Hay días en que la política sanjuanina parece escrita por un cronista distraído: escenas sueltas, protagonismos improvisados y un gobierno que corre detrás de cualquier brillo ajeno como quien persigue un reflejo en el agua.
La inauguración de un local de pollo frito lo confirmó con la precisión de una parábola.
Allí estaban: funcionarios emocionados por una inversión que no hicieron, celebrando un logro que no les pertenece, declamando la palabra “confianza” como si pronunciarla fuera lo mismo que construirla.
Es un arte muy nuestro —criollo y persistente— convertir el mérito del privado en un triunfo del Estado.
Un truco antiguo, casi de feria: si no puedo mostrar obras propias, mostraré las ajenas, pero con mi sonrisa en el centro del cuadro.
Así, el emprendimiento de unos pocos terminó narrado como la conquista de todos, cuando en realidad lo único estatal en la escena era la ansiedad por el aplauso.
Mientras los empresarios arriesgaron capital, gestión y futuro, el gobierno aportó… la pose.
Ese gesto solemne, casi ceremonial, de quien sostiene un tijerazo simbólico para cortar la cinta del éxito de otro.
Un ritual que busca salvar, no la economía, sino la foto del día, esa que después correrá por redes como si fuera una política pública.
Y el relato, ay, qué relato:
Hablaron de crecimiento mientras la provincia sigue empantanada; hablaron de oportunidades mientras todavía no se firma ninguna denuncia por las irregularidades heredadas; hablaron de progreso mientras la obra pública sigue en un coma inducido por recortes y silencios.
Pero nada de eso importa en la liturgia del marketing político.
Lo importante es aparecer, aunque sea de invitado.
Lo esencial es ocupar el cuadro, aunque el mérito sea ajeno.
Lo urgente es sostener una narrativa que, sin estas inauguraciones prestadas, se desmorona como pan rallado mojado.
En definitiva: la inversión fue privada, el riesgo fue privado, el trabajo es privado.
El Estado solo puso la cámara.
Y ni siquiera la pagó.
Y ahí, como un epílogo perfecto de esta pequeña farsa moderna, aparece el único menú que sí pertenece al año político:
DÚO BOX RECARGADO
1 porcorp grande, 2 sándwiches ruster, 2 alitas. Incluye 2 papas, gaseosa regulares y… la foto del gobernador.
El combo ideal para cerrar un fin de año donde lo único que cruje es la iniciativa privada —porque la gestión hace rato perdió el apetito y el sonido.














