descartables sino agentes con capacidad para reorientarse, capacitarse y reconvertirse.

Porque allí donde cierra una empresa, no solo queda un galpón vacío: queda talento disponible, experiencia acumulada, oficio en movimiento.

Y el mercado —cuando funciona— absorbe, recicla y reubica esa fuerza laboral.

La estadística que asusta… y la parte que no te cuentan

Sí, cerraron 17.063 empresas netas en un año y medio.

Sí, se perdieron 236.845 empleos formales.

Pero esa cifra no incluye procesos esenciales:

  • cuántos trabajadores se reconvirtieron,
  • cuántos pasaron a nuevas actividades,
  • cuántos se sumaron al sector tecnológico,
  • cuántos abrieron emprendimientos,
  • cuántos migraron a industrias exportadoras,
  • cuántos encontraron trabajos híbridos o remotos,
  • cuántos reingresaron al mercado laboral con nuevas competencias.

El trabajador argentino no es un espectador inmóvil: es el componente más resiliente de la economía real.

Mientras los gráficos hablan de cierres, las personas —las verdaderas unidades productivas— suelen hacer lo que han hecho siempre: adaptarse.

La muerte empresarial no siempre es tragedia: es selección natural, y también liberación de talento

Cuando una empresa cierra, libera mercado.

Pero también libera algo más valioso: fuerza laboral entrenada.

Hemos visto miles de veces el mismo patrón:

  • fábricas que cierran y dejan expertos que el sector logístico absorbe en semanas,
  • talleres textiles que no resisten la importación, pero cuyas costureras pasan a fabricar indumentaria técnica o de nicho,
  • operarios que migran de la industria manufacturera a la energía renovable,
  • personal administrativo que se reentrena en oficios digitales,
  • técnicos que pasan del sector electrodoméstico a la instalación de paneles, climatización inteligente o mantenimiento industrial.

La economía no solo destruye: redistribuye capacidades.

Y muchas veces, después de un cierre, aparece la oportunidad de saltar a un sector más dinámico y mejor remunerado.

No todos pueden reconvertirse de inmediato; no todos lo logran sin dolor.

Pero la reconversión es posible, es real y es parte del proceso económico sano.

El libre mercado exige eficiencia, pero también movilidad laboral

Un mercado competitivo no se sostiene si los costos estructurales impiden producir, pero tampoco si los trabajadores quedan atrapados en un modelo donde no pueden moverse, capacitarse o migrar de sector.

El verdadero libre mercado —el que funciona— se basa en:

  • movilidad laboral,
  • capacitación constante,
  • sectores abiertos,
  • barreras de entrada bajas,
  • costos impositivos razonables,
  • instituciones que acompañan el tránsito y no lo dificultan.

Argentina tiene una paradoja: mientras muchas empresas no pudieron resistir el nuevo escenario competitivo, otros sectores absorben trabajadores rápidamente, especialmente:

  • logística,
  • software y servicios digitales,
  • energías renovables,
  • comercio electrónico,
  • salud,
  • agroindustria tecnificada.

Es decir: no todo el mercado se contrae al mismo tiempo.

Algunas puertas se cierran; otras se abren de golpe.

Whirlpool: un cierre empresarial, no un cierre de futuro

Whirlpool se fue porque producir en Argentina era entre 25% y 30% más caro que en Brasil.

El cierre fue económico, no emocional.

Pero los 220 trabajadores despedidos no quedaron en un limbo: muchos ya fueron absorbidos por:

  • industrias metalmecánicas,
  • empresas de logística,
  • pymes de reparación técnica,
  • y compañías tecnológicas que valoran la experiencia en manufactura industrial.

Cuando una planta moderna cierra, su personal queda altamente calificado.

En mercados sanos, ese talento no tarda en ser reutilizado.

El punto clave: el vacío nunca queda vacío, ni para las empresas ni para los trabajadores

La destrucción creativa no solo opera sobre el capital: opera sobre las trayectorias laborales.

Cada cierre deja espacio para que:

  • nuevas empresas entren,
  • otras se expandan,
  • sectores más productivos avancen,
  • los trabajadores den un salto cualitativo.

Schumpeter lo explicó, pero Argentina lo vive todos los días: siempre hay movimiento.

El drama aparece cuando el Estado pretende congelar ese movimiento, o cuando lo obliga a ocurrir sin corregir las distorsiones que lo vuelven traumático.

Conclusión: el titular es pesimista, pero la realidad económica es dinámica

Es duro ver empresas cerrar.

Es angustiante ver empleos perderse.

Pero quedarse con la foto trágica es no entender la película completa.

La economía moderna funciona como un organismo vivo:

  • lo que no se adapta, muere,
  • lo que se reconvierte, sobrevive,
  • lo que innova, crece,
  • lo que aprende, se fortalece.

Y en ese proceso, los trabajadores son protagonistas, no víctimas.

Su capacidad de reconversión es la llave para que un país transforme crisis en oportunidad.

Si Argentina quiere dejar atrás los titulares funestos, debe apostar a un modelo que no solo facilite abrir empresas, sino también migrar, capacitar, reciclar y multiplicar el talento laboral.

Porque, aunque el mapa parezca desolado, la economía nos recuerda una verdad persistente:

Nada muere del todo.

Todo se transforma.

Y lo que hoy se cierra, mañana será el espacio donde alguien —trabajador o empresa— vuelva a empezar.

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