Un ensayo sobre el arte sanjuanino de convertir problemas en espectáculo… y espectadores en creyentes.
Hay días en que uno camina por San Juan con la sensación de que la provincia respira por cuenta propia. Una respiración lenta, espesa, como si el calor hubiera tallado los edificios y los ánimos al mismo tiempo.
El cronista —este cronista— avanza entre sombras cortas y murmullos largos, con la libreta en el bolsillo y el viejo instinto que le pide detenerse cada vez que un discurso huele demasiado a ensayo general.
Observar es un oficio ingrato.
Escribir, un riesgo voluntario.
Pero juntos forman un destino que no se elige: se padece.
Y si algo ha aprendido el cronista, es que los pueblos revelan sus verdades más profundas en los gestos más simples. San Juan, por ejemplo, tiene el suyo:
Si Juvenal hubiera nacido en Rivadavia y no en la Roma imperial, habría escrito el mismo diagnóstico que nos dejó para la eternidad: panem et circenses. Pan y circo.
O, en su versión sanjuanina —más criolla, más nuestra—: semita y circo.
Así comienza esta crónica–ensayo.
La provincia como escenario que nunca descansa
San Juan tiene un talento único: de día aparenta calma; de noche, especialmente en noviembre, se transforma en un teatro inmenso.
La Fiesta Nacional del Sol no es un evento: es una criatura luminosa que lo envuelve todo, un dios menor que exige tributo, reflejos y presupuesto.
El cronista, parado en alguna esquina de Ignacio de la Roza, observa lo que nadie confiesa pero todos saben:
En San Juan, cuando la realidad incomoda, alguien enciende un reflector.
Y el truco funciona.
Los camiones de sonido cruzan la avenida como profetas eléctricos; la música sube, la conciencia baja.
Un equilibrio delicado, casi biológico.
Parece que la provincia viviera de fotosíntesis artificial: más luces, menos preguntas.
Los tres actos previos que explican el circo
Este año, la política decidió estrenar su propia obra paralela.
No figuraba en la grilla de espectáculos, pero fue la más concurrida.
El cronista la vio de cerca: una obra dividida en tres actos tan precisos como improvisados.
Acto I — La elección que ganó quien perdió
La elección de diputados nacionales fue una comedia con decorado republicano: el PJ ganó por unos puntos, Producción y Trabajo se acomodó como quien llega tarde pero igual consigue silla, y La Libertad Avanza descubrió que no siempre grita el que suma.
Pero lo interesante no fue el resultado, sino la interpretación.
Los voceros oficialistas desplegaron su talento creativo:
“empate moral”, “victoria conceptual”, “respaldo al rumbo”.
El cronista anotó:
“En esta provincia no importa lo que dicen las urnas, sino lo que dice el libreto.”
Mientras tanto, la economía jadeaba como un perro al mediodía y nadie encontraba sombra.
Acto II — El Fiscal General y la misa ortodoxa
Luego vino el nombramiento del Fiscal General.
La Legislatura, envuelta en solemnidad falsa, parecía un templo.
Pero el cronista, ubicado a una distancia justa para ver sin ser visto, identificó el truco: todo estaba decidido antes de comenzar.
El coro oficialista votó afinadísimo.
La terna se redujo a uno con la naturalidad de una salsa aguada que se resigna en la olla.
En mis notas de ese día escribí:
“La Justicia no inicia una nueva etapa. Estrena nuevo maquillaje.”
Acto III — La silla de Martín: magia sin ilusión
El capítulo más honesto del año: impedir que Fabián Martín asumiera como diputado nacional.
Sin solemnidad.
Sin argumentos.
Sin vergüenza.
Solo músculo político puro:
“Vos ganaste, sí. Pero sentarte… veremos, aquí mando yo.”
La operación tuvo la sutileza de una piñata explotada con una moladora.
La voluntad popular quedó afuera, literalmente afuera, sentada en un banquito de plástico.
El cronista escribió, con letra apretada:
“En San Juan, la voluntad popular está sujeta a la disponibilidad del elenco estable.”
Y siguió caminando.
El sincericidio del gobernador
En medio de ese caos ordenado, Orrego regaló una frase que pretendía ser minimalista y terminó siendo un boomerang zen:
“A mí no me importan las elecciones, yo estoy ocupado en entregar casas.”
Hermosa para un banner.
Memorable para una maqueta institucional.
Incompatible con la realidad.
Porque apenas terminó el eco de la frase, el gobernador opinó de alianzas, internas, pactos, tensiones, presupuestos, estrategias y hasta destinos que no eran el suyo. En un arrebato de desesperación terminó comiendo pollo frito en una franquicia que no le pertenecía.
Un opinólogo full time, solo que con drones.
El cronista anotó:
“Al gobernador no le molestan las elecciones: le molesta admitir cuánto las piensa.”
La postal que nadie pidió: el gobernador cantante
Y entonces, como en una novela que decidió volverse fantástica sin pedir permiso, ocurrió: el gobernador cantó.
Cantó bien.
Cantó demasiado bien.
Cantó como si el escenario fuese un karaoke emocional.
Los drones giraron lento.
El viento pareció detenerse.
El predio entero se quedó quieto.
En los pasillos se murmuró con la precisión del chisme perfecto:
“Es mejor cantante que político.”
Y fue en ese instante suspendido, entre acordes y luces violetas, cuando ocurrió lo más revelador.
Por unos minutos, Orrego olvidó internas, tensiones y bancas negadas, y se entregó al show.
Porque nadie se sube a un escenario así sin calcular quién mira, quién aplaude y quién juzga.
La postal fue perfecta: un gobernador que dice no interesarse por las elecciones, cantando en el evento más político de la provincia.
La pregunta quedó flotando en el aire cálido de noviembre:
¿Gobierna cantando o canta para seguir gobernando?
El cronista, incrédulo, dejó constancia y siguió anotando.
Semita, circo y el truco que siempre funciona
La fiesta, ese monstruo amable, es más que un evento: es una tecnología emocional, una fábrica de anestesia colectiva.
- Si duele la economía → luces.
- Si incomoda la Justicia → show.
- Si cruje la política → drones.
- Si protesta la gente → fuegos artificiales o Soledad.
El cronista observa cómo el poder reparte semita como consuelo y circo como relato.
Y el pueblo, que tiene una paciencia milenaria, acepta.
No por ingenuidad: por supervivencia.
La semita es pan.
El circo es olvido.
Y ambos son tradición.
Sábato y la última nota en la libreta
Al final, cuando el último reflector se enfría y el último drone cae rendido como un ángel sin pila, San Juan queda a oscuras.
Y es ahí —solo ahí— cuando vuelve la realidad.
El cronista mira alrededor.
La noche, sin luces falsas, recupera su honestidad.
Y en su libreta escribe la última línea del día:
“Entre tinieblas y destellos, San Juan elige siempre los destellos.
Pero la verdad, como la sombra, nunca deja de estar ahí.”














