Cómo perder 25 a 11 sin despeinarse: manual del justicialismo actual

Nov 14, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Ni traiciones épicas ni conspiraciones dignas de novela: solo un peronismo derritiéndose a fuego lento mientras el oficialismo mira sin entender cómo ganó tan fácil.

El 25 a 11 no fue un triunfo del oficialismo: fue un derrumbe autogestionado del peronismo sanjuanino.

La designación de Guillermo Baigorri como Fiscal General no reveló la fortaleza del gobierno de Marcelo Orrego —que bastante tiene con sostener sus propios equilibrios—, sino la fragilidad crónica de un justicialismo que celebró el 26 de octubre con champaña barata y, dos semanas después, no pudo sostener ni el corcho.

El peronismo no perdió una votación: se evaporó en vivo y en directo.

Uñac: de conductor a pasajero en su propia bondi

Sergio Uñac quiso demostrar que todavía tenía ascendencia, que podía ordenar, apretar, convencer o atemorizar.

Pero la realidad lo dejó sentado en la banquina, mirando cómo sus propios “leales” le pasaban por el costado sin siquiera saludar.

Su intento de subirse al “camión del triunfo” del diputado Cristian Andino se pareció más a un colado en una fiesta ajena que a un líder que marca el camino.

La operación falló.

El liderazgo se licuó.

Y el peronismo, que siempre huele la debilidad ajena —y sobre todo la propia—ya empezó a buscar otro tótem al que arrodillarse.

Las lealtades del PJ: vencen más rápido que un vino al sol

La desobediencia de Cabello, Soler y compañía no fue una rebelión épica.

Fue algo más triste: pragmatismo sin dignidad.

Ya nadie responde a la doctrina ni a la historia: en el peronismo actual manda la calculadora, y los afectos duran lo que tarda en llegar la próxima encuesta.

Eso de la “mesa chica” ya no conmueve ni a los propios comensales.

Si Uñac esperaba fidelidad, debería haber ofrecido algo más tentador que una foto vieja abrazando militantes.

Aranda y Sánchez: estrategas por conveniencia, héroes por error

Su voto con el oficialismo no los convierte en visionarios, sino en simples sobrevivientes de la marea interna.

No construyen futuro: se acomodan al presente.

No sienten devoción por Orrego: sienten pánico a quedar afuera del reparto.

El peronismo tiene miles así: camaleones que cambian de color según la sombra donde se refugien.

El caso Albagli: realismo mágico nivel “mamá enferma, pero vuelvo para votar”

Si San Juan tuviera un museo del ridículo político, la escena Albagli ocuparía una sala completa.

Primero anuncia que no podrá asistir por la enfermedad de su madre.

Luego aparece impecable, puntual y con la tarjeta lista para votar afirmativo.

No es incoherencia: es obediencia disfrazada de melodrama, un clásico del peronismo doméstico.

Lo más gracioso no es su voto, sino la fuente del mandato: Don Juan Abarca, el único dirigente capaz de mover piezas al mismo tiempo en los dos bandos, demostrando que el PJ no solo está dividido: también está disponible para alquiler.

La vieja guardia: velorio sin coronas

El peronismo sanjuanino creyó que el triunfo del 26 de octubre significaba resurrección.

Pero lo del jueves fue el cachetazo de realidad: la vieja guardia está agotada, confundida y sin público.

Ni Uñac ordena.

Ni Gioja contiene.

Ni los “históricos” inspiran.

Esto no fue un quiebre: fue un sinceramiento.

¿Y Orrego?

No ganó por astuto.

No ganó por fuerte.

Ganó porque el peronismo decidió perder.

Si Orrego hubiera mandado una silla vacía como candidato, el PJ también la habría votado: por error, por cálculo o por puro miedo a quedar pegado a la foto equivocada.

La verdadera pregunta

La cuestión ya no es si el peronismo está dividido.

Está pulverizado.

La pregunta es otra:

¿Puede nacer algo nuevo de un partido que prefiere autodestruirse antes que ordenarse?

El 25 a 11 no fue un resultado legislativo: fue la imagen radiográfica de un peronismo que, en lugar de disputar poder, compite por ver quién se arrastra mejor.

Y así, mientras discuten quién traicionó a quién, el futuro pasa por la puerta y ni siquiera se digna a tocar el timbre.

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